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La injusta justicia

Esta columna es el cuarto intento que hago desde hace poco más de una semana. Como había anunciado en mi cuenta de Facebook, mis intenciones eran publicar un artículo el pasado viernes 8 de Marzo con motivo del día internacional de la mujer. Un día en el que se nos invita a la concientización sobre los derechos e igualdades de las mujeres.

Mi intención era abrir el corazón y compartirles una experiencia de vida en la que hace algunos años me vi debatiendo entre morir o seguir existiendo.

Sin embargo, parecía una autobiografía y revivir cada instante no deja de ser doloroso, aún cuando haya sido superado.

¡Y bueno! Como tengo en mis proyectos escribir un libro al respecto; preferí entonces dejarlo para ese momento y enfocarme en los hechos alrededor de esa experiencia, que tuvieron que ver con la desprotección de la justicia y la falta de leyes en las que las mujeres nos sintamos cobijadas. En la falta de credibilidad hacia nuestros testimonios y lo expuestas, que estamos como víctimas en potencia, al acecho del victimario.

Ser mujer en un país donde reina un pensamiento machista es como ir en medio del desierto con una cantimplora y el viento en contra.

Tu única esperanza es encontrar un oasis y aferrarte a administrar tu energía para no agotarte; así como al suministro adecuado del agua de tu cantimplora para que logres llegar con vida hasta ese lugar donde seguramente te sentirás a salvo.

Yo había sido víctima de una amenaza por quien fuera mi pareja. Habíamos discutido y cuando menos me lo esperaba, él estaba ahí con un cuchillo en mi cuello, en la sala de la que fuera nuestra casa donde vivíamos con mis tres hijos.

Sus palabras resonaron en mi cabeza y mis piernas se sintieron blandas, mi corazón se paralizó, sentí mucho calor, sentí un miedo intenso cuando dijo: “Hasta aquí te llegó el corrido”.

Recuerdo que no me podían salir las lágrimas de lo asustada que estaba y le dije: “Los niños, por favor, los niños están aquí. Si me vas a matar, hazlo afuera pero no adentro de la casa”.

Me hizo pedirle perdón por haberlo ofendido. Lo hice, bajó el cuchillo y entonces lo aventó al piso, se cubrió la cara con las manos y empezó a llorar.

Yo estaba inmóvil, incrédula, quería subir a ver a mis hijos a sus cuartos. Me quedé sentada esperando el siguiente movimiento. El cuchillo seguía en el piso (Desde ese momento tuve miedo siempre que él estuvo cerca de nosotros).

No entrando en detalles les comparto que me fui de la casa con mis hijos a casa de mis padres.

Todo fue una odisea de terror. Desde ese día comenzaron los acosos, el “estira y afloje” de la separación más turbulenta y el proceso de divorcio que pareciera ser el más difícil de todo el universo.
Interpuse una demanda por amenazas, misma que no procedió. Les cuento:

Le llego el citatorio al cual acudió puntual.

Yo también debí acudir. (Cosa que me parece terrible pues nos citaron casi a la misma hora)

A mí me preguntaron mi profesión. “Arquitecto” –respondí.

El examen requería que yo dibujara una casa y un árbol. Dado el entrenamiento de un trazo, obviamente era casi imposible que el dibujo me saliera feo o chueco o con trazo indefinido.

Me hicieron otra vez toda una serie de preguntas.

Me dijeron que me llamarían para ver qué procedía, pues yo estaba solicitando una orden de restricción (Misma que no existía en 2007) y que quedara asentado en acta que me había amenazado con un cuchillo y eso representaba un peligro para mí y mis menores hijos.

A él le preguntaron su profesión. Era comunicólogo, trabajaba como gerente de relaciones públicas en una empresa grande de la localidad y había sido el secretario de relaciones internacionales del Estado. Digamos que tenía un “speech” bien elaborado y facilidad de palabra y manipulación de ideas.

El veredicto:

“Señora usted no debe tener miedo dado que su trazo muestra seguridad y que no teme al entorno; por su parte la declaración del imputado es muy elocuente y clara, por lo que su denuncia no procede”

“Hello” ¡Háganme el chingado favor! De entrada, esas pruebas no funcionan.

¿Elocuencia? ¡Pues claro, sí es publirrelacionista!

¿Trazo firme y por eso no tengo miedo del entorno? ¡Soy arquitecta sería el colmo que me salieran mal las méndigas rayas y no tengo miedo del entorno, no vine a denunciar al entorno sino a él!

Ahí comenzó el infierno. Él se reía y cuando tenía oportunidad me decía que eran mis miedos sin fundamento, que ya hasta la juez lo había dicho.

“Te estas volviendo loca, te imaginas cosas, eso no pasó pero tú crees que pasó y haces creer a todos que así es, pero no es así. Por eso me creen a mí. Tus miedos no tienen fundamento, ya lo dijo la Juez”. El sistema de justicia le había otorgado más poder y credibilidad a él.

El terror era latente. Por orden de LA JUEZ (Que era mujer) tenía que dejar que viera a mis hijos y cada vez que se los llevaba yo temblaba.

Como no procedía nada para causal de divorcio….todo se volvió lento y casi imposible.

Pero no ahondaré de ésto aquí, sino en la nula o casi nula protección a la mujer en nuestro sistema de justicia.

Por principio de cuentas, en mi caso, no vieron la vulnerabilidad en la que me encontraba; no me creyeron. Inclusive la juez me dijo: “Pues no tienes golpes, moretes, cortadas… nada”

Me insinuó que yo estaba inventando todo. Y puedo entender que haya casos en los que eso suceda pero de entrada, lo primero dado las estadísticas, debiera ser CREERNOS.

