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La "crisis" de los 40s: Una oportunidad para comenzar a disfrutar la vida

Redacción Zona Líder

La crisis de los 40 no es mito, es real, el primero en dar síntomas de la misma es nuestro cerebro, que también es culpable en parte de su puesta en marcha.

"Nuestro cerebro está diseñado para conseguir metas, y cuando lo logramos se produce un anticlímax, porque nuestro cerebro se habitúa a la zona de confort y busca la siguiente emoción".

Si no la hay, literalmente, se aburre. Y llega el decaimiento. Tan malo es un cerebro demasiado estresado como uno en exceso relajado. Lo explica Gregory Cajina, autor de 'La vida empieza a los 40' (editorial Espasa), uno de lo mejores coach del mundo, según la International Association of Coaching.

​La realidad es que nuestro cerebro sufre a los 40 la curva U, Como señala Arthur Stone, director del Instituto de Investigación Médica del Comportamiento de la Universidad de Stony Book, nuestros niveles de ansiedad y estrés son máximos en la edad madura.

Los topes de bienestar, según la Universidad de Warwick se producen a los 20 y a los 60 años. La caída llega a los 40, es esta la década de la insatisfacción. Y ahí entra nuestro cerebro, programado para saber si el beneficio de la vida nueva a la que aspiramos reporta más dolor que satisfacción a lo que tengo al día de hoy.

Un divorcio, un cambio de trabajo, de país... son un drama. Y el ser humano está programado para sobrevivir y para fomentar lo que le causa placer. El mayor nivel de resiliencia de una persona también se da en la década de los 40 años.

Estas circunstancias, que combinan causas físicas y sociales, explican que es en los 40 cuando se producen puntos altos de casos de divorcio, de emprendimiento y de cambios de vida.

El ser humano cuenta con tres cerebros, explica Cajina. "El básico que nos facilita sobrevivir, el emotivo, que nos incita a vivir, y el trascendente, que está en el lóbulo prefontal externo y que es todo un accidente evolutivo".

Es este último el que se desarrolla a esa edad y actúa en el momento en el que miramos atrás y nos preguntamos si vivimos la vida que queremos.

En términos biológicos, la madurez cerebral llega a los 25 años, es decir, cuando ya hemos tomado algunas decisiones trascendentes.

Lo que pocos saben es que nuestro cerebro es la máquina más potente de la Tierra, hasta los 5 años de edad es una esponja, a los 30 alcanza el mayor rendimiento cognitivo, en los 40 perdemos plasticidad, pero sin duda se sigue aprendiendo.

El plus con el que contamos en los 40s es el conocimiento adquirido, las vivencias. "Nuestro cerebro está diseñado para aprender, pero no para ser feliz", explica el autor.

De hecho, las neuronas que más excitamos son las que desarrollan un 25% sus conexiones por lo tanto nuestro cerebro se amolda también a nosotros, y está demostrado que con el tiempo hasta el 50% de nuestra personalidad puede ser consecuencia de nosotros mismos. El resto es genética.

Los estudios demuestran también que nuestro carácter sigue siendo en la mediana edad temperamental y genético entre en un 60% y 75%

Afortunadamente, tenemos un termostato que autocorrige esta tendencia, lo que nos permite, con el tiempo, ponernos en el lugar del otro. Se sabe que hasta los 30 años lo que rige nuestro comportamiento es la emoción. A partir de los 40 es la sabiduría y el interés por dejar un legado lo que entra en juego.

​La vida puede empezar a los cuarenta.

Tres pensamientos rondan a las personas cuando están cerca de la muerte.

Bronnie Ware, trabajadora de cuidados paliativos durante las últimas doce semanas de vida de los pacientes registró sus inquietudes.

Sorprendentemente, los grandes reproches se repetían: no haber tenido el valor de vivir su propia vida y hacer, en cambio, la que se esperaba de ellos; no haber pasado más tiempo con las personas que amaban por trabajar más de lo necesario; no tener el coraje de haber expresado más veces lo que sentían en vez de callar y no haberse mantenido más en contacto con los amigos.

En suma, haber sido incapaces de haberse permitido ser más felices. Y sí, es en los 40 cuando el cuerpo (y nuestro cerebro) nos permite vivir de nuevo.