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Dignidad para hacer las cosas bien

A veces parece tan complejo esperar que las personas que nos rodean cumplan con nuestras expectativas profesionales, que terminamos acostumbrándonos en nuestra vida diaria a estándares realmente mediocres.

Si lo abarcamos desde el punto de vista profesional, nos encontraremos con varias corrientes de pensamiento que van desde los empíricos que aprendieron una labor de manera natural, hasta los eminentes doctorados en ciencias que se creen la luz del mundo en sí mismos por haber cursado materias inentendibles.

Pero entonces… ¿Quién tiene la razón?, ¿Quién tiene derecho a ejercer un oficio de manera profesional?, es decir, si a “Juan Pérez” le gusta la carpintería, se dedica a ella pero no es capaz de construir una silla, ¿entonces alguien tiene el derecho de pedirle que no realice esa labor?

Sin entrar en profundas reflexiones filosóficas, y sin pretender descubrir “el hilo negro”, podemos partir de que cualquier persona es libre de ejercer la actividad que le plazca, siempre y cuando no implique un daño a terceros o a la naturaleza que nos rodea, y que lo único que le podemos exigir es que realice su trabajo de la mejor manera.

En mi profesión que es la comunicación, como en muchas otras, se da un enfrentamiento generacional entre quienes comenzaron a ejercer este oficio de manera empírica y los que años después egresaron de las universidades; de lo anterior se desprende una relación distante, de lucha constante por imponerse unos a otros, y poco efectiva al momento de elevar el nivel de profesionalismo en México en esta materia.

Ejemplos hay en ambos bandos, decanos con gran experiencia, verdaderos maestros titulados en la calle, entre la gente y en medio del sentimiento social; O bien, los hay también, egresados de prestigiadas instituciones educativas que desconocen el razonamiento, que sueñan con ser estrellas de la farándula y su frase más profunda suele ser “o sea, qué onda con este rollo wey”.

Sin embargo, tanto para “los veteranos” como para “los novatos”, el ganarse un espacio profesional, ha ido dependiendo cada vez menos de su capacidad para hacer las cosas bien… Por el contrario impera la idea de abrir los Medios de Comunicación a personas a las que no les acompaña un sustento o una base de experiencia y conocimientos.

No es un pecado ser físicamente atractivo(a), tener una bonita sonrisa, inyectarte botox o colocarte implantes para llamar la atención, cada quien es libre de hacer con su cuerpo lo que guste, pero ello no implica que no se tenga una responsabilidad ética y profesional para desempeñar tu trabajo de manera correcta.

En pocas palabras, un par de “bubis” o unos ojos de color no le dan licencia a nadie para decir o hacer tonterías, y eso aplica en todas las profesiones.

Lamentablemente cuando se entra al juego de venderse como un producto de plástico, el valor que se le asigna a esa persona no corresponde al que su dignidad le merece.

La dignidad es un valor inherente al ser humano, que te lleva a tomar decisiones en ejercicio de tu libertad, pero siempre encaminadas a mejorar, y esto no depende de si tuviste estudios o no, o de si eres rico o pobre.

Simplemente si eres un voceador, si eres operador en una fábrica, si eres maestro, futbolista, arquitecto, policía, si cotizas en la Bolsa de Valores o cuidas autos en un estacionamiento, lo que debe importar es que hagas bien tu trabajo y que te esfuerces cada día por mejorarlo.

¿Sería correcto considerar que las personas o empresas que definen los perfiles de sus puestos de acuerdo a características físicas, se convierten en promotores de una segregación racial e intelectual?, parece duro verlo así pero… ¿acaso no condenamos como una moda que una persona sea limitada por el color o rasgos de su piel, e incluso que se considere que ser de una determinada raza sea la medida para evaluar su coeficiente?

El dilema ético, aunque para muchos no lo sea, se encuentra en ambas partes, tanto en quien ofrece como en quien acepta ser catalogado de tal manera. En la medida que como sociedad seamos más exigentes en cuanto a lo que merecemos como espectadores y/o consumidores, en esa misma medida la situación puede modificarse, aunque difícilmente llegue a desaparecer.

La clave radica en olvidarse por un momento de los estereotipos y concentrarse en el valor personal, más allá de tener escuela o no, estoy convencido de que uno debe prepararse al máximo con los medios que estén a nuestro alcance para ser los mejores y alcanzar lo más alto de nuestras capacidades en la actividad que se encuentren… Simplemente hacer bien las cosas.