Fui exactamente 7 veces a la UVI (Unidad de Violencia Intrafamiliar) a denunciar varios actos que atentaban contra mí, por parte de él. Ninguna denuncia. NINGUNA, procedió.

Y así, por 11 meses, tratando de llevar un proceso de divorcio donde la ley me dejaba siempre desprotegida y sin argumentos; llegó el día en que a las afueras de mi lugar de trabajo me atacó.

Ese día, por disposición del juez le tocaban mis hijos. Se los había llevado en la mañana y me dijo me los regresaría por la tarde alrededor de las 6 ó 7 pero no fue así.

Llegó a mi lugar de trabajo, y en el estacionamiento, frente a ellos, me apuñaló.

De una UVI (Unidad de Violencia Intrafamiliar) pasé a otra UVI (Unidad de Vigilancia Intensiva) donde me debatí entre la vida y la muerte.

Estando en terapia intensiva, uno de esos días, encendieron la tele y pedí ver el noticiero. Ahí, en las noticias de la noche estaban dando la nota de una muchacha a la que reconocí enseguida pues ella también había ido varias veces a interponer una denuncia.

Me había tocado estar con ella sentada y platicar de su caso y el mío. En la tele, en el hospital, sin poder hablar (Porque no podía hablar) me solté llorando… su pareja la había matado con un bate de béisbol.

Mi recuperación fue lenta. Fueron muchos, muchos meses para poder volver a sostener la cabeza, comer sin popote, hablar, mover los brazos y poder abrazar a mis hijos que a su vez vivían un proceso de dolor y pesadillas permanentes.

Muchos meses en terapias psicológicas y de rehabilitación física. Muchos meses, muchos años y muchas horas de llorar y sacar todo.

Fue hasta que le dictaron auto de formal prisión que procedió el divorcio y fue hasta casi 8 meses después de eso que pude obtener la patria potestad de mis hijos.

-Otra vez: ¡Háganme el chingado favor!-

Necesitamos un sistema de justicia que nos crea. Necesitamos contar con el beneficio de la duda, siquiera.

Necesitamos mujeres que no sean tan machistas. Necesitamos hacer conciencia de nuestra labor al formar varones respetuosos, amorosos y mujeres de igual manera.

Yo sigo sin poder concebir cómo una mujer juez pudo dudar de mí y de la palabra de quienes fuéramos a denunciar, ¿Cómo con tanta facilidad? ¿Tendrá hijas?

¿Cómo es que puede batallarse tanto para sentirse protegida y conseguir una ley de restricción?

¿Cómo es posible que el Sistema de “Justicia” no tome en cuenta el daño emocional ocasionado a los menores para sumar años en las sentencias? ¿Por qué eso no cuenta?

¿Por qué hay tramites que salen como hechos en olla exprés y otorgar una patria potestad tras un intento de homicidio frente a los menores de los que estás solicitando la patria potestad absoluta, tarda tanto?

Nos vemos vulneradas, seguimos vulnerables. Hay mucho por hacer y en estos tiempos en que todos tenemos más acceso a manifestarnos en redes y ser escuchados por millones, debiera ser una buena oportunidad aprovecharnos de ello y alzar más voces y exigir.

Nadie estamos exentos. La violencia no corresponde a un estrato social ni económico, ni es exclusiva de personas sin estudios o preparación profesional.

No excluyo la violencia contra los hombres por parte de mujeres abusadoras y manipuladoras. En mi caso, hablo desde mi perspectiva de mujer y madre y desgraciadamente, desde las estadísticas donde es la mujer la más violentada.

La vida es siempre un camino lleno de oportunidades, la vida misma es una oportunidad. En el campo espiritual y diario yo tengo una labor y un compromiso amoroso conmigo y con mis hijos.

En el campo legal y en el de los derechos de las mujeres y los niños, tengo una voz que exige no sentir desprotección y abandono.

¿Estamos vulnerables?

Sí, la neta, sí.

PERO NO ESTAMOS SOLAS, y no podemos permitir SEGUIR PARADAS en el mismo desierto porque estoy segura que existe ese OASIS y debemos, debemos, DEBEMOS LUCHAR por llegar ahí con los recursos que tenemos: Nuestra cantimplora con agua (voz) y nuestra energía (amor y actos).

Ps.1. Dios: Gracias por no abandonarnos.
Ps.2. Cuando presenté mi denuncia por amenazas, conocí a varias mujeres. Al salir de mi recuperación supe que a 8 mujeres no nos creyeron. Y de esas 8 fui la única sobreviviente.
Ps.3. Los amigos, las oraciones… son curitas mágicos.
Ps.4. La mejor medicina es el amor.
Ps.5. Aunque piensen que denunciar es perder el tiempo, ¡DENUNCIEN no RENUNCIEN! Denuncien siempre, háganlo público, alcen la voz, pónganse a salvo.
Ps.6. Lo que comienza con un grito, luego es un empujón o bien puede ser silencio y convertirse en tragedia. Si algo no te late, si te lastima, si te hace menos, si te insulta, si te critica, si se burla de ti… Vete.
Ps.7. Gracias al Doctor Pablo Lomas del HOSPITAL GENERAL, por salvarme la vida y porque sus palabras me llenaron de esperanza: “Tienes tres hijos y yo me voy a encargar de que te quedes aquí para ellos”
Ps.8. Gracias al Doctor Benjamín Zataraín, internista. (Y ahora amigo) porque me prometió que yo iba a salir hablando, que iba a volver a cantar y que me prometía que iba a poder abrazar a mis hijos. ¡Gracias por siempre!