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Recuerdan tragedia de bomba atómica en Hiroshima de hace 74 años

Redacción Zona Líder

El origen se le atribuye a una carta enviada por Albert Einstein a Franklin D. Roosevelt en agosto de 1939. Hablaba de una nueva bomba, extremadamente poderosa, desconocida. La capacidad de destrucción de esa bomba era inimaginable. En manos de Adolf Hitler podía ser muy peligrosa.

Roosevelt, tras leer la carta, puso en marcha el Proyecto Manhattan, con seis mil dólares de capital inicial. La clave estaba en la fisión nuclear. Los científicos estadounidenses tardaron dos años en convencerse de la posibilidad de crear un arma atómica.

Comunicado el dictamen al presidente Roosevelt, éste le asignó al proyecto un presupuesto considerable. Era el 6 de diciembre de 1941. Al día siguiente, Japón bombardeaba Pearl Harbor.

Se reclutaron científicos y técnicos de todo el mundo. Varios premios Nobel integraban la lista. En la dirección científica del Proyecto Manhattan fue nombrado Robert Oppenheimer.

El 2 de diciembre de 1942, el italiano Enrico Fermi dividió un átomo de uranio y liberó neutrones, los cuales, a su vez, pueden dividirse en más átomos de uranio: la reacción en cadena. Ese fue el primer gran logro. De ahí en adelante, los científicos fueron resolviendo los diversos problemas que presentaba la creación de la bomba.

El presupuesto se incrementaba. Todos los recursos para crear la "súper-bomba". En Los Alamos fundaron una ciudad en miniatura para los 6 mil científicos y técnicos (y sus familias) que trabajaban en el proyecto.

El principal motivo de la elección del lugar era claro: la seguridad. La lejanía de Los Alamos de otras poblaciones impedía filtraciones de la información y si existía algún accidente nuclear nadie más se vería afectado. El dinero recayó con constancia en las arcas del Proyecto Manhattan. A comienzos de 1945, Roosevelt ya llevaba gastados 2 mil millones de dólares en su arma secreta.

Pero la carrera de la bomba atómica no era sólo científica. Alemania tambaleaba en Europa, para cuando en 1944 los servicios de inteligencia norteamericanos tuvieron la certeza que los físicos de Hitler no estaban construyendo la bomba atómica.

La información se filtró en Los Alamos. Las discusiones entre los físicos versaban sobre si debían continuar con el proyecto o no, dada la nueva situación. El poder político desoyó estas objeciones y ordenó seguir adelante.

La comandancia militar constituyó el cuerpo 509, al mando de Paul Tibbets, quien reclutó a los mejores hombres de las fuerzas armadas norteamericanas para su nueva unidad. Ellos iban a ser los encargados de arrojar la bomba atómica.

El Proyecto Manhattan era confidencial. Muy poca gente sabía de él. Roosevelt y unos pocos más. Dentro de los que no sabían estaba Harry S. Truman, vicepresidente de Roosevelt, y presidente de Estados Unidos a la muerte de éste. A los pocos días de asumir la primera magistratura le informaron de la existencia de Los Alamos y de su producción.

Con Alemania derrotada y Japón muy debilitada, muchos de los implicados expresaron su reticencia al uso de la bomba, dado su poder destructor. Ellos trabajaban en oposición a Hitler. Se había disipado el temor a que él dispusiera la bomba antes que ellos y sojuzgará al mundo.

Se tenía la certeza de que Japón no contaba ni con los recursos humanos ni científicos para crear un arma similar. Se sugirió un plan alternativo. Convocar científicos japoneses imparciales para hacerles una demostración en algún punto despoblado. Esa demostración debía tener, sostenían, la suficiente fuerza persuasiva para obtener la rendición japonesa. La idea no tuvo aceptación.

De todos modos, la prueba se hizo. Fue el 16 de julio de 1945. Fue en Alamogordo, Nuevo México. Robert Oppenheimer, otros científicos y mandos militares se ubicaron a 9 kilómetros del lugar en el que la bomba haría impacto. La explosión los sobrecogió. Por unos segundos quedaron cegados. El estruendo fue aterrador.

El hongo de tierra y fuego se elevó hasta el cielo. Nadie había visto nunca algo similar. Algunos pensaron que la bomba había penetrado la corteza de la Tierra.

Oppenheimer comenzó a hablar en voz alta. Los demás tardaron unos segundos en entender lo que decía. Estaba recitando un fragmento del libro sagrado de los hindúes, el Bhagavad-Gita: "El Todopoderoso abrió las puertas del cielo y la luz de mil soles cantó a coro:/ Yo soy la Muerte,/ el fin de todos los tiempos".

Esas líneas, que algunos dicen que en realidad fueron recordadas por Oppenheimer muchos años después del lanzamiento de la bomba atómica, encierran el dilema ético con el que convivió el científico a lo largo de su vida.

Su hermano Frank, también científico, recordó que Robert había tenido una reacción menos poética y más prosaica. Al ver la impactante explosión habría gritado, con entusiasmo: "¡Funcionó!".

Es comprensible. Años dedicados exclusivamente a esa obra, la gente a su cargo, la guerra, la carrera para fabricar la bomba antes que los nazis, las presiones y el desafío científico… Toda la física de los últimos 300 años convergía en ese momento. Era para ellos una hazaña científica. El desafío había sido superado.

Albert Einstein escribió otra carta al presidente de Estados Unidos, 6 años después de la primera: "Toda posible ventaja militar que Estados Unidos pudiese conseguir con las armas nucleares quedará totalmente oscurecida por las pérdidas psicológicas y políticas, así como por los daños causados al prestigio del país. Podría incluso provocar una carrera armamentística mundial".

A esta carta, a diferencia de la primera, no le hicieron caso. En poco más de un lustro, parecía, Einstein había perdido todo su poder de persuasión.

La bomba se había construido como defensa ante el nazismo. Se utilizó para atacar a Japón. Sirvió para ajustar cuentas. La humillación de Pearl Harbor había sido vengada. La conducta de quienes gobiernan, de los que rigen sobre la vida de la gente, no siempre se rige por la justicia.

A las 8.15 del 6 de agosto de 1945, el Enola Gay arrojó su "Little Boy" sobre la ciudad nipona, causando 100 mil muertes en nueve segundos. Recién entonces, Japón aceptó firmar su rendición incondicional y así ponerle fin a la Segunda Guerra Mundial