Clima Mexicali - Isolated Thunderstorms, Min: 29 C, Max: 39 C
Clima Tijuana - Parcialmente Nublado, Min: 18 C, Max: 27 C
Mexicali Centro Autos - 10:00 am PDT30 min, 8 líneas abiertas
Mexicali Centro Peatonal - 10:00 am PDT40 min, 3 líneas abiertas
Mexicali Centro Ready Lane - Update Pending
Mexicali Centro SENTRI - 10:00 am PDT0 min, 2 líneas abiertas
Mexicali II Autos - 10:00 am PDT40 min, 2 líneas abiertas
Mexicali II Peatonal - 10:00 am PDT0 min, 2 líneas abiertas
Mexicali II Ready Lane - 10:00 am PDT15 min, 5 líneas abiertas
Mexicali II SENTRI - 10:00 am PDT0 min, 1 líneas abiertas
Tipo de Cambio 16/12/2012 -
Compra : 12.85 ,
Venta :
13.10

Un triciclo, un carrito y el hombre que vendía libros o Del temor a escribir cuando la muerte se adelanta

Laura Athié*, Tejedora de historias
laathie@gmail.com /Twitter @lauraathie
www.tejedoradehistorias.com

A Guadalupe Romero con todo respeto, por la oportunidad que me ha dado para escribir la historia de su padre.

“Hay un cierto egoísmo en lo que escribo, siempre quejándome del calor, el hambre o el dolor que siento, pero es terriblemente importante tener autentificado lo que escribo porque ha sido vivido.” Ryszard Kapuscinski

A sabiendas de lo peligroso que resulta encontrarte con un extraño que te ha contactado por internet, fui porque quería conocer su historia. Había escrito con insistencia y en cada correo contó apenas pequeñas partes de su vida, quizá fue una de ellas la que me impulsó a ir al mismo café en el que me habían robado: el carrito que empujaba para vender libros.

Caminando hacia su encuentro pensé en dos de las cosas que me atraparon cuando viví en el desierto: las segundas y el terrible significado de la línea fronteriza.

El dolor que representan las cruces colocadas a lo largo de sus kilómetros metálicos, parecía volver en los puestos de esos extraños bazares de chácharas y reliquias coleccionables que sólo se ponían los fines de semana.

Yo los visitaba hasta la saciedad, siempre con la imagen mental de lo que quería comprar y la emocionante inquietud de lo que tal vez encontraría.

Visitar las segundas era una aventura indudable. Quien me introdujo en ello, habiendo descubierto el brillo en mis ojos cuando me preguntó: “Lala, ¿quiénes ir a conocer la Segunda de los Renegados?”, fue el Tío Roger, un famoso y muy querido personaje de Mexicali que me adoptó como sobrina y decidió llevarme a conocer sus secretos montada en la parte trasera de ese triciclo manufacturado por sus propias manos, en el que compartía yo espacio con cajas de discos de acetato viejos, casetes de Atari, ropa en desuso y algunos cachivaches más que él vendía a las afueras de los edificios del Centro Cívico de la capital de Baja California.

Tal vez por eso fui a conocer al extraño, sin avisar a nadie, esperanzada de encontrarme con una nueva historia, porque llevaba la imagen del Tío Roger en el alma, porque sentí el viento caliente de Mexicali en la cabellera hippy que yo usaba a los 19 años cuando él me invitaba a las segundas que parecían ser su territorio.

No sabía exactamente cómo era, de qué tono tendría el cabello, la piel, cómo vestiría o si sería puntual. Mi único dato era la añoranza: su familia estaba lejos, al otro lado de la frontera, no había encontrado manera de verlos nuevamente, hace un año había sido expulsado de aquel país.

Giré hacia la derecha en la esquina de Río Guadalquivir y Reforma rumbo a Lerma, a escasos pasos de llegar tomé el teléfono y envié un mensaje: estaré en el café de siempre, por favor pasen por aquí cuando salgan de la oficina.
Una manera de calmar mi inseguridad frente a la delincuencia oculta que impera en la ciudad que habito, es avisar discretamente, en dónde estoy por si sucediera algo. Enviado el mensaje me acerqué.

Llevaba a Manchas de mi lado, si él ladraba con enojo yo me seguiría de frente, de lo contrario me presentaría y así lo hice: hola, soy Laura, ¿usted es?... él era, el hombre que vendía libros había llegado a tiempo, me estaba esperando.

