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Incondicionalidad

¿Cuántas veces no nos hemos encontrado en la disyuntiva de quedarle bien a un amigo y hemos llegado al punto de mover agenda, estresados?

¿Cuántas otras más nos hemos sentido contra la pared por no poder cumplir o por sentir subestimado nuestro tiempo ante la imposibilidad de asistir a un evento o acompañar a un amigo porque la rutina, los compromisos familiares o hasta económicos no nos lo han permitido?

¿Cuántas veces nosotros mismos o nuestras parejas hemos sido condicionales?

¿Hasta qué punto es sano condicionar o por el contrario, estar ahí “sin condiciones”?

El delicado punto de la cuerda entre la invitación y el chantaje.

El delicado punto de la cuerda entre el gusto de estar y el condicionamiento.

Y ¿Qué es la incondicionalidad?

Según el diccionario, la incondicionalidad es ser adepto a una persona o una idea sin limitación, de manera absoluta y sin restricción alguna. Y aquí es donde entra la oportunidad de que aparezca nuestra ética en la escena: ¿Y cuándo se trata de una injusticia? ¿Cuándo va de por medio nuestra dignidad y nuestros valores, se debe ser incondicional?

Entiendo que cada quien tenga su respuesta, su proceso de análisis, sus conclusiones. Sin embargo, independientemente de cuál sea ésta, considero que todo aquello que afecta la integridad física o moral de uno mismo y de terceros no puede ni debe ser puesto en duda.

Entonces, siempre hay o existe alguna condición en toda relación saludable.

Hace unas semanas, aquí en Mexicali un muchacho bajo la influencia de las drogas, asesinó a un pequeño (Nachito). El caso estremeció a toda la comunidad (A mí, en lo personal me sigue doliendo el pecho de recordarlo). El homicida es un muchacho de apenas 18 años que vivía con sus padres y ante la desgracia, su padre reaccionó conforme a los valores y ética correctos: Entregó a su hijo. ¿Fue incondicional o no?

El dolor de su alma podía sentirse, se le notaba en las declaraciones que hizo. Pero sin estar por encima del amor, hacer lo correcto pesó más en la balanza. Es decir, fue incondicional a sus valores.

A veces nos topamos con situaciones que nos hacen sentirnos comprometidos y orillados a tomar decisiones incómodas ante el chantaje o manipulación cotidianos. Hasta “penita” nos da decir ¡Bájale a tu manipulación! o cuestionar: ¿Me estas manipulando y si no voy o si no hago lo que dices ya no soy tu amiga/o?

Nos da pena porque el juego de las palabras y el arte de la manipulación cuando lo domina un maestro en la materia, siempre viene disfrazado de “Me vas a quedar mal” “Está bien, ya sé que no te importa” (Casi, casi que Virginia Fábregas se aparece en holograma) y entonces casi en automático nos enganchamos a decir “No es así” y hasta cedemos.

Ahora bien, en este terreno de la amistad hay amigos que esperan que sus amigos sean incondicionales hasta la injusticia, yo creo que uno no debe caer en la cantaleta de “Los enemigos de mis amigos son mis enemigos también”.

Quizás andarse a tientas con aquellos que lastiman o han lastimado a quienes amamos y consideramos amigos entrañables y si, frente a ellos (los terceros) mostrarnos de una pieza monolítica con nuestro “compa”.

Sin embargo, si ese amigo falla o intenta realizar actos de venganza o difamar (la más utilizada y baja de las armas –hablar mal de otros-) hay que decirle de frente y a los ojos (cuando no nos vean los otros) nuestra opinión y aclarar que no nos veremos involucrados en actos de bajeza, bajo la bandera de la amistad incondicional.

Porque podemos fingir y hacer la faramalla de “Hmm es mi “miguis” y yo al cien con todo lo que diga”, pero cuando realmente amamos a un amigo, tenemos la obligación moral de decirle lo contrario si algo no nos parece, si algo no nos dignifica o si algo perjudica a otros.

Eso es a lo que yo llamo amor incondicional: A estar no con una venda en los ojos, sino con los ojos abiertos para caminar juntos. Decirle al amigo que tiene la razón, aunque estemos convencidos de que no es así… perdón pero eso no es amistad y es en cierta parte destructivo, no constructivo.

Habrá ocasiones en que la amistad nos va a demandar estar ahí en el momento preciso que se nos solicite, respondiendo a un sincero sentimiento de lealtad y fidelidad ya sea para pedir una opinión o por el contrario para permanecer en silencio porque hay veces que ni de “chiste” necesitamos que un amigo venga a decirnos que estamos equivocados; pero el sólo hecho de estar, guardar la calma, abrazar, escuchar, prestar el hombro… son suficientes.

Hasta nosotros sabemos que no estamos en lo correcto pero aún con la bola de defectos que cargamos nos gusta sentir la certeza de que nuestros amigos nos siguen queriendo.

Y en ese ejercicio de lealtades, la más inmediata es la de los hermanos (para quienes tenemos hermanos).

El hermano es el primer cómplice de travesuras, de ocurrencias, de juegos. El primero con el que renegamos de los regaños o “mafufadas de la histeria de la madre”. Con los hermanos aprendemos a tirones y empujones, reniegos y mentadas que hay que esconder los juguetes o el maquillaje en algunas ocasiones y en otras compartirlo y en otras más extremas a hacer “chile con la cola” cuando traen puesto algo que no les prestamos.

La lealtad, aquella que no tiene cabida para la traición, aquella que se devuelve a quien nos la otorga, aquella que es el ingrediente básico de una amistad.

En resumen, por lealtad también debemos ser sinceros y ante toda situación entonces hablar de frente con la verdad, aunque “cale” y ante la hostilidad del mundo, ser incondicional preservando los valores y la ética.

A mis hermanas y a mis amigos, en este cierre de año quiero decirles que si en algún momento fui dura con la verdad… mi fundamento fue el amor que les tengo. Que si en muchas ocasiones he postergado algún consejo solicitado u opinión, ha sido por no lastimar y porque seguramente estoy buscando la manera correcta de hacer llegar el mensaje (De manera sincera) sin que se malinterprete.

Que si he callado y guardado silencio, ha sido porque me parece que el silencio habla con su presencia.

Espero que en esta temporada de reuniones, todos tengamos un amigo a quien abrazar y con quien llorar la ausencia de los que ya se fueron adelantados.

Que sea la lealtad el ingrediente eterno de nuestras relaciones y que la incondicionalidad responda a lo que debe y no a un chantaje.

Que el camino siempre sea una oportunidad de abrazarnos y sincerarnos. Porque en lo personal, mis amigos -los mejores= son aquellos a quienes en sombra sigo reconociendo y en pozos profundos sigo sintiendo su mano.

¡Feliz navidad!

Que la condición de ser incondicional no sea la condición (jejejeje parece trabalenguas pero no lo es)

Ps1. Yo he dicho que sí, enfrente de otros para no dejar en mal a mis amigos aunque atrás de la espalda haga “kimis”
Ps.2. He soltado varias netas al espejo y esos actos de auto sincerase son los más duros pero los más constructivos.
Ps.3. A Santa Claus si le pongo condiciones porque está cabrón haber creído en él tanto tiempo al grado de inventar haberlo visto en su trineo, como para que no cumpla con dos que tres cosillas que no deben ser tan imposibles para un enano mágico creador del polo Norte. ¡Qué ponga a trabajar a su raza! -¿O serán ninis polares?-
Ps.4. En aras de la incondicionalidad: No hay mayor traición, que la traición a uno mismo.