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Viaje en Ferrari o Del año que pasé en la cárcel

Laura Athié*, Tejedora de historias
laathie@gmail.com /Twitter @lauraathie
www.tejedoradehistorias.com

“Cierto día caminaba cuando un susto me llevé, en el suelo yo miré, dientes y sangre por doquier, le pregunté a una persona qué era lo que había pasado, contestó muy asustado, unos valientes me ayudaron, pelo corto tenían ellos y vestían de azul marino, sus insignias decían PEP, Estatal Preventiva yo les llamé.” (Canto de entrenamiento de los Cadetes de la Policía Estatal Preventiva de Baja California)

Recargué el ojo tratando de ver dentro, una mano nebulosa se agitaba negando algo. Se calentó mi párpado, la lámina ardía como sartén. Con los nudillos rojos toqué más fuerte, use las manos, luego las botas, hasta que alguien dijo pásele.

No hizo más que reír cuando me vio angustiada golpeando el portón enorme de la puerta del Penal de Mexicali.

Con tan mala costumbre de llegar tarde, hube de ingresar sin los compañeros que dentro me estaban aguardando. Se trataba de aplicar exámenes a custodios, policías municipales y ministeriales, yo me lamentaba por haber aceptado ese trabajo.

No supe si entrar o no, según podía ver por el agujero mal hecho en el portón, de pasar tendría que atravesar un largo pasillo en penumbra, en el que parecían ubicarse algunos cuartuchos donde seguramente vivía alguien. Que pase, dijo el guardia, nadie se la va a comer.

Ignorando que Abril tenía cuatro semanas de vida cuando me subí al Ferrari, me puse el cinturón, entonces trabajaba en el Instituto Estatal de Policía de Baja California.

Jamás había entrado a una cárcel, ese nuevo trabajo estaba resultando algo peligroso.

Por favor, baje la velocidad, le dije al capitán de la Academia de la California Highway Patrol de Sacramento que aceleraba con toda pasión el Ferrari sin importarle cactus, las curvas, los señuelos de los mexicanos indocumentados de madera cruzando el freeway.

Nada pasa, me dijo en mal español, así entrenamos aquí, hay que saber manejar la velocidad.

Conocí durante un año todas las cárceles del estado y también algunas de California, me di cuenta que la desigualdad entre ambas fronteras, continúa dentro y fuera del encierro.

Pero yo sólo llevaba en mente la imagen de la cabeza recién cortada con la que los reos jugaban futbol que vi en los diarios durante el último motín, cuando empecé a caminar por el pasillo. Me temblaban las piernas.

Efectivamente, la mía no era una entrada común, ellos por todos lados me miraban, algunos asomados por las ventanas, otros lavando ropa sobre palanganas de plástico, unos más, como el que se atrevió a hablarme, parados descaradamente a las afueras de lo que supuse era otra entrada.

¿A dónde vas?, me dijo, por aquí no es. Imbécil, pensé, ¿por qué llegaste tarde?, ¡por qué no entraste con los otros!, ¿para qué aceptaste este trabajo?... a ningún lado, dije nerviosa, bueno sí, voy por ahí nomás.

Sonrió pensando que yo era demasiado estúpida como para parecer funcionaria con exámenes de CENEVAL bajo la axila, sudados como tacos de La Rumorosa. Gotas que no eran de calor bajaban por mi frente. Voy a un lado, dije tratando de ser más enérgica, con su permiso por favor.

No chiquita, aquí nadie pasa si no paga cuota. Estaba parado justo en la puerta y no parecía querer moverse, ah, no me digas que vas a llorar.

No llores, me dijo el capitán, ¿qué nunca manejas fuerte?... yo quería matarlo pero estaba enterrada en el asiento con uñas y dientes, esperando a que por favor esto terminara. Fueron sólo seis vueltas, le dijo a mis compañeros cuando bajamos.

Para mí, ese viaje por el que pasan cientos de veces los cadetes hasta que perfeccionan su dominio del volante, fue atroz, para Abril que estaba en mi vientre, no quiero imaginar lo que significó.

Visitábamos la Patrulla de Caminos de California por ser una de las mejores de mundo junto con la Policía Nacional de Francia y la Royal Canadian Mounted Police. Mis compañeros, el licenciado Rodolfo Urbalejo Gallego, el Lieutenant y yo, pasamos ahí algunos días.

