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El color del perdón

Si pudiera poner un color al hecho de perdonarme a mí misma, sería sin duda un amarillo lima limón.

Con regularidad desde chica, relaciono los días, los meses o los nombres de algunas personas con algún color. Por ejemplo: Yolanda (nombre de mi madre) es anaranjado en mi mente; el viernes es morado, el sábado azul, mayo es amarillo, noviembre es negro...

Durante nuestra infancia, mis padres nos mandaban a la casa de los abuelos en Durango, donde viajábamos de la casa de los abuelos paternos a los maternos y pasábamos las noches agendadas en cada una de ellas.

Disfrutamos tanto a los abuelos que hoy en día es uno de los recuerdos más hermosos que tengo.

Pues bien, cuando me tocaba quedarme a pasar la noche en la casa de la abuela materna, ella (Mi mamá Sol) me recibía siempre con un abrazo y me decía: “tu pijama/vestido te espera sobre la cama”.

Era una pijama setentera al estilo de “Pili y Mili” o de las hermosas mujeres que salían en las películas de Mauricio Garcés; de encaje en la parte superior (que amarraba con unos nudos para que me ajustara ya que el escote me llegaba al ombligo), tipo vestido arriba de la rodilla de caída en corte “A” y con una bata para ponerse encima vaporosa, volátil, transparente… de color amarillo lima-limón.

Ponerme esa pijama era un sueño y era de ensueño. Me sentía otra, me sentía plena, volada, feliz, ¡me sentía completamente feliz y me juraba! Me hacía correr o subir y bajar las escaleras para ver y sentir la tela moverse con el roce del viento que provocaba yo al moverme. Me gustaba escuchar el golpeteo en la tela. Me veía en los espejos, daba vueltas con los brazos extendidos en total libertad y plenitud.

Este evento fue el sinónimo de una ilusión durante varios veranos. La vida dio muchos tumbos y muchas vueltas hasta llevarme a un reencuentro con esa niña feliz, 28 años después…

La imagen no podía ser más dura, desgarradora, nítida y cruda.

Ahí estaba yo reflejada en el espejo de un baño de hospital con el rostro irreconocible y la cabeza colgándome (literalmente) de lado.

Una imagen de película de terror que me hizo llorar sin tregua y sollozar de una manera que parecía eterna; era tan duro verme así que cerré los ojos y en un acto de búsqueda interior… hurgando en los recuerdos, atando cabos, haciendo recuentos, rehaciendo eventos fui a dar a 1980 y ahí estaba yo: Con diez años de edad, corriendo por el pasillo de la casa de la abuela con mi pijama vaporosa y el cabello suelto, plena, feliz, sana.

Quería quedarme ahí y no volver a abrir mis ojos. Ahí en ese momento, en ese instante comenzó el camino de rehacer a Claudia.

Abrí los ojos, me vi con compasión y ya no con horror. Ese día me prometí a mí misma sanar y honrar cada segundo de mis días viviendo feliz.

Me dije en voz alta: “Claudia ¿Qué te hice? ¡Perdóname! Voy a curarte, te prometo que voy a curarte y vas a sanar y si vuelves a hablar, a mover tu cabeza, a cantar, a caminar derecha y levantar los brazos no habrá un día que pase sin abrazarte y decirte que eres linda y eres feliz. Te lo prometo, te lo prometo, te lo prometo”.

Han pasado once años desde esa promesa y es una promesa cumplida. El camino y el proceso no han sido y no son fáciles. El hecho de perdonarme a mí misma no fue solo una cuestión de voluntad, sino de humildad y rechazo a la soberbia para poder pedir ayuda, ir a terapia, ir a grupos de apoyo, hablarlo y aceptar mi realidad.

Una realidad donde no pude cambiar el pasado pero que contó con la maravillosa tecla de decidir en el presente para modificar el mañana. No ha habido día que no abrace a mis hijos y que me abrace a mí misma. No ha habido día en el que no me levante bendiciendo y agradeciendo o noche antes de dormir, cerrando la faena diaria, bendiciendo y agradeciendo también. Y cada vez que recaigo en angustias o malos recuerdos, cierro los ojos y recurro a esa Claudia feliz en pijama vaporosa.

Como la mía, hay varias experiencias de muchas personas y platicando con ellas, escuchándolas, leyéndolas caigo en cuenta que es el proceso del perdón a uno mismo, el más exigente de todos. ¿Por qué? Porque nadie da lo que no tiene.

Una amiga me platicaba y cito tal cual: “porque en un punto al permitir que otra persona abuse física y psicológicamente de ti, no sólo te convierte en SU víctima sino en víctima de uno mismo ¿Qué puede llevarte a permitir que alguien te robe tu identidad y tu autoestima? Podemos culpar a nuestros padres o terceras personas que de alguna forma te hacen sentir rechazado y desarrollas inseguridad, pero somos culpables de permitir el maltrato. Con la educación que tenemos deberíamos ver claramente el límite y saber que nadie tiene más derecho sobre nosotros que nosotros mismos. Formar una familia con alguien que te humilla desde un noviazgo, sin pensar el daño que le harás a esas criaturas en sus vidas, en su formación, en la imagen que tendrán de un padre, de un hombre te convierte en culpable…la labor en efecto es perdonarse, en lugar de justificarnos”

Cerró diciéndome una frase que me pareció inspiradora y muy fuerte: “Hoy en día disfruto hasta pararme en un alto de disco y poder tomar la dirección que se me dé mi gana. ¡Soy inmensamente feliz!”

