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Aceptando

¿Por qué será que en ocasiones, nos cuesta tanto trabajo aceptar la felicidad del otro?

¿Cuántas veces nos hemos encontrado frente a una situación, donde las decisiones de vida de quienes amamos son contrarias a las que nosotros teníamos “visualizadas” o hasta “atrevidamente” planeadas para ellos?

¿Dónde radica el éxito de activar ese “switch” de aceptación?

No considero ser la única habitante del planeta que haya pasado por algo así. Y como estos dos meses recientes han sido muy intensos con sus lecciones; la vida me tiene en un trabajo interno muuuuy canijo, que me ha ido develando hasta ponerme frente a un espejo y descubrirme… Descubriéndome.

Así, descubierta, ha logrado caerme el más grande de todos los “veintes”:

Para aceptar con amor y sensatez las decisiones y actitudes de los demás, debo comenzar por aceptarme.

¡Ay qué bonito suena! Se antoja hasta para línea de ser trascendido, cómico, mágico, musical… Pero ¡Ah jijo!

Para ejemplos, sobran botones; ya sea desde nuestro lugar como amigos, hermanos, padres de familia, colegas, colaboradores, hijos, etc. Por ello, con el afán de no hacerlos bolas, desgloso ciertos escenarios:

Cuando un hijo, nieto, familiar o amigo se cambia de carrera, a la mitad del camino, nos conflictuamos todos porque nosotros teníamos visualizado algo diferente para esa persona y se le “ocurre” escucharse a sí mismo y ser congruente con sus anhelos. “HIjole ya ni chinga”

Si alguien deja sus estudios un año para dedicarse a viajar (en caso de que pueda), cantar, trabajar... También nos cuesta “un huevo” aceptar que es su proceso y que es su camino.

Si alguien de nuestros seres queridos revela sus preferencias sexuales, ¡ni se diga!

Tal pareciera que una decisión de amar, se convirtiera en un castigo o martirio para quienes –repito- visualizaron un camino en una vida que se comparte, pero que no nos pertenece.

Y así, como estos, hay cientos de ejemplos que van desde las situaciones más sencillas (que convertirnos en telenovelas) y hasta las más complicadas, como lo son aceptar enfermedades crónicas, terminales o crisis económicas.

Entonces, aunque duela un chingo todo parece una cuestión de voltear a vernos y cuestionarnos a conciencia qué tanto nos aceptamos a nosotros mimos.

Comenzaría por decir que, en lo personal, el proceso de auto aceptación ha sido desde chica una montaña rusa de unas subidas increíbles, un buen mantenimiento a nivel y unas bajadas que han hecho que se me suba el ombligo al cuello.

Lo que me ha mantenido a flote es saber que después de cada bajada hay una subida y eventualmente el carrito llegará a la salida de nuevo.

No debiera ser necesario llegar a cierta edad o millaje, para darnos cuenta que desde muy jóvenes podemos comenzar por trabajar en aceptarnos como somos.

Los que somos padres, tenemos una tarea constante de observación en casa para fomentar a nuestros hijos su amor propio, su auto aceptación y la búsqueda de aquello que los haga sentirse plenos.

Todo este “choro”, viene a colación después de cuatro eventos al hilo que he experimentado en los más recientes meses y semanas. Y como se va a poner sabrosa la cosa, aquí les va, les cuento el chisme:

1. En un chat grupal (De esos de 549 mensajes en una hora jeje) se tocó el tema de las preferencias sexuales. Uno de los participantes era abiertamente homofóbico y hubo un álgido intercambio de puntos de vista.

Algunos tratando de convencerlo, otros al margen, otros más siguiéndole el rollo.

Me queda claro que convencer, persuadir o razonar en un tema que más que tabú parece “tatoo, es por demás difícil, y muy pocas y contadas veces puede llegarse a un punto intermedio, ya que depende mucho de la educación y costumbres en casa, así como de creencias religiosas.

Sin embargo, la conversación subió de 549 mensajes a casi mil y con ello, el tono de la misma.

En uno de los tantos mensajes, alguien hizo un comparativo y una declaración muy dura. De entrada, dijo que era una patología (algo difícil de creer en pleno siglo XXI) y no una preferencia.

Además de lanzar un reto preguntándonos que, si un hijo se creyera pájaro, se pusiera alas, hiciera como pájaro y se subiera a una azotea o cerca de una ventana, lo dejaríamos lanzarse.

Excuso decir que en ese momento presencié una vez más, cómo con frecuencia anteponemos nuestros egos y deseos propios, sin respetar las decisiones que hacen felices a los demás.

No vivimos en un amor incondicional por los hijos (Aún y cuando decimos que lo tenemos). Colocamos el “yo me siento mal” por encima del ¡Qué alegría que te sientas bien!

