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¿Serle fiel al "personaje"?

Como pregunta del programa de los $64 mil pesos: ¿Cuál es el fenómeno que se activa cuando inmersos en las redes sociales creamos una identidad virtual con la que nos identifica el resto?

Sucede que cada vez es más frecuente el hecho de serle fiel o leal a la figura en la que nos hemos convertido en las redes.

Y no hablo de los jóvenes sino de los “chavo rucos”, los que nacimos en el siglo pasado y que ahora nos vemos inmersos en la participación activa del Facebook, twitter y no tan “pros”, pero también activos en Instagram.

Es como un efecto que se pudiera traducir en “deber poner”

Hablaré en primera persona. Por ejemplo, a mí (lo confieso) se me da compartir las anécdotas que vivo en mi día a día, ya sea en el mercado, en la calle, en el trabajo, etc. Y me declaro culpable de pensar a veces hasta en la redacción cuando estoy presenciando algo. Me imagino que es algo que a mí me pasa a menor escala -con toda la proporción guardada-, como les ha de pasar también a quienes escriben libros, novelas, etc.

El reto es personal y la autocrítica también. Mi punto es: ¿En qué radica ese cosquilleo de escribir y compartir con el mundo que escogimos como amigos en las redes, todo aquello que consideramos no debe quedarse con nosotros nada más, para nuestra almohada o para nuestro recuento final del día?

Si bien es cierto que es de extrema utilidad compartir noticias o información útil como vialidades cerradas por las que se va transitando o alguna oferta en temporada de regreso a clases; hay situaciones que se comparten más por una necesidad particular de pluralizar lo presenciado.

Y está bien, pero en la autocrítica me repito una y mil veces, que siempre debe reinar el equilibrio. Creo que todos nos hemos topado a cada rato con esa persona que conocemos en la vida real y que no corresponde con los “posts” (Y la intención de esta columna no es juzgar ni señalar, sino reflexionar).

Esa de la que leemos frases inspiradoras del Dalai Lama, de Paulo Coehlo, de Hallmark Industries, de la redención del mundo y la felicidad eterna. Siempre con un mensaje positivo y espiritual pero… ¡tómala en vida real es un amarguetas, cascarrabias, que desconoce la gratitud y que es más pesimista que Calamardo!

O el personaje (porque nos convertimos en eso) que de repente se convirtió en el experto de la moda y el “fashionismo”, el mejor catador de vinos o el mejor analista financiero. Sin dejar de mencionar el personaje “concertero” que se las sabe de todas… todas, o el infalible politólogo en temporada electoral (Y aquí, habrá de hacer un alto para distinguir que existimos varios que lejos de sentirnos politólogos somos “hastalamadrólogos” que nos la pasamos posteando las aberraciones de los gobernantes… casi como “hobbie” jajaja –aunque obedezca a un sentido genuino de querer alzar la voz-)

Igual nos hemos topado con nosotros mismos poniendo chingadera y media que quizás equivalga a lo que soñamos o anhelamos, pero no a lo que actualmente somos. Y bueno, si eso nos pasa a los chavorucos, la pregunta obligada es: ¿Qué tan comprometidos estarán con una imagen virtual, los jóvenes? Porque seamos sinceros, a un lado de lo que sucede en sus vidas… lo nuestro, es “pecata minuta”

Ellos están expuestos todo el día a ser criticados en las redes, más aún si están expuestos en todas las plataformas. No hablemos del cuidado que debemos tener con ellos y el constante pleito por no invadir su privacidad, en aras de llevar una relación sana, pero siempre con el ojo en la nuca para ver si están bien o en qué grupos chatean o con quienes interactúan en la red.

Hace poco, supe que hay cuentas de “influencers” suicidas (Sólo por mencionar alguno de los tantos fenómenos que se dan en las redes) y que tienen miles de seguidores que les dan mensajes optimistas para evitar que se suiciden, así como mensajes alentándolos a que lo hagan o buscando consejos para lograrlo.

Tal como fue el caso de una influencer en Instagram hace apenas unas semanas, que con apenas 16 años de vida sometió a votación si debía vivir o suicidarse y todo apegado al “personaje” creado en su cuenta. ¡Y esto es totalmente devastador para las generaciones de adolescentes y niños!

