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Pulquería La Providencia o El hombre que dormía con los 200 pollos

Laura Athié*, Tejedora de historias
laathie@gmail.com /Twitter @lauraathie
www.tejedoradehistorias.com

Ricos curados de tuna y melón,
de avena, piña, de fresa y limón;
su carbonato pa'l tlachicotón;
jarro caliente, tarrito o "camión".
Pa' las mujeres, "Entrada especial"
servicio en l'obra, por si es asté albañil;
cuando cerramos, pos le toreamos;
para sus fiestas prestamos barril.
(Los Pulques de Apan, Chava Flores)

Un refrigerador de madera apolillada, dos banquitos para que subieran los boleros, una tijeras hechas al tamaño de la mano de Alicia, que podía cortar aún con las secuelas de la polio, afuera la bocina y el locutor, con traje de solapa ancha, corbata roja como la de Tin Tan, zapatos bicolor con punta blanca y agujeta de moño, pañuelo en la solapa y sombrero de lado, anunciando con una voz como de la XEW, la rifa de las muñecas de Sololoy.

Su nombre no se recuerda, más debió haber sido un lugar de culto, con los pollos al fondo, girando, las patas con uñas y plumas medio pelonas, los pescuezos, los corazones, mollejas y hueveras listas para el caldo en oferta especial. Todos los fines de semana era una fiesta, más se desconoce el nombre que le daba identidad.

A eso de las 12 llegaban las señoras, arremolinadas con delantales o tubos en la cabeza, canastas tejidas, carritos de metal con el mandado, haciendo bola al frente del local. Era entonces cuando iniciaba el show de los teporochos.

Fernando tenía que recuperar su dinero, así que echó mano de la Pulquería. Sólo hay que darles para un Tornillo, le dijo el dueño del equipo de audio a quien había contratado para amenizar, cuando supo que era quien ponía el ambiente en los cafés cantantes. Ellos le bailan como Resortes, le declaman, ya verá como se le junta la clientela, le aseguraba.

Semanas antes había ido a La Villa a escuchar a los merolicos y entusiasmado por su gran capacidad para reunir a la gente y llamar la atención, contrató a uno por 50 pesos diarios, que iba pasando a vuelta de rueda en su Cadillac viejo con un magna box en el techo por toda la colonia Casas Alemán gritando: “Lleve su pollo fresco, ofertas especiales con Fernando”, mientras a las afueras de la pollería, que daba contra esquina de la panadería de unos españoles y quedaba justo a lado de la pulquería, iniciaba la rifa.

Fernando colgaba las muñequitas de Sololoy de diferentes tamaños en la entrada con hilos de colores, en la pollería cuyo nombre no se recuerda. Sólo las marchantas que habían comprado pollo con él, podían participar en la rifa, no sin antes escuchar felices El Brindis del Bohemio, Quiéreme mucho, Farolito y ver el baile de los teporochos, asiduos clientes de la pulquería, que hacían fila detrás de la bocina, esperando su turno, para participar.

Se metió en ese brete tras prestarle a su hermano mayor el dinero que había estado guardando para comprar un auto. Préstame tus ahorros, le dijo el hermano, tengo una gran idea, voy a comprar un rancho y criar pollos, nos haremos ricos, serás mi socio y compartiremos las ganancias, luego hasta varios carros te vas a comprar. Esa y muchas otras veces, Fernando le creyó.

Unos meses más tarde, cuando exigía sus ganancias del negocio millonario, se encontró con que los pollos flacos y los huevos rotos no habían dado para más. Ahí está tu dinero, le dijo el hermano, señalando hacia el cuartucho del techo de la casa donde vivían entonces en la Colonia Algarín. En el cuarto había 20 polluelos y un libro para criar animales de granja. Enojado compró paja, armó los estantes, construyó bebederos, trajo una cobija y durmió con los 20 pollos para quererlos como si los hubiera parido, siguiendo todas las indicaciones del libro que era su única salvación.

Tenía 16 años y muchas ganas de hacerse rico, de tener una auto convertible, una moto y una chamarra de cuero como la que usaba Elvis. Era el México de 1958, no existían los rastros ni los supermercados, no había grandes cadenas de restaurantes, ni tráfico, ni tampoco manera de cobrarle la deuda de la gran idea a su hermano, así que comenzó a trabajar para recuperar sus ahorros.