Intentábamos echar a andar la primer Academia Estatal de Policía del Estado. Ellos me miraban serios desde la acera, yo no detuve el llanto.

El Teniente Leyzaola sonrió, estoy segura de que se burlaba. Todavía no podía perdonar mi ofensa cuando le propuse que la Orquesta de Baja California hiciera la instrumentación del Himno de la Academia, para cuya letra habíamos convocado a un concurso.

Llevábamos meses pensando en el lema, el escudo y la imagen, cada idea mía era celebrada por nuestro jefe, el Lic. Urbalejo y desdeñada por el Teniente por una u otra razón.

Mire teniente… Teniente Coronel de Infantería del Estado Mayor Presidencial Julián Leyzaola Pérez para usted, licenciada, me dijo esa tarde.

Bueno, mire, vengo a proponerle, entonces se comenzaba a diseñar la currícula de la academia a la cual se habían inscrito unos 70 hombres y mujeres que pasaron los exámenes reglamentarios.

Cada cadete estaría hospedado en la academia, situada en una construcción abandonada mucho tiempo por la Carretera a Tecate, con fama de radioactiva, en donde vivirían separados de sus familias con una beca de 600 pesos al mes, estudiando para incorporase a fuerzas policiales del estado, vengo a proponerle que la Orquesta de Baja California interprete el himno, ¿qué le parece?...

Con el rostro adusto como solía tenerlo, me miró. Frente a su silencio seguí, y se me ocurre además que sería bueno que los cadetes no sólo tomen cases de legislación y armas y seguridad y todo eso… ¿Conoce usted todo eso?, dijo.

No, en absoluto, pero si conozco lo que quiero proponerle, mire, ¿por qué no armamos talleres de arte, de música, de literatura?, ¿por qué no iniciamos una biblioteca?, estoy segura de que muchos de ellos tienen sensibilidad artística aunque, él seguía sin emitir palabra, aunque claro que usted ni idea tiene de lo que le digo porque seguro que jamás ha ido a una ópera o al teatro, debe pensar que la cultura es aburrida…

¡Óigame!, me dijo muy molesto, tiempo después nos hicimos amigos y cuando Abril estuvo a punto de nacer, yo ya le decía “Mi Lieutenant” a propósito de la película de moda en esa época, Forrest Gump, usted no tiene la mínima idea de con quien habla, levantó la voz. En esos momentos sentí algo de miedo, pero no tanto como cuando pisé la cárcel.

¿Y cual es la cuota?, dije al hombre, contuve la respiración y le mire tratando de que no se diera cuenta de que estaba asustada. Vestía más tatuajes que ropa. Yo nunca había visto vírgenes en el pecho de tal tamaño o calaveras con leyendas coloreadas en los bíceps.

Parecía traer una barba de varios días que no llegaba a verse despeinada y estaba moreno de tanto sol. Su corte a rape de navaja, mostraba algunas rajadas y le faltaban tal vez, 5 o 6 dientes, así que me concentré en su colmillo frontal, brillante como sus ojos.

Seis pesos, dijo seguro. El pantalón a la cadera mal arremangado, dejaba ver parte de su hueso ilíaco y el ombligo, su trusa, dos tirantes colgando y una larga cadena con un reloj, son seis o no pasas.

Tras haber atravesado el largo pasillo con los reos, son los de alta peligrosidad, me dijo el guardia, ahí usted sabe si pasa, seis pesos eran lo de menos, pero no traía nada más que los exámenes que aplicaríamos esa tarde y adentro me esperaban todos los custodios del penal.

A los cuerpos de seguridad se les aplicaba un examen de conocimientos generales, otro de salud y uno toxicológico, al que más le temían los oficiales, para detectar ingesta de sustancias prohibidas. A mí me encantaba verlos rogar: por favor licenciada, páseme la 1, no sea malita, deme más tiempo ándele.

¿Cómo sabe usted que yo no leo o qué música escucho?, seguía muy molesto. Este hombre me odia, pensé mientras le escuchaba. Los soldados tenemos educación, ¿o que usted se cree superior por ser universitaria?

Mientras me regañaba, imaginé su rostro con pasamontañas en la Selva Lacandona. La primera vez que nos vimos en el Instituto Estatal de Policía, citados ahí junto con Alejandro Coria, quien haría la currícula para la nueva Academia y Nancy, que aplicaba exámenes psicológicos y de inteligencia a todos incluyéndonos nosotros, lo vi parado antes de entrar.