Creí que eras más vieja, dijo, eso sirvió para romper el miedo. Comenzamos a hablarnos de tú. Saqué cuentas al mismo tiempo que mi libreta negra y la pluma para anotar. A diferencia de los verdaderos periodistas, no apunto datos exactos sino aquellas frases que me cautivan.

El diagnóstico antes de escribir la historia de alguien es muy claro, no en balde dedicaré varios fines de semanas a escuchar, grabar y transcribir para construir una historia de vida, lo que alguien me cuente me debe fascinar.

No soy historiadora, advertí, no espere usted que mi escritura sea fiel a su vida, no espere encontrar una transcripción de hechos. Si confía en mi capacidad de imaginar, si cree en la posibilidad de que escriba con su historia una ficción que se apegue a mi realidad y la suya, entonces conversamos.

El hombre dijo sí y comenzó, había cruzado la frontera hace mucho. ¿Conoce la frontera?, me preguntó mientras veía con cierta curiosidad lo que yo anotaba en la libreta: garabatos, frases cortas, símbolos que me ayudan a recordar las cosas.

¿Usará grabadora?, sí, respondí, pero no ahora, apenas nos estamos conociendo. Comencé a mirar el reloj hasta que me dijo sobre el carrito y los libros que se convirtieron en librería y fue entonces cuando recordé al Tío Roger. ¿Cómo?, le dije, ¿usted vendía libros en las segundas?

Entonces supe que tenía una historia.

Él me contaba todo eso para poner contexto a su petición porque su idea original no era que yo escribiera la suya, sino la historia de Elvira, aquella mujer oriunda de Michoacán que por 2008, fue separada de su hijo y enviada a México, por quien se armó todo un movimiento contra las deportaciones.

Hoy Elvira es una activista, dije, seguro que su historia ya se está escribiendo en algún lado, mejor cuénteme de cuando vendía sus libros.

La media hora que yo tenía calculada dedicar al hombre se triplicó, ya no era ningún extraño. Pasaron por ahí mis emisarios, es de muchos sabido dónde pueden encontrarme cuando me entrevisto con alguien.

El mesero que recibe al desconocido dice: ¿le sirvo café?, Laura no tarda. Yo suelo elegir la mesa de la esquina, ubicada en el exterior por si existe razón de que salga huyendo, invente un pretexto y diga, bueno, se me hace tarde, debo irme ahora, fue un gusto.

Pero no lo hice, efectivamente fue un gusto conocer al hombre de cabello cano que ahora tenía un negocio de refrigeración pero extrañaba los libros. Habló de sus hijos y de lo importante que era el internet ahora en su vida, la forma en que podían comunicarse. Frente a mi insistencia siguió.

Los Renegados no era la única segunda que yo solía visitar cada semana, estaba también la de la Calle Segunda en Calexico, enorme.

Yo podía pasar entre los pasillos de ropa, muebles viejos, bicicletas de los años sesenta o zapatos de defecto largas horas sin importar el sol o los 50 grados, pero jamás vi algún vendedor de novelas en español y no estoy segura de que se las hubieran comprado.

Amaba las segundas como amé de inmediato la historia de ese hombre, sin embargo, él tenía un plan: escriba sobre Elvira, yo la conozco, somos del mismo pueblo.

Mi interlocutor, tal vez 10 años más joven que mi padre, de complexión media, manos fuertes de esas que han trabajado por muchos años, trataba de convencerme, mi historia no es importante, la de Elvira sí, la suya puede motivar a muchos otros ilegales como yo que ya no regresarán a los Estados Unidos.

Tenía una sonrisa franca, por eso le creí lo del carrito. Aunque jamás en mis tiempos universitarios, cuando solía visitar con frecuencia las segundas para surtir mi guardarropa de estudiante becaria de la Facultad de Ciencias Humanas de la UABC vi ningún impreso a la venta que no fueran revistas de recetas, tejidos o mecánica, le creí. Lo imaginé a él, habiendo cruzado la frontera, empujando sus libros entre la gente apresurada hasta que un día alguien le compró.

Los libros sí se venden, decía, por lo menos allá, cuando uno esta lejos de su casa, de su gente, cuando no habla inglés, aunque no sea lector se hace, lee, devora libros, me contaba y yo le imaginaba gritando en las segundas: “Libros, lleve libros, compre sus libros en español”.

Las historias para uno que está en la pisca, en el fil, en la maquila, para uno que no ha visto a su esposa, a sus padres, que no ha vuelto a probar las tortillas de su pueblo, son como un bálsamo de fe. Leer así, me dijo, es volver a tu mesa, a tu granja, a tu iglesia.

