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Estudiar... Un privilegio concedido a unos pocos

Estudiar es un privilegio concedido a unos pocos.

Lo digo por varias razones:

1. Ya sea porque no todos los padres tienen oportunidad de mandar a sus hijos a la escuela (Aunque sea un derecho infantil) debido a la situación económica de la familia donde los hijos también trabajan.
2. Porque los padres y los hijos en sus comunidades rurales no tienen acceso ni a aulas ni a maestros.
3. Porque los maestros se la pasan en paros y marchas y los niños deben asistir a marchas en lugar de ir a estudiar.
4. Porque los padres tienen la oportunidad de mandar a sus hijos y en las escuelas faltan los maestros o no hay suficiente material o condiciones óptimas para el estudio.

Todos son ejemplos de la educación pública y la situación social de nuestro País. Pero también está la contraparte de las familias que corren con la fortuna de tener una buena escuela pública cerca de casa, con maestros comprometidos, con instalaciones en muy buenas condiciones. Y a la par, las familias que tienen el poder adquisitivo para proporcionarles a sus hijos una educación en escuelas privadas.

Y aún en estos dos últimos casos, estudiar sigue siendo un privilegio concedido a unos pocos porque hay unos que parece que nomás van a pasearse con todo el kit escolar y la colegiatura alta que pagan los padres. ¡Los hay y los padres los solapan!

También hay niños y jóvenes que no logran valorar el simple hecho de llegar a su escuela con ropa limpia, desayunados y en transporte. Y aquí la pregunta radica para los padres que tenemos la fortuna de poder darles esas facilidades a nuestros hijos:

¿Los estamos haciendo partícipes del esfuerzo que representa? ¿Los enseñamos a valorar el lápiz? ¿Les hacemos saber que lo que tienen es una responsabilidad compartida con nosotros?

El otro día leí el “post” de una empleada de papelería donde compartía lo conmovida que se sintió al darse cuenta que un niño le decía su padre que no gastara en cosas que no necesitaba porque todavía las tenía en buen estado del ciclo pasado.

Algo que debiera ser la regla y no la excepción, pero que “Dicho sea de paso” a mí como madre proveedora me da enorme gusto saber que haya niños que valoren y se involucren con su responsabilidad de miembros de una familia donde la economía es para todos.

Por otro lado, fui testigo presencial de los berrinches de una niña porque no le cambiarían la mochila. Por más que la mamá le dijo que estaba en perfecto estado, aquello parecía el exorcismo del siglo en un pasillo de una tienda departamental (Yo confieso que estuve a punto de meterme y decirle: ¿Qué parte de que tu mochila está bien no entendiste?).

La mamá terminó por sacarla de la tienda sin la mochila ¡Y a mí me pareció genial! Hasta que caminando por otro pasillo, me encontré con el caso de la mamá con el síndrome de “Todo lo quiero nuevo para mi hijo” como si fuera un concurso de ver quién iba a llevar la mejor mochila, el termo, la lonchera, más cosas de las que piden en la lista, sumado a “stickers”, borradores que huelen, bla, bla, bla.

Y AQUÍ ME QUIERO DETENER:

Estudiar… los niños, nuestros hijos van a estudiar. No a competir. Ya de por sí, el sistema los tiene en una continua competencia con los demás en cuestiones académicas como para que aparte le sumemos la competencia de los mejores accesorios escolares. (Y que no se nos olvide enseñarles a competir consigo mismos… por cierto).

La lista parece carta a Santa Claus como para que le queramos anexar la lista de los Reyes Magos, y en lugar de caja de colores de 12, le llevamos una de 24, siete plumas de cada color, tijeras con dibujos, etc.

En serio me pregunto: ¿Estaremos vertiendo caprichos propios e ideas infructuosas en nuestros niños?

Si se goza de la capacidad económica para hacer un “GO BIG” de las cosas, creo que sería una magnífica idea que en lugar de comprarle una caja de 24 colores de palo a nuestro hijo; compráramos dos cajas de 12 –por ejemplo- y así de cada una de las cosas hasta lograr reunir otra lista de materiales para donarla en una escuela pública. Y hacer a nuestros hijos partícipes de ello.

Esta época es una excelente oportunidad para enseñarles a los hijos a compartir materiales, a donar los uniformes que ya dejaron por crecer, a tener más sentido común y empatía por aquellos que con lágrimas en los ojos ven cómo les pasa la vida por enfrente sin poder tener más que un cuaderno y un lápiz y en el más triste de los casos… llorar porque en la escuela no hay suficientes maestros.

Aunque sonemos como tarabillas o locos hablándole al viento. Cada vez que insistimos, logramos algo. Cada vez que les decimos que separen los uniformes que ya no les quedan para regalarlos. Que cuiden sus libros para que estén en perfecto estado y puedan regalarse, que cuiden sus mochilas y sus útiles porque a todos nos cuesta… no nada más a los padres.

La familia somos todos y en la medida en que ellos desde pequeños sepan administrarse y valorar, lograremos juntos poder tener un poco más de todo, y lo que es la más valiosa de las recompensas: Sentirnos útiles para otros.

Estudiar es un derecho, que ellos deben ejercer con responsabilidad y nosotros debemos hacerles saber que es su obligación cumplir con agradecimiento y disciplina ante tal derecho. Y sí, quienes tenemos acceso a una escuela… somos privilegiados.

La educación ya pasó de ser un derecho a ser un privilegio en muchas zonas del país donde cada vez veo más lejano un sistema educativo que nos ponga a la par con los del primer mundo. Por eso nunca debemos olvidar que la educación empieza en casa… y ese sí es un privilegio concedido a todos.

El lápiz está en nuestros dedos, con punta y con borrador, de nosotros depende y tenemos la más ardua de las tareas.

Ps.1. Las plumas con cuatro colores que suben y bajan están chilas y ahorras mucho.
Ps.2. Si compras una buena cajita para útiles, dura hasta tres años.
Ps.3. Aprovecho para aconsejar que les hagan lonches, será siempre más sano y más barato… no le saquen a levantarse diez minutos antes.