Durmió con los pollos 14 noches, entonces, como decía el libro, empezó a inyectarlos: la primera vacuna se colocaba en la pierna derecha con cuidado de no lastimar, uno a uno, sin desnucarlos, sin apretar su diminuto cuerpo, el libro lo indicaba claramente. La segunda vacuna iba en el cuello, dentro de una semana más.

Durante las noches, aunque los perros de la colonia y los gatos que acostumbraban correr por las azoteas asomaban a la guarida de Fernando, él dormía con un ojo al gato y otro al garabato, para que no se fueran a comer los pollos, con el madruguete de su hermano había bastado, tenía que recuperar su inversión en el rancho fallido, sus pollos no iban a morir ni tampoco iban a ser el manjar de ningún felino callejero.

El único peligro verdadero era el petróleo que a veces chorreaba desde el quemador hasta la paja, que solía ponerse caliente y espesa como lodo con el excremento de los pollos, que para la tercera semana habían tomado tamaño, dejado las plumas amarillas y comenzado a engordar.

Fernando colocó el quemador al centro para que los pollos estuvieran calientitos y no se le fueran a morir. Cuando alguna gota de combustible ardiendo caía encima de la mezcla que a Fernando y a los pollos le servía de colchón térmico contra el frío, él tenía que levantarse rápidamente para apagar el fuego o toda su inversión se consumiría en un dos por tres. Se daba cuenta del alboroto, porque los pollos se le iban encima sobre la cobija corriendo y chillando asustados con el incendio. Para la cuarta semana ya era un experto vacunador de aves y apagador de fuegos nocturnos.

Esos eran tiempos en los que Fernando lo podía todo, así que decidido, cuidaba a sus 20 pollos como si fueran un tesoro. De su primera crianza sólo murieron 2, el resto resultó en una buena venta después de llevarlos al rastro. Fue ahí que, varios incendios después, se topó a su hermano quien no pudo creer que Fernando, en lugar de cargar 20 pollos esqueléticos, ponía 300 gordos sobre la báscula, alimentados uno a uno, como en su propio hogar.

Fue difícil llevarlos vivos al rastro cada que iban aumentando. Fernando usaba el carro prestado de su hermano el de los grandes negocios. Sin decirle nada, desmantelaba los asientos traseros, acomodaba a los pollos, que si no escuchaban claxon, se quedaban ahí, quietos, empujándose los unos a los otros arrullados por el sonido de las llantas a 30 kilómetros por hora.

Todo iba bien hasta que se atravesaban los Mordelones, fueron varias las veces en que se le salieron, entre el muéstreme sus papeles, ¿dónde está la licencia?, ¿cómo anda usted manejando solo a esta edad? Un pollo salía por entre las piernas de Fernando, otro pasaba en medio de las botas del policía, siete ya iban en fila rumbo a la calle Madero.

Había que perseguirlos, unos a uno. ¡Cuidado!, gritaba, ¡que nadie pise!, ¡alto señora, ahí va mi pollo!, niño échame una mano, ¡alcánzame al pollo que se me va! Ninguno escapaba ni vivo ni muerto, había que recuperar la inversión aunque se detuviera el tránsito y se enojara el Tamarindo, que quería su mordida para desayunar.

Fue así que Fernando colocó 6 repisas dentro del cuarto, en el que seguía durmiendo para cuidar su ganancia de cualquier gato, hermano con ideas fabulosas o incendio. Cada repisa con sus bebedero, su paja, su excremento, su lámpara de petróleo y su calentador. Cuando su hermano mayor se dio cuenta, Fernando había cuadruplicado el préstamo jamás pagado con los pollos flacos y el libro de cómo criar animales de la granja. Fue entonces cuando tuvo otra idea mejor.

Fernando, le dijo, he iniciado la compra de un negocio excelente, tú pones 500 pesos, yo pongo otros 500 y tendremos nuestra pollería propia.

La colonia Casas Alemán no era precisamente encumbrada. Justo en el sitio del nuevo gran negocio, que contaba con una vitrina rota, el refrigerador de madera que se deshacía más que el hielo, una cortina de metal oxidada y piso de cemento, se encontraban varias panaderías conocidas por la clientela, una de las cuales solía tener largas filas a la hora de la merienda, con señoras de todos pesos y edades, que querían comprar un pollo rostizado para no cocinar.

En aquellos tiempos, los pollos rostizados eran la moda. Los había muy doraditos, al dos por uno, con mantequilla y papas, a la leña o con adobo picante y sin picor. A Fernando le encantaban pero no sabía prepararlos y el nuevo negocio que adquirió su hermano, en el que invariablemente era el flamante socio, no contaba con un horno rosticero, así que empezó a pensar y a pararse en la fila con las señoras para ver, cuidadosamente, cómo era que se preparaban los pollos, hasta que pidió trabajo de medio tiempo ahí mismo y los aprendió a cocinar.