Es estar con tu gente por que son historias tuyas, son libros en tu lengua que te hacen recordar que eres mexicano. Uno los lee una y otra vez y espera a que vuelva un sábado para comprarlos o intercambiarlos o hacer trueques con tal de llevarse uno, me contaba.

Entonces le vi ahí, en medio de la multitud, cerca de los que tienen miedo de hablar para que no noten que vienen de México, vendiendo libros. Lo imaginé así y de inmediato lo admiré.

El hombre que vendía libros en un carrito pasó con el tiempo a ser dueño de una librería de viejo de libros en español que devolvían la vida a los alejados, a los que no son ciudadanos, a los que trabajan sin derechos, a los que les es peligroso mirar de frente y suelen caminar con vergüenza y miedo con la cabeza gacha para que no los acusen con la migra, para que no los vayan a deportar.

El hombre con quien yo tenía el honor de tomar café esa tarde me había conquistado sin duda, pero era su historia, no la de Elvira la que yo quería escribir.

Acordamos que él buscaría una cita, sabía donde vivía Elvira y además tenía un amigo en su pueblo dueño de una imprenta. Usted escriba, me dijo, yo me encargo de lo demás.

Me contactó una cita con ella varias veces pero las marchas, los encuentros con los diputados y sus actividades de ella jamás permitieron el encuentro. Nunca más lo vi. Nos conocimos hace un año, sólo platicamos esa vez.

Revisaba mi libreta hace poco cuando alguien, de la misma forma, me contactó de nuevo: “Hola, decía su mensaje, mi padre me dice que quiere que te busque, está muy mal. Él dice que tú escribes historias”… al tercer día me escribió de nuevo, “soy yo otra vez, me llamo Guadalupe, escribo para decirte que mi padre ha muerto”.

Hace aproximadamente un año, una mujer vino a casa para entregarme una carta astral. De todo lo que me dijo recuerdo algo que siempre viene hacia mi cuando escribo: “Todos tenemos una misión en la vida, aseguró dándome el legajo de hojas en donde se describían mis acciones pasadas y futuras según la posición de los astros en la hora y día de mi nacimiento, y tú viniste a este mundo para hacer felices a los demás.”

Lo pensé muchas veces, ¿hacerlos felices cómo, si ni siquiera yo encuentro toda la felicidad?... guardé mi carta astral, seguí mi vida hasta que descubrí que puede existir felicidad en las letras y comencé la tarea de escribir las vidas de otros que confían en mí.

La historia de tu padre es fantástica, le dije a Guadalupe, aguantando el llanto mientras le escuchaba.

Su padre acababa de morir, yo todavía tenía la sorpresa de su último mail en la garganta: “Hoy voy a dejar sus cenizas al panteón. Mañana te contacto nuevamente para decirte lo que él platicó conmigo antes de irse. Voy a entrar a tu página para ver de qué se trata. Agradezco tu ayuda, a él le hubiera gustado leer su biografía”.

Miré mi libreta negra de nuevo, saqué la pluma. Lupita comenzó a contarme su infancia con la voz quebrada, la muerte de su padre, su agonía. Lamenté entonces no haberme apresurado.

Recordé su mail inicial, me dolieron las prisas y la falta de tiempo para acudir a su llamado: “Hola. Mi nombre es Guadalupe Romero Gómez. Mi papá es Enrique Romero García, ayer me platicó sobre tu trabajo. Mi papá me ha hablado muy bien de ti, me gustaría conocerte. Es importante para él que mantenga contacto contigo, suplico me busques en cuanto tengas oportunidad. Agradezco tu atención y ayuda.”

Debajo de la fecha de su mensaje: Mayo 27, mientras le advertía, pero mira Lupita, yo no soy historiadora, no te esperes que mi historia sea fiel, porque cada quien cuenta las cosas como las vive, calmando un poco mi ansiedad y escuchándola a punto de llanto mientras tomaba su café con leche descafeinado, como mi papá, me dijo, anoté: Miércoles 30 de mayo del 2012, aquí comienza La historia del Hombre que vendía libros…

Laura Athié: Mexicana, madre de Abril y especialista en difusión de políticas públicas. Maestra en Política Educativa por el IIPE UNESCO París, comunicóloga por la Universidad Autónoma de Baja California, ciclista convencida, amiga, viajera y Tejedora con la inquietud constante de escribir las historias de los otros, aunque no todo sea verdad ni sea mentira.