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Pandemials

Sin duda, escuchar el timbre del recreo debe de ser uno de esos sonidos esperanzadores, en el baúl de los recuerdos de muchos de nosotros.

Ese encuentro pendiente con el amigo del otro salón, la plática con la que te gusta, o bien, esa clase, larga y tediosa con el “rum rum” del estómago diciéndonos que ya es hora de irnos a la tiendita o a comer el sándwich, y de repente… ¡RIIIING!.

Hoy pensaba cuánto extrañarán ahora nuestros hijos, ese sonido y no el de las alarmas de sus dispositivos electrónicos, para iniciar una clase en línea.

Al principio de este confinamiento, parecía algo nuevo y vacacional, pero la realidad es que esto ha superado toda ficción; los conteos de la gente infectada, los decesos (de los cuales se enteran), los cuidados extremos y las restricciones, han rebasado el sentimiento “cool” inicial de quedarse en casa y no ir a la escuela.

Los “morros”, los estudiantes desde kínder hasta la universidad, han visto modificada su vida de manera drástica (igual o más que nosotros -los adultos-).

Me he detenido a observarlos, a escuchar sus conversaciones. Y como vivo con tres, me doy cuenta de todo el sacrificio que representa para ellos romper con sus rutinas y ajustarse al confinamiento.

Nosotros ya crecimos, ya fuimos a la escuela, y si bien esto es pasajero, lo que prometía ser un encierro de tres semanas, se ha prolongado hasta tres meses y quizás más. Las citas se han pospuesto una y otra vez; los conciertos se han reagendado, los encuentros ni se diga.

Las caravanas cumpleañeras se han puesto de moda para suplir los festejos. La primera vez, que participé en una, fue como chofer de mi hija. Una de sus mejores amigas cumplía años y fuimos al borlote “carrístico”. Los vi llorando sin poder contener sus ojos de “Candy Candy”.

Todos gritaban y algunos se bajaron de sus carros sin acercarse, tan sólo para brincar en la puerta y decirse cuánto se extrañaban y querían abrazarse.

Mi garganta estaba hecha un nudo. La juventud siempre poniendo el ejemplo (aunque muchos no lo vean) Y si bien, algunos opinan que estas generaciones están perdidas… yo soy parte del club que tiene puestas sus esperanzas en ellos:

La era de los que ahora llamaremos “pandemials”.

Ellos, sin recreos ni amiguitos para platicar. Coloreando sin comparar los dibujos ni romper las crayolas del otro. Aguantando el “stress” de mamá o papá, que con mucho amor y sin tener tablas de docentes, nos hemos dedicado a ayudarlos con sus tareas.

Claro, mención aparte reciben aquellos padres/profesores, que aparte de hacer las labores triples de la casa, deben estar pendientes casi casi hasta de enseñar a leer y escribir a sus hijos y a sus alumnos.

Y hago un paréntesis con aplausos de pie para los padres de los hijos en esa etapa de sus vidas. Los que ya cruzamos el umbral de las enseñanzas de ir al baño y los primeros trazos de la “Osa Susú” … que ya estamos del otro lado.

Ellos, sin la visita de la pareja. Iniciando una carrera universitaria donde el uniforme se quedó colgado con las ilusiones de entrar a la formación profesional de sus vidas.

Ellos, sin la fiesta o el viaje de graduación. Con el diploma por mensaje, las clases virtuales, los reconocimientos y aplausos del sonido que se guarda en la memoria de las experiencias pasadas y en la memoria de la computadora.

Ellos, conscientes de la responsabilidad adquirida y empáticos con el mundo e igualmente testigos de la irresponsabilidad de tantos que no acatan las medidas y protocolos; viendo con desesperación cómo cada vez se va más lejos (cual pelota “jonronera”) la fecha de salir para reunirse y abrazar a sus amigos.

Ellos, los que no pueden hacer planes para ir al cine en bola, y se han adecuado a compartir películas en línea.

Hablo de ellos con amor y reconocimiento. No como víctimas ni “pobrecitos”, ¡no, para nada! Hablo de ellos con el alma aplaudiéndoles, porque al final del día, han demostrado ser resilientes, capaces de adaptarse y han sabido luchar con sus frustraciones y ansiedades.

Los expertos dicen que la tasa de stress postraumático en los niños expuestos al confinamiento es cuatro veces superior, a la de los que no se han visto sujetos a estas medidas.

Al respecto, hay muchas lecturas que hablan de los síntomas de stress como la falta de sueño, la adicción a los juegos, las ansiedades, la irritabilidad y el “mal genio” que desarrollan tanto los niños como los adolescentes.

Por otro lado, también podemos encontrar un escenario ideal para fortalecer los lazos entre la familia. Si somos de los afortunados, que podemos gozar del tiempo para compartir una película en la cama, una comida juntos o bien cocinar/hornear juntos… ¡hagámoslo!

Si tenemos la oportunidad de tirarnos un clavado en la cama de nuestros hijos, o bailar ridículamente mientras ponemos nuestras “rolas” del recuerdo… ¡hagámoslo!

Seguramente, eso sumará, mas que restar. Lo único cierto es que el futuro es incierto, pero también, lo único cierto es que el sonido del timbre en la escuela volverá a sonar con más fuerza en cada escuela y en cada recreo.

Y nuestros “pandemials”, asistirán fortalecidos, con muchos sueños que compartir. No con las aventuras de las vacaciones, pero sí con la experiencia de saberse resistentes y capaces.

Tenemos la oportunidad de dejarnos enseñar por ellos, porque este es un tiempo de oportunidades. ¡Y no, no soy cursi en esto! Hablo con la crudeza de la realidad.

El camino no es fácil, pero si lo pintas de amarillo seguramente, sabremos que “no hay lugar como el hogar”

Hoy, en homenaje y agradecimiento a los “pandemials” (entre los cuales están mis hijos) escribo esta columna, motivada por la calidez que me da verlos adaptarse, con resignación a veces, y con determinación otras veces, a las circunstancias.

Ps.1. Como dice la canción de “America”: “Oz, no le dio nada al hombre de hojalata, que no hubiese ya tenido”. Este tiempo de caminos amarillos, estos “pandemials” son “tin man”
Ps.2. A ver si siguen echándole tierra a los maestros jejeje. No esta fácil el trompo en la uña, ¿verdad? Y menos, con miles de pilas de platos y ropa para lavar, y un chingo de veces lavándose las manos.
Ps.3. Ensénenles a cambiar focos, echar gasolina, lavar perros y carros. Díganles cómo se ensarta el hilo en la aguja y cómo se cierra la válvula del gas, la llave de paso. Tenemos muchas materias en casa, que no se imparten en la escuela.
Ps.4. Y si nos vamos al lado de los ahorros, puesssssssssssss no nos salió tan caro el peinado, el vestido y los zapatos pa’ la “gradueichon”