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Los pies descalzos sobre el desierto asfaltado

Mexicali se caracteriza por sus extremas temperaturas, más que nada por su termómetro en el verano. Si de por si respirar el aire denso y caliente (ese que te incendia los vellos de las fosas nasales) es insoportable; imaginen caminar sobre el asfalto a temperaturas que alcanzan los 50 grados celsius en el ambiente.

Cuando era niña más de tres veces en verano (por tarada o necia jajaja) salí corriendo hasta la casa del vecino por alguna pelota, descalza trasladándome por la banqueta (excuso decir que el ardor es tan inconmensurable que ni dando brincos logras menguar la espantosa sensación) y buscaba rápido una sombra –que no servía “pa’ni maís”- o un pedacito de zacate dónde apoyar las plantas de mis pies descalzos.

Cuando la temperatura rebasa los 45ºC se acelera la deformación de la carpeta asfáltica, haciendo que aparezcan roderas y ondulaciones muy rápidamente *. Si esto le pasa al asfalto, dimensionemos qué tanto se debe potenciar para que logre deformarse.

Pues bien, en nuestro querido Mexicali cada vez vemos con más frecuencia a solitarios transeúntes que por cuestiones de extrema pobreza o por deficiencia mental, deambulan por las calles en verano… descalzos, a “pata pelona”. Personalmente confieso que es algo que “me parte el alma”.

Y entonces como no pueden faltar las preguntas obligadas pues… helas aquí:

¿Qué hacemos como personas, como comunidad por ellos? ¿Has hecho algo al respecto? ¿Existe algún centro donde los atiendan? ¿Contamos con instituciones gubernamentales para ello?

Las respuestas personales las dejo a nuestra conciencia y compromiso humano. Las institucionales ahí les van: No, no existen instituciones por parte del Gobierno para recibir/atender a estas personas con deficiencia mental.

El Centro de Salud Mental ofrece sus servicios y hace un esfuerzo temporalmente, ya que no cuenta con los recursos ni con las instalaciones necesarias para ofrecer alojamiento y atenciones de salud de forma permanente.

Y se preguntarán: ¿Pero, por qué? Pues bien, resulta que todo aquello concerniente a enfermos irreductibles es de competencia Federal y resulta y “resalta” que es el “típico” caso que la Ley le otorga a la Secretaría de Salud que pues “ahem, mmm asssh deste” mmm”… ¡NUNCA SE CUMPLE! Por lo taaaaaaaaaaaaaanto, le queda a la ciudadanía (nosotros) hacer algo al respecto y formar Asociaciones Civiles para ayudar a estas personas.

No sé si han dado cuenta pero cada vez son más estas personas abandonadas a la deriva, a la buena de Dios y al azote del inclemente sol que más parece sol desgarrador que abrazador (A esa parte del “Cachanilla” yo le haría una adaptación a la letra-con permiso del Antonio Valdez) y cada día que pasa sus pieles se van cociendo – ya no sé si cocinando- dado que caminan de un lado a otro por las calzadas principales de la ciudad.

Ahí van, cantando, hablando con el viento o con las cosas que se les atraviesan, gritando, vociferando… delirantes, mientras que los que cuentan con aire acondicionado en el carro, los ven con la greña que se mueve y la nariz que se enfría y los que no tienen aire acondicionado en “la nave” pasan rápidamente sin querer vivir la eternidad del semáforo en rojo para poder llegar al destino y huir de la espantosa sensación del “pinche calorón”; sin verlos siquiera, sabiendo que existen y que mañana y pasado mañana y todo el verano estarán por las calles y que ayer cuando llegó la hora de descansar, ellos durmieron en la calle ardiente.

Una amiga me decía que quisiera tener una regadera portátil para poder llegar a donde estuvieran y darles una remojada para que se refrescaran. Yo he intentado regalarles tenis que dejan mis hijos. Ya logré acomodar dos pares, pero aún me queda otro par sin acomodar.

El año pasado (a manera de anécdota) subí una camiseta y unos calcetines para el hombre que anda por calzada independencia completamente desnudo, al que ya su piel parece gritarle ¡Auxilio! Tan pronto como lo vi, me acerqué sigilosamente y con delicadeza para extenderle la camiseta y unos calcetines. Yo venía acompañada de uno de los albañiles con los que trabajo.