Abría a las 6 de la mañana después de vender sus aves en el rastro, tras haber pasado a dejar pollo para su madre que tenía un puesto en el Mercado de la Lagunilla. Entonces levantaba la cortina vieja, limpiaba al frente, echaba el hielo en el refrigerador, acomodaba las piernas, los muslos y el huacal y esperaba a que llegara la clientela durante horas, pero todas las mujeres de la colonia seguían de frente, pasaban cuchicheando, mirándolo de reojo, chismeando sobre quién sería ese güero que abría como si su pollería fuera la más hermosa y burlándose porque nuevamente no iba a vender.

Justo una tarde como esa, Fernando conoció a los boleritos, unos hermanos de 9 y 11 años que no ganaban mucho dinero, dormían en la calle, y le decían cada que pasaban, ándele güero, le dejo los zapatos brillosos como los artistas, mire le ayudamos, ya verá que somos bien buenos pa’ trabajar. Fernando les compró sus banquitos boleadores con todo y cera y les dijo, ándenle pues muchachos, y entonces las vecinas que pasaban, cuchicheando de nuevo, se preguntaban cuando lo veían de reojo, por qué los boleritos, que se paraban sobre sus bancos de boleada, se veían más altos cuando estaban repartiendo el pollo tras el mostrador.

Aun así, nadie quería todavía comprar. La mayoría de la gente se seguía de frente rumbo a la panadería por su pollo rostizado, cuando el hermano mayor llegaba a preguntar por las ganancias y le decía a Fernando moviendo la cabeza que qué malo era para las ventas, que el negocio se iba a pique por su falta de visión, que dónde estaba su dinero, que esta sociedad no le convenía.

Pero otro de los hermanos de Fernando, que en aquellos entonces quería ser cantante y solía trabajar en el Monte de Piedad para comerciar con los artículos que la gente empeñaba, le consiguió un horno de medio uso que parecía casi nuevo, al que no había que echarle agua en el vidrio caliente o se rompería y entonces iba a salirle más caro el caldo que las albóndigas.

Fernando compró el horno como si se tratara del auto con el que había soñado, le sacó brillo y ensartó uno a uno los 4 pollos en cada varilla, hasta que los 28 comenzaron a girar como rueda de la fortuna con focos de colores detrás de él, los boleritos y el mostrador de la pollería cuyo nombre es desconocido.

Para entonces en el negocio había una nueva compañera. Se trataba de Alicia, una joven de 14 años a la que habían despedido de los Baños Turcos porque la poliomielitis no le permitía trabajar tan rápido como a las demás chicas. Alicia aprendió de inmediato a cortar los huesos con las tijeras especiales que Fernando le había conseguido, igual que los boleritos usaba otro banco, de la mitad del tamaño, para verse alta e importante cuando las marchantas llegaran a comprar y además, era experta en las sumas y las restas, por lo que se ganó el puesto de administradora.

Fue entonces cuando Fernando decidió dejar de pagarle al merolico que gritaba por las calles marchantas, marchantas, compren su pollo con el güero, y tomó el micrófono él solo y usó su voz para anunciar que el programa artístico gratuito iniciaría a las 12 del día, con el espectáculos de baile de los teporochos de la pulquería vecina, que se arreglaban y perfumaban para la ocasión, pues no cualquiera tenía el honor de bailar y cantar para la pollería del nombre misterioso.

Una vez colgadas las muñecas de Sololoy a la entrada del local, Fernando anunciaba que la rifa se llevaría a cabo en una hora más, entonces las señoras que pasaban cuchicheando paraban un momento para ver al imitador de Cantinflas, a la hermana de María Victoria, al verdadero autor del Brindis del Bohemio o del poema del payaso Garrid que decía, mientras ellas estaban boquiabiertas a media banqueta:

Cómo, me dan pena las abandonadas,
que amaron creyendo ser también amadas.
Y van por la vida llorando un cariño,
recordando a un hombre y arrastrando un niño.

Los borrachitos eran felices recibiendo aplausos, sólo deme para mi vapor y un Tornillo, le decían al joven Fernando. El espectáculo jamás era igual y los borrachitos iban variando.

Las señoras compraban patas, muslos, corazones y con un poco de suerte, las bailaban al ritmo del Mambo y hasta se llevaban su muñeca de Sololoy.

