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Hectorín...

Hectorín “El chulis”, “El inge” es una persona de buenos hábitos y muy disciplinado. Ordenado en sus pensamientos como lo es en su rutina diaria. Mi papá es un hombre al que nunca le ha dado flojera ponerse las botas para ir al trabajo.

“Tempranero”, siempre de buen semblante. No hay mañana que no despierte contento, inventando una letra para dar “carrilla” a alguna de nosotras (Todas mujeres- donde ahora la única privilegiada a diario con esos conciertos es mi madre) sobre una melodía de la canción que se le venga en mente… desde las de “Juanga” hasta las de “El Pirulí”.

Una de tantas mañanas, Hectorín salió como siempre al trabajo. Hablamos por teléfono para ponernos al tanto y me dijo que iría por la tarde a cortarse el cabello, que regresando me hablaba para que le dejara los planos de un proyecto en el cual él me iba a ayudar a hacer un presupuesto. Ese día cambió con una llamada de la peluquería a mi teléfono (La peluquería a la que va mi papá):

- ¿Señora Claudia?
- Si
- ¿Es usted hija de don Héctor?
- Si ¿Qué pasa? (Ya con un dolor en el pecho y la cara sonrojada de inmediato… algo sentí)
- Tenemos aquí a su papá que se acaba de recuperar de un colapso y vienen los paramédicos en camino pero él nos pidió que le llamáramos.

Salimos volando mis hijos y yo. Eterno el camino, todos los carros se atravesaban, los altos estaban llenos, nuestros corazones iban angustiados.

Llegamos y ya estaba la ambulancia, bajamos corriendo. Ahí estaba mi papá consciente, hablando pero amarillo. Con una mirada triste.

Me dijo:
- Me quieren llevar al hospital pero yo les digo que mejor tú me llevas.
- Papi, estás blanco. Debes irte en ambulancia

Le solicité a un paramédico que le tomara la presión… estaba casi muerto.

- Papá, te vas en ambulancia. Te seguimos. Dame tu chamarra (Hacía frío y mucho viento esos días. Mi papá tenía su chamarra agarrada como una cobija en su mano sin querer soltarla).
-No por favor, la chamarra no, me dijo… así me siento mejor. Y me volteó a ver con una mirada que jamás olvidaré, una mirada temerosa que cada vez que recuerdo me duele el alma. Mi padre es de mirada tierna, muuuy tierna pero ese día además de su dulzura había incertidumbre.

Lo subieron en la camilla, iba hablando. Una de mis hijas se fue con él en la ambulancia. Mis otros hijos y yo en mi carro detrás y llegamos como unos siete minutos después que la ambulancia.

Mi hija estaba ahí asustada:

- Acaban de meter a “Tatín” y no han salido.
- Esperamos y nada. Mi madre estaba en un juzgado con el teléfono apagado y no podíamos avisarle. Por fin después de una hora más o menos entró la llamada y se dirigió al hospital.

Yo me fui a dejar a mis hijos pero estaba inquieta/tranquila… rara. Pues por un lado mi papá entró hablando pero por otro me dolía el pecho.

Cuando regresé en “chinga” al hospital, estaban una de mis hermanas y mi madre desconsoladas. Mi papá estaba inconsciente, entubado y les dijeron que había bronco aspirado, llegó con insuficiencia respiratoria y su condición era grave… de vida o muerte.

La pregunta obligada y el desconcierto: ¿Pero cómo? Si venía bien.

Fueron trece días de terapia intensiva. Neumonía severa. Un verdadero trajín digno de la más escabrosa montaña rusa. No había neumólogo en el hospital, hubo que buscar a alguien que afortunadamente fue un verdadero ángel aparte de una eminencia: La Doctora Michelle Acosta. ¡Le salvó la vida!

Y entre bendiciones y mentadas de madre, me pude dar cuenta de la vida en la sala de espera de un hospital por semanas. Había familias que llevaban meses acampando en las bancas de la sala de espera. Salían pacientes y también llegaban carrozas.

Cada vez que decían: “Familiares del paciente Héctor Ricardo” el corazón daba un vuelco vomitativo extraَño. La logística de las guardias, se convirtieron en un programa maestro de coordinación. La familia de mi padre llegó (Todos sus hermanos) para estar presentes en oración y en energía. Ahí estábamos todos, hijas, esposa, nietos, hermanos… muchos amigos.

Mi padre salió adelante, con odiseas dignas de una novela. Hace unas semanas me dijo que cuando estaba en terapia veía a un hombre sentado en una silla, con un sombrero negro que le decía que estaba bien y le sonreía (Mi papá estaba inconsciente pero esa imagen la tiene clara).

Entonces aunado a la ciencia y la pericia de un buen médico, estaba la presencia de ese señor, que después dijo que era su abuelo (su “Tatín”).

Haber tenido buenos hábitos: No beber alcohol, no excederse, no desvelarse, no tomar café, dormir lo suficiente… llevar una vida sana; abonó para que su cuerpo resistiera y saliera adelante.

Haber tenido una canción cada mañana, ser bondadoso, amable, afable; abonó para que la vida le regresara los medios y los ángeles en su camino.

No es regla general, pues como dice el dicho: “Cuando te toca, te toca” Y simplemente, no le tocaba trascender en materia pero si reconocer una vez más la luz que nos guía… le tocaba encontrarse una vez más con su “Tatín”.

Nos tocaba a nosotros vivir una lección de amor y unidad, con todo y nuestros pleitos y discusiones en la sala de espera y los vaivenes propios de los egos. La familia es lo más importante.

Todo esto a propósito de unas oraciones a que ayer nos compartiera mi papá, las cuales le enseñó su padre, en donde entre todas las líneas dice lo siguiente:

“…te ofrezco todo mi Ser para que lo sanes, te doy mi corazón para que lo fortalezcas y te ofrezco los corazones que vienen en pos de mí: El de mi esposa, los de mis hijas, los de mis nietos, los de mis hermanos y los de las personas que he tenido la dicha de conocer en mi vida. Y que muchos han sido ángeles que Dios me ha puesto en el camino”.

Y cierra su oración (Escrita a puño y letra) diciendo: “Y ya de aquí, le pides a Dios lo que te salga del corazón y necesites, la ruta o camino para llegar a Él, es hablarle con una sencilla oración, por ejemplo: Te amo”.

Y entonces, AHORA ENTIENDO TODO.

Ps.1. No es cuestión de religión, sino de espiritualidad.
Ps2. Ser luz, trae de regreso luz.
Ps3. Algunas tareas quedan por cumplirse, con canciones matutinas.
Ps4. Trascender es una labor diaria y todo empieza como termina.