Me vio y comenzó a gritarme cantidad y media en dialecto “soleciano” o algo así. El hombre se veía agobiado y exhausto pero seguía estoico ante el rayo del sol. Me aventó los calcetines “literalmente encabronado”. La camiseta ya mejor ni se la di.

Al ver esto, el albañil que iba conmigo se bajó y se acercó sin miramientos gritándole: ¡Oye cabrón aquí está esta camiseta y estos calcetines, póntelos ya!

Yo estaba como “Candy Candy” esperando a que explotara la señorita “Rottenmeir” pero para mi sorpresa, se puso la camiseta inmediatamente riéndose y como “apenadillo”; luego se sentó en la banqueta a ponerse los calcetines, y para regocijo del alma, mi compañero de trabajo se quitó sus tenis y se los puso (Mismos que los tuve que pagar en la nómina del sábado pero esa es otra historia).

Entendí y aprendí que nuestra intención de dar no debe apagar la luz de nuestra vela al no verse correspondida por la negación a aceptar algo; sino que hay mentes que no sincronizan con nuestras formas y que hay energías que se mueven diferente.

Por eso, aceptándonos y aceptándolos, deberíamos considerarlos sin indiferencias y exigir a nuestros gobernantes que se les tome en cuenta (ya de jodido, nosotros tomarlos en cuenta) o hacer algo como comunidad para apoyarlos y que puedan llegar a un refugio con agua, con medicamentos, con otros que hablen en dialecto “soleciano” como ellos y que se les puedan imponer con empatía bajo una orden (como lo hizo mi compañero albañil) o una súplica que se vistan y que coman. Necesitan alguien que les cure esas yagas.

En Mexicali, solamente existe un centro que se llama “Refugio de amor” y sería bueno que como comunidad, cada vez que escuchemos que hacen algo, los apoyáramos. Tengo entendido que el centro no se da abasto, ya que está limitado en su capacidad de alojamiento e insumos.

Se me ocurren ideas:

¿Qué tal si todos traemos un par de zapatos que no usamos o una botella extra con agua, para ver si corremos con la suerte de ayudar? (No les digo que sueros porque igual y no les gusta el sabor).

¿Qué tal si escribimos una carta a nuestros regidores proponiéndoles que se tomen acciones al respecto y que si bien, no cuentan con el apoyo federal, hagamos brigadas ciudadanas para abastecerlos con agua, toallas, sombreros, comida y medicinas durante el verano bajo la coordinación del municipio?

Es decir, no solamente con las asociaciones civiles sino formar un grupo de brigadistas ciudadanos voluntarios, que, en el verano junto con el municipio, podamos ir a dar un “rondín” por las calles para menguarles el dolor a estas personas (Estoy pensando en voz alta. O sea, escribiendo mientras me escucho y según yo hablo en voz alta jaja)

Si no hacemos algo en comunidad, este panorama nos va a rebasar. De tres años a la fecha, cada vez son más las personas que veo durmiendo en la calle, bañándose en las fuentes y recorriendo en delirio las calzadas y avenidas.

Cada vez son más los pies descalzos sobre un desierto sin arena. Un desierto de asfalto donde el único oasis está en nuestra voluntad y empatía.

Ps.1. Si pienso en que NO me gustaría reencarnar, seguramente sería en una llanta de un carro mexicalense.
Ps.2. Optemos por ser oasis a la medida de nuestras posibilidades. Que da la casualidad que cuando se trata de dar desinteresadamente… esas posibilidades son infinitas.
Ps.3. Sonreír aunque nos nieguen una sonrisa de vuelta, no resta… suma. Y voltear a ver a los mendigos de la calle tan siquiera para decirles “ahorita no” o “buen día” no es labor alienígena (no sé cuándo nos deshumanizamos tanto).
Ps.4. Como dice una hermosa oración de gratitud: “… Mis manos trabajan, cuando hay tantos que mendigan. Es maravilloso volver a casa cuando hay tantos que no tienen donde ir…”
Ps.5. Cuando te quites los zapatos, agradece… aunque tengan hoyos.
*Blog vise “Lo que debes saber sobre el asfalto y las altas temperaturas”

https://blog.vise.com.mx/lo-que-debes-saber-sobre-el-asfalto-y-las-altas...