El hermano de Fernando dejó de recibir ganancias y él se quedó con todo el negocio que había levantado desde las polillas, para después ser dueño de varios puestos de pollo dentro y fuera de la Lagunilla, en donde puso la primer rosticería que se haya conocido en un mercado de la Ciudad de México, en contra de las dudas de los otros vendedores que al final, terminaron aceptando que era una buena idea.

Cuando el Mercado de la Lagunilla viejo fue desmantelado para hacer la construcción actual, todos los comerciantes de pollo que no tenían regularizados sus papeles y que no sabían leer o escribir, confiaron en un joven de 19 años con rostro libanés, que a pesar de los teporochos, jamás aprendió a bailar bien y no era bebedor de pulque, para que los representara ante las autoridades de la delegación y arreglara, uno a uno, los papeles de Doña Lucha que firmaba con un tache. Los de Don Polo que había heredado el puesto de su abuelo que murió intestado, los de Don Jube que era viejo y ya no podía ver bien.

Alicia, la chica a la que corrieron de los baños, trabajó con Fernando hasta que se hizo vieja y siempre siguió usando el banquito que la hacía parecer muy alta detrás del mostrador. Los boleritos estudiaron y trabajaron hasta que se hicieron licenciados, de vez en cuando iban a saludar al güero al que en una ocasión le bolearon los zapatos.

Fernando recuerda perfectamente el color de las casas cercanas al puesto, el camino que tomaba para llegar a la Colonia Casas Alemán cuando no existían los segundos puentes, el tamaño de los fileteros, esos hombres enormes y colorados que mataban animales y tomaban su sangre en el rastro ,al cual iba todas las mañanas. Sabe además el nombre y las caderas de la novia tapatía que se enamoró de él cuando lo vio vendiendo, pero que luego no lo quiso porque un pollero no tenía visión ni futuro, dijo.

Se acuerda de los pasos de mambo y los poemas que recitaban los borrachitos bailarines frente a su negocio y hasta el número de los locales de cada puesto que tuvo en el mercado, al que a veces vamos juntos y en el que todavía lo saludan algunos vendedores ya muy viejos, con lagrimas en los ojos cuando lo ven llegar.

Pero lo raro es que no recuerda, por ningún motivo, el nombre de su primer pollería y confiesa, que aunque usó pimienta, sal de grano, inyecciones de jugo de piña, vino blanco, naranja y varios ingredientes secretos más que siempre incluían la nuez moscada, jamás logró que los pollos, aunque llegó a vender más que cualquier otro, le quedaran tan sabrosos como en la rosticería de los españoles de enfrente.

¿Sería La Providencia?... ¿O era La Providencia el nombre de la pulquería?, me dice mientras vamos caminando por entre las calles de la colonia en dónde ahora vivo, que de su mano me parecen los pasillos del mercado en el que aprendí a caminar, mientras Fernando, que ahora tiene 70 años, me miraba desde el puesto, con su bata plástica blanca y sus botas impermeables hasta las rodillas, partiendo pechugas a la mitad con unas tijeras enormes, para luego decirme desde lejos, Sabelina, eres mi tesoro y yo como tesoro, seguía corriendo y le saludaba feliz, porque sabía que el hombre que solía dormir con los 200 pollos, era Fernando, mi papá.

Los Pulques de Apan,
los que solapan
los cuetes diarios de toda la Pensil.

Poema: Las abandonadas, Julio Sexto.
Tornillo: Medida del tamaño de un vaso regular lleno de pulque.
Muñecas de Sololoy: (Celuloide, material plástico a base de nitrato de celulosa) Fueron inventadas a mediados de 1800 en Estados Unidos. Eran flexibles y muy novedosas para esos tiempos. Los artesanos mexicanos hicieron una adaptación de cartón que el mercado popular adoptó con gran éxito, basada en las muñecas de porcelana que la clase alta solía traer desde Europa. Su producción se desarrollo durante mucho tiempo en la Región del Bajío. (http://calacasmexicanas.com.mx/tall/sololoy.html)

Laura Athié: Mexicana, madre de Abril y especialista en difusión de políticas públicas. Maestra en Política Educativa por el IIPE UNESCO París, comunicóloga por la Universidad Autónoma de Baja California, ciclista convencida, amiga y palabrera. Aficionada a las historias familiares y muy particularmente a las de su padre, más no al pulque. Jamás tuvo una muñeca de Sololoy. Su padre le nombra “Sabelina” desde niña por su segundo nombre, que para todos ustedes, es secreto.