Si un hijo tiene delirio (porque eso sería un delirio) de pájaro… Le hago cita con el psiquiatra. Punto.

Si un hijo me llegara a decir que le gustan los de su mismo sexo, lo apoyo y le doy herramientas para que aguante la ignorancia constante de este mundo.

¿A quién más puede recurrir? ¿Neta, abandonaría lo que más amo a merced de que le acoja o cobije alguien más en el amor que no soy capaz de dar?

Obviamente, me preguntaron en ese chat, qué diría yo, si uno de mis hijos me dijera “Soy gay”. La respuesta definitiva seria: ¿Y?

No digo que para llegar a ese “¿Y?” no he pasado por abismos generacionales y lecciones de vida canijas; lecciones que han implicado un aprendizaje: Respeto a su individualidad, respeto de su intimidad y respeto de sus decisiones.

2. Hace unas semanas, terminando la clase de spinning una de las señoras (muy guapa y delgada) se bajaba de la bici quejándose consigo misma y dijo abiertamente no sentirse nada feliz con ella desde que tuvo a sus hijos, pues esto le había traído unos tres kilos que ya nunca ha podido bajar.

No pude dejar de pensar en que yo la veía muy bonita y que me parecía absurdo que basara su felicidad en unos kilos de más. Sin embargo, sucede.

Sucede que aceptarnos con dolencias, con vejez, con arrugas y más cansados y limitados, nos cuesta trabajo. Nos olvidamos con mucha facilidad, que a como están las cosas en estos tiempos…envejecer es un privilegio concedido a unos cuantos.

Me queda claro que aceptarnos requiere de un gran amor propio.

3- Como muchos, he sentido lo duro y lo tupido de la “austeridaT” de cuarta que vivimos. Por primera vez en años de trabajo constante en lo que a mi área se refiere… me he visto detenida por falta de contratos.

He llorado, he estado frustrada, he pataleado, maldecido, rayoneado cuadernos, he roto hojas en millones de pedacitos milimétricos, me he sentido fracasar por algunos instantes.

¿Lo he trascendido? Pues “ahí la llevo”. Sin ninguna varita mágica, ni pláticas, ni audio libros sino a base de chingadazos y ACEPTACION he ubicado esta nueva realidad como un reto.

No pongo mis huevos en una sola canasta (Y le echo muchos jejeje) y esa desesperación la he transformado en coraje.

Ahora disfruto mi tiempo para hacer otras cosas. Soy oficinista móvil, tengo más tiempo para cocinar, observo más despacito que antes, he leído mucho más, tengo tiempo de vocalizar en casa cuando nadie me escucha, hago ejercicio cuando se me acomoda el horario y he estado escribiendo (creo que eso me ha liberado muchas tensiones)

¡Ah y soy el uber de lujo de la familia!

4- Un conocido (amigo de una de mis hermanas) fue diagnosticado con cáncer desde hace diez meses, y vive en un constante tratamiento.

La lección de vida que nos da en vida, es enorme: Su actitud ante la adversidad lo ha convertido en un espíritu fuerte, un Ser luminoso y valiente que lejos de sentarse a llorar y vivir en desgracia, decidió escribir un diario donde comparte su aprendizaje y cómo transforma su dolor en esperanza.

Una verdadera aceptación de su camino, con una sabiduría del alma… Muy plena.

Concluyendo: Estos cuatro ejemplos los comparto con Ustedes, después de caer en cuenta que no se puede estar abierto al mundo si uno mantiene cerrado sus brazos, su mente y su corazón.

Para aceptar los retos, los cambios, la felicidad de los que amamos… Debemos comenzar por disfrutar lo que tenemos, vivir en gratitud y llevar la panga en aguas tranquilas.

Para poder agarrarle el modo al timón, debemos confiar en nuestro barco, observar la corriente y tomarla con calma.

2,3,4… ¡Déjense caer la mecha!

Ps.1. Les recomiendo que vean el documental “Embrace” en Netflix.
Ps.2. Aceptarse no es sinónimo de “fodonguearse”. Aunque nos cargue el payaso, un buen labial, un corte de cabello, oliendo rico siempre y la lencería combinadita… De favor.
Ps.3. “Hip Hip Hooray” para Rafael que ha sido un maestro de vida (en vida) para muchos.
Ps.4. Y muy importante: Amen a su país y su gente, por encima de cualquier bandera, color partidista o político transero.
Ps.5. ¡NO GASTEN EN PENDEJADAS! Tales como el “cachito” de la lotería que ya no es lotería, del avión que no le pertenece al Gobierno, con la condonación de impuestos de los impuestos que se supone que ya no se le condonarían a nadie. #nochinguenynocaiganenlaburla