Desde 1960 a 1985 hubo un montaje en escena llamado: “El diario de un loco” que permaneció en cartelera interpretada por el actor Carlos Ancira durante esos 25 años consecutivos. En entrevistas realizadas al actor una de las declaraciones que llama la atención es la siguiente:

“Yo he pasado la vida en un sueño, como dice la zarzuela Molinos de viento. De mis 54 años, 37 los he vivido sobre el escenario. No puedo decir quién soy, no puedo definirme. Me he ocultado bajo el disfraz de 250 personajes que me han despojado de un yo.” *

¡Vaya! ¿Será que se puede llegar a eso con un personaje virtual como uno de esos disfraces de los que habla el actor, al grado de despojarse de uno mismo y de su identidad? Porque lo entiendo en un papel de 25 años en el escenario, pero no sé por qué me nace el “sospechosismo” de que las redes bien pueden ser una extensión actoral a otro nivel.

Y si es así, como comenzábamos en este relato reflexivo… entonces habría que ubicar niveles y tener conciencia de lo que se hace y cómo se hace. Sin embargo, cuando este sistema de disfraces virtuales sobrepasa la capacidad de comprender los riesgos y la exposición, habría que poner especial atención, y como sociedad si, exigir que se establezcan normas y se regulen ciertas publicaciones que pueden incitar a cometer acciones autodestructivas o destructivas hacia terceros.

Serle fiel a uno mismo debiera ser la tarea diaria, misma que parece sencilla pero en el camino se topa uno con diversas tentaciones que nublan la vista interna y nos pueden llevar a perdernos sumergidos por la inercia de la interacción y la estimulación que para el cerebro debe representar estar en contacto continuo con una pantalla, un teclado, imágenes, sonidos, etc.

Y súmenle, la aceptación de un comentario por medio de un “me gusta” o un compartir. Eso, para nosotros los “chavo rucos” es emocionante pero se supone que debería ser controlable. ¿Lo será para un adolescente que vive lleno de impulsos y emociones? ¿Lo será para ellos que viven en un mundo pendiente de un botón o un “touch”?

¡Qué difícil debe ser sentirse comprometido con un personaje y olvidarse de uno mismo! Máxime si hemos caído en ese supuesto compromiso de manera accidental y sin darnos cuenta como cuando se hace uno adicto al azúcar. Así…silenciosamente.

Se me ocurre que podríamos poner un letrero en nuestra mesita de noche donde nos repitamos a diario antes de dormir: “Asúmete a ti mismo, acéptate y demuéstrate lo que vales” y esa misma cita recitarla al despertar.

No estamos para enseñar nuestra intimidad a todos, menos para mostrarnos abiertamente a un mundo desconocido. ¿Será por eso que mejor bajo el disfraz se muestra lo que no se es?

O como al primer novio o novia, ¿solo lo que se quiere que se sepa de nosotros?

Hay muchas preguntas, muchas observaciones, mucho para pensar. Me queda claro que por lo menos, en lo que está a nuestro alcance podemos hacer un mundo de diferencia si nos mostramos sinceros y sin facetas; con un poco de gracia en el personaje o un toque de misticismo o misterio, si así se desea. Pero abusar y querer aparentar a cada instante no es precisamente el mejor de los ejemplos.

Me queda claro, que repetir hasta el cansancio funciona pero actuar hasta que salga naturalito, funciona más.

Me queda claro, que los disfraces terminan por desgastarse y que por muy buena que sea una obra siempre asiste un público diferente. Abusar, abrumar, cansar, saturar… quedan fuera de la jugada en algún momento. Ya sea por decisión o por indiferencia del auditorio.

Me queda claro, que con los dedos que escribo son los que debo pellizcarme todos los días.

Ps.1. No nos vaciemos, mejor desdoblémonos y repartamos bondades.
Ps.2. La autoestima es sumamente vulnerable ante el poder de las redes y la aceptación social/virtual. Así que ¡aguas, que podemos perdernos!
Ps.3. Inventarse una realidad alterna, eventualmente tendrá sus consecuencias.
Ps.4. ¿Estaremos encasillados por voluntad o porque como se nos dio la virtud por los demás, nos encasillaron y ya nos sentimos non plus ultra?
Ps.5. La autenticidad, siempre pero siempre de los siempres… lean bien: ¡Va a triunfar!

*Entrevista al actor Carlos Ancira por el diario “El Excélsior” 27/09/1983.