Hola, ¿usted es aspirante a cadete?, le pregunté, mediría unos 15 centímetros más que yo, se veía muy joven, iba vestido de civil, me miró con desprecio y dijo, ¡no!, yo soy el nuevo director de la Academia y me llamo Teniente Coronel de Infantería del Estado Mayor Presidencial y todo ese rosario de cargos militares que me pareció como una gran lápida que el hombre cargaba, pero me lo aprendí, ¿y usted sí es aspirante?, no, yo me llamo Laura.

Me habían contratado para hacer relaciones entre las academias y la nuestra, para manejar la prensa y armar la imagen de ese proyecto que iba a arrancar.

Lo primero que hice fue convocar a la gente: músicos, ciudadanos, estudiantes, ex policías, todos pudieron presentar una letra original para el himno de la Academia. Ahí nos hicimos amigos o por lo menos, eso pensé hasta el incidente de mi pregunta sobre la ópera y los soldados.

Por esos tiempos el teniente de la lápida me contó otra versión del Movimiento Zapatista, los enfrentamientos en la selva y las muertes de los soldados que jamás salían en la prensa. Había estado al frente de las tropas en Chiapas cuando surgió el Subcomandante Marcos.

No traigo dinero, dije. El reo de los tatuajes custodiaba la entrada del patio, que estaba rodeado de una malla metálica de unos cinco metros de alto, incluyendo techo del mismo material. Así que los reos, aunque salgan al patio, pensé, siguen estando en el encierro.

Pues, ahí usted sabrá, dijo. Miré el reloj, llevaba un retraso de media hora, demasiado, los exámenes no podían iniciar sin mi, era una descortesía.

Es que no traigo. Pues yo de aquí no me muevo. Pero, ¿qué le parecería un beso?, se me ocurrió decirle a manera de broma pensando que así me dejaría pasar.

Muy bien morra, sí me parece, dijo, bien, ¿dónde?... la pez por la boca muere, me repetí mientras su barba me raspaba la piel cuando besaba su mejilla. Chale morra, ese no es el beso que yo esperaba.

Pero cumplí, ahora, con su permiso, dije y él se hizo a un lado, ¿te enseño el camino?, me gritó. No gracias, yo solita lo voy descubriendo.

Con prisa recorrí los talleres preguntando en dónde estaba la biblioteca, vi cómo cortaban la madera, y recién recordé el hilo blanco torcido por entre el cuero para hacer los cintos piteados, cuando me escribió Irvin: Tengo 21 años, acabo de salir de prisión, tu escribes historias de los otros, ¿verdad?, su pregunta me regresó en el tiempo, no era la primera vez que conversaba con gente en el encierro.

Buenas tardes, me llamo Laura, hoy vamos a aplicarles algunos exámenes, tienen una hora para responder, por favor usen lápiz, no volteen, no conversen con sus compañeros, traten de no borrar.

Repartía los exámenes echando una mirada de reojo al librero. La biblioteca de la cárcel era un sitio amplio, frío, con techo de lámina corrugada y pupitres de secundaria.

Muchas ediciones de Porrúa, historietas, revistas de Mecánica Popular que parecían ser las más usadas. ¿Le puedo preguntar algo licenciada?...

Sí, escribo historias Irvin, ¿por qué me lo preguntas?, acabo de salir, estuve 2 años en la cárcel, me contó, ahí dentro lo único que me salvó fue mi diario y quiero que lo leas.

¿Tenemos que leer todo licenciada?, sí porque sí no le va a ser un poco difícil contestar el examen, ¿no cree oficial?

Yo soy de Quintana Roo, pero estuve en la cárcel de Chiapas que por violación a la Ley General de Población, que por trasporte de indocumentados con propósito de tráfico y evasión de las autoridades migratorias.

Si yo iba en mi rollo en un camión del ADO y me detuvieron y el agente de migración me dijo que ya me había chingado, ¿tú puedes creer eso?, ¿conoces una cárcel?, no te imaginas lo horrible que es, me contaba Irvin.

Así que lea por favor, en silencio. El custodio me miró con cara de desencanto y comenzó a escribir, los demás callaron. Yo me sentí confundida al escucharlo y recordé la voz.