¡Nooo pues ya sabrán! esa frase liberadora después de haber decidido perdonarse y entrar en ese largo pero necesario proceso para sanar, en vez de justificarse fue un nuevo tesoro en mi vida y material utilizable. Ahora veo los altos de disco como una oportunidad de rumbo y las situaciones que requieren decisiones importantes tienen un color rojo con letras blancas para poder tomar la dirección que se me dé mi gana (Claro responsablemente).

Platicaba con una de mis comadres y mejores amigas, que la vida nos puso en un cruce en el que hubo un momento que nos cegamos. Perdonarnos ha sido una labor ardua y ambas coincidimos en la importancia de ver la “barba del vecino cortar”. Es decir, experimentar en cabeza ajena.

Grandes tristezas y sufrimientos innecesarios podrían haberse evitado si dejáramos de lado ese dicho que estoy convencida, es un mal consejo: “Nadie experimenta en cabeza ajena”… ¡Ah qué mal consejo!

Cada vez que alguien abre su cofre de sabiduría con sus experiencias (divino tesoro) deberíamos aquilatar y agradecer que nos dieron la oportunidad de conocer ese camino sin tener que pasar por una tortura. No es necesario sufrir para ser felices. Es una vil mentira. Sí es necesario superar el sufrimiento para trascender y crecer, eso sí. Pero se puede ser inmensamente feliz sin tener que pasar por un sendero doloroso, lleno de flagelaciones, tribulaciones, andanzas caóticas. Nadie absolutamente nadie puede redimir a otro. No vamos a cambiar a nadie con nuestra entrega y cuidados, y por el contrario, saldremos redimidos.

También existe el duelo de perdonarse a uno mismo por haber dañado a alguien. Las dos vertientes profundamente difíciles: Perdonarte por permitir que te dañaran y/o perdonarte por lastimar a otros. En ambos casos se requiere de mucha humildad, voluntad y aunque suena a un disco rayado: terapia.

Luego te encuentras miles de personas bien intencionadas –eso que ni qué- diciéndote que “no pasa nada, que le eches ganas” (aprovecho para meter gol y decir por este medio que aplica a los casos de personas que sufren depresión: Nadie va a salir de una depresión echándole ganas, se requiere de tratamiento y de terapia).

Si en algo les sirve que abramos los cofres algunos, mostrando nuestro tesoro de aprendizaje, yo abro el mío con el corazón abierto y con una mano extendida. Con un hombro dispuesto, con un oído que escucha con empatía.

Abro el mío y les digo que lo que a mí me funciono fue:

-Llorar hasta sacarlo todo, poner mis tribulaciones en papel y a lado de ellas mis ilusiones e ir a terapia.
-Regalarme algunos minutos de autocompasión pero no permitirme instalarme ahí por más de 5 minutos e ir a terapia.
-Aplicar el 5 de 5: Antes de llorar más de 5 minutos piensa si lloraras por esto en 5 años e ir a terapia.
-Buscar a mis amigos y a mi familia cada vez que me sentía triste, desesperada o desesperanzada e ir a terapia.
-Meditar, hacer oración, caminar, manejar tranquila, escuchar música e ir a terapia.
-Aprender a respirar y controlar las emociones sin reprimirlas. (Técnicas que aprendes en terapia)
-Practicar algún deporte o hacer ejercicio. (Practicar yoga me ayudó mucho)
-Ir a terapia con un psicólogo que me guiara. Si no me sentía que estaba avanzando con uno, cambiaba de terapeuta. La terapia fue y ha sido la clave.
-Abrazarme cada día y festejar mis logros con amor verdadero hacia mí.
-Entenderme, comprenderme, reconocerme como un humano que comente errores y que tiene buenas intenciones. Aprender a aceptarme con la mejor versión de mi misma.
-Reinventarme.
-Agradecer más y quejarme menos.

Que mis barbas y las de muchos otros les sirvan para poner las suyas a remojar y que el perdón comience su labor con un “si puedo, me lo merezco, me lo permito”

Ps.1. Para cada recuerdo, una canción.
Ps.2. Para cada día, una sonrisa con sincera gratitud.
Ps.3. No hay pato que no camine como pato. No le pongamos carita de cisne o de pavo real porque no lo es.
Ps.4. Si lastimaste y reconoces arrepentido… trabaja desde la grandeza de tu humildad y perdónate para que pidas perdón a quien agrediste.
Ps.5. El color del perdón lo tengo en la paleta de los verdes y amarillos y lo titulé: “Amarillo lima limón/ pijamesco vaporoso” (Si Bob Ross tenía una paleta variada, yo también).