No se haga la confundida Laurita, me gritaba, no se haga la muy estudiada, ¿pues quién cree que soy?, ¿cómo se atreve a calificarme?, ¿usted qué sabe si leo o no leo, si me gusta o no la ópera, si escucho o no música?...

Ustedes creen que lo saben todo pero de nosotros las fuerzas armadas no saben nada. ¿Cómo se atreve a sugerirme?, ¡aquí yo soy el que manda Laurita!, comenzó a subir más la voz, entienda, ¡aquí yo soy el que sugiero Laurita!, mientras me regañaba, mi vientre se movió, comencé a sentir que Abril también escuchaba. ¿Qué le pasa?, me dijo, no se asuste teniente, es mi hija.

Me di cuenta que esperaba a Abril cuando volvimos de la California Highway Patrol Academy de Sacramento. Después de dormir ahí, subir al Ferrari, trepar en las paredes falsas, usar el simulador de tiro, disparar armas contra señuelos, comer lo mismo que los cadetes y hacer casi la misma cantidad de lagartijas, como también lo hicieron el teniente y el director, supongo.

¿Será mamá?, preguntó el teniente. Seré, dije, y será una niña. ¡A ver!, gritó, enseguida vinieron a la oficina cinco cadetes, aquí le van a hacer caso a Laurita en lo que les diga, serán su sombra.

¡Sí mi Teniente!

Ella les va a explicar algo de las artes, de ninguna manera la dejan que mueva cosas, mucho cuidado con faltarle a respeto.

¡Sí mi teniente!, dijeron los cadetes que me acompañaron a lo largo de mi embarazo que duró la instalación, inauguración y hasta que Roberto Limón, el Director de la Orquesta de Baja California, tocó en vivo el himno de la academia.

Fue así que nos hicimos amigos, que aprendí a cerrar la boca y a no juzgar a quienes no conozco, que decidí escuchar más y hablar menos para entender las historias de los otros, como hice con Irvin muy atentamente.

Te vamos a chingar, dice que le dijeron los judiciales, antes de tomarlo de los hombros, sacarlo del camión y meterlo a la patrulla. Aquí te chingaste, nada de inocencias. Irvin se enamoró en la cárcel. Entró a los 19 años y salió a los 21, ahora tiene una hija y quería estudiar una carrera.

Fue así que nació Abril quien debe haber estado escuchando balazos, música clásica, llantas que rechinan en la carretera y cadetes diciendo ¡Sí mi teniente! varios meses.

De esta manera es que decido leer el diario de Irvin para compartir su historia: Me detuvieron en 2010, me di cuenta de muchas cosas pero a veces pienso lo difícil que sería cambiar un sistema tan grande, todo esta mal y no me molesta por mi, si no porque hay muchos allá dentro que realmente son inocentes, me lastima la injusticia en México y lo mal que camina.

¿Sabes Irvin?, tengo una columna, me gustaría mucho contar tu historia. ¿De verdad?...
Seguro, si quieres podemos escribirla juntos.

Será así, que en este espacio durante dos entregas, Irvin y Laura contarán cómo es que las vidas se mueren en el encierro, pero renacen cuando de pronto uno se atreve a asomar el ojo por la rendija, aunque queme como sartén sobre la lumbre, aunque se tenga que cruzar pasillos lóbregos y pagar cuotas. Uno contará desde dentro de las rejas y la otra, pegando patadas para que la dejen entrar.

La Academia de Seguridad Pública del Estado de Baja California, antes Academia Estatal de Policía, fue inaugurada el 26 de Octubre de 2001. Se encuentra en el kilómetro 140 de la Carretera Nacional Tecate-Tijuana y fue construida en lo que en un principio serían las instalaciones de un penal. (http://www.seguridadbc.gob.mx/asp.php)

Laura Athié: Mexicana, madre de Abril y especialista en difusión de políticas públicas. Maestra en Política Educativa por el IIPE UNESCO París, comunicóloga por la Universidad Autónoma de Baja California, ciclista convencida, amiga y viajera. Fue Subdirectora de Relaciones Institucionales del Instituto Estatal de Policía en Baja California hasta agosto de 2002, empleo que dejó al nacer su hija, para volver a la Ciudad de México. Desde entonces respeta el trabajo de los policías honestos y sabe los rangos de la jerarquía militar. Recuerda al Licenciado Urbalejo como un compañero de excelencia y se aprendió perfectamente el cargo del Liutenant de atrás para adelante y de adelante para atrás con todas sus palabras.