Clima Mexicali - Isolated Thunderstorms, Min: 29 C, Max: 39 C
Clima Tijuana - Parcialmente Nublado, Min: 18 C, Max: 27 C
Mexicali Centro Autos - 10:00 am PDT30 min, 8 líneas abiertas
Mexicali Centro Peatonal - 10:00 am PDT40 min, 3 líneas abiertas
Mexicali Centro Ready Lane - Update Pending
Mexicali Centro SENTRI - 10:00 am PDT0 min, 2 líneas abiertas
Mexicali II Autos - 10:00 am PDT40 min, 2 líneas abiertas
Mexicali II Peatonal - 10:00 am PDT0 min, 2 líneas abiertas
Mexicali II Ready Lane - 10:00 am PDT15 min, 5 líneas abiertas
Mexicali II SENTRI - 10:00 am PDT0 min, 1 líneas abiertas
Tipo de Cambio 16/12/2012 -
Compra : 12.85 ,
Venta :
13.10

¡Presidente, señor presidente! o Inevitable no perderse por unos ojos árabes

¡Presidente, señor presidente! o Inevitable no perderse por unos ojos árabes

Laura Athié*, Tejedora de historias
laathie@gmail.com /Twitter @lauraathie
www.tejedoradehistorias.com

“El que no tenga un amigo libanés, que lo busque”. Adolfo López Mateos, presidente de México, 1962, inauguración del Centro Libanés.

A los 137 años de presencia libanesa en México y a todos aquellos que se atreven a subir al tren y lo abandonan todo.

1919. Se trataba tal vez de un galeón árabe con alerones blancos y brillantes como la paz de llegar a casa tras una jornada extensa o quizá era un carguero repleto de gente sin papeles que abandonaba su patria tras la guerra.

Pudo haber sido un barco de pesca o de turismo en el que ricos y pobres compartían espacio sin entender sus idiomas como en la Torre de Babel o era solamente un sencillo buque por cuyo barandal asomaba mojándose el rostro de agua salada, para ver cómo era el puerto mexicano, un niño de 9 años que venía de Oriente.

1920. Más que la guerra y el olor a pólvora que compartía con muchos otros al interior del vagón, le interesaba poner tierra de por medio con su mal marido español que intentó tratarla como basura.

Había tomado una decisión, no volver a enamorarse nunca, jamás perder el tiempo buscando marido. Su única pasión sería su hija con quien viajaba a lo largo del país en plena Revolución vendiendo frijol, maíz, ropa y hasta municiones ella y nadie más se bastaba para salir adelante, pese a que muchos le pensarán inútil por el simple hecho de haber sido mujer.

2007. De pronto en el metro se sintió analfabeta, estaba harta de que sus compañeros la escoltaran en esa ciudad extraña en la que pocos afables regalaban sonrisas como si pudiera extraviarse en cada esquina.

Con la misma prisa que movía a las personas en su tierra, iban por cientos a empujones de una estación a otra y ella el medio, cada madrugada.

La verdad no sabía por qué aceptó esa beca y le era difícil concentrarse, no hacía más que llorar por la lejanía con su hija a quien no había visto desde hace 5 meses y no hablaba el idioma, no tenía amigos, pero estaba representando a su país en esa aventura y tenía palabra, y los de su familia jamás rompían una promesa, ni mucho menos fallaban así que ella iba a cumplir.

En esta época de elecciones, es inevitable que Abril me pregunté cuál será mi decisión y me diga además que si ella tuviera edad para votar, lo haría por éste o por aquella, por estas y aquellas razones.

Entre el plátano y la leche de las mañanas o cuando la llevo en mis espalda rumbo a la escuela, se acerca a mi oreja para irme diciendo mientras pedaleo, que si ya vi ese letrero, que si me fijé en ese anuncio, que si ella fuera presidenta, ya hubiera hecho no sé cuál cantidad de buenas cosas.

Abril es mi hija, acaba de cumplir 10 años y suele opinar de absolutamente todo sin importar qué los demás juzguen lo que ella argumenta. El niño de 9 años que asomaba su rostro por el barandal del barco fue mi abuelo, el padre de mi padre y su nombre era Farid.

Tal vez es la fuerza de la sangre o el temperamento que ya viene en nuestros genes o esa historia que no me deja tranquila cuando quiero abandonarlo todo y echarme a correr, pero resulta que algo en mí y en todas las generaciones que me anteceden me obligan a no rendirme aunque parezca que el mundo se me viene encima, por eso es que Abril y yo nos enfrascamos en largas conversaciones sobre qué podemos hacer en este país hoy y cómo es que se hicieron las cosas antes.

¿Sabías que tu abuelo quería ser presidente?, suelo decirle cuando comienza a explicarme su proyecto de país, pues, por increíble que parezca, niños y niñas como mi hija están bastante conscientes de lo que México necesita.

Y le basta salir a la calle para comenzar a preguntarme por qué aquella persona está tirada, porque esa anciana que cruza lento la acera recibe insultos, porque quienes van en los autos gritan improperios prometiéndome que no los va a repetir y entonces le cuento la historia de aquel carro que, según me cuenta mi padre, llegaba a su casa cuando el tenía 5 años y que así comienza:

Estando en el puerto de Acapulco rumbo a Barra Vieja, por la carretera libre que abandona Puerto Marqués y el hotel Princess, mi papá me contaba, saboreándose el pescado a la talla que pronto comeríamos, una etapa más de la historia libanesa de la familia Athié, al volante de su azulado Falcon.

Recientemente había muerto mi bisabuelo Jassib, el primero en llegar a “Maxico majito” --así decía mi papá que pronunciaba.

Los ojos de Fernando, mi padre, se llenaban de orgullo al contar la anécdota, que terminé aceptando porque hace más rica la leyenda familiar: Jassib murió sobre una mulata, haciendo el amor, recorriendo su cuerpo ardiente, así, con sus casi noventa años en la piel, es que los de mi raza somos muy fogosos, me decía mientras yo, a los 9 años, lo imaginaba a él y a mi bisabuelo ardiendo en llamas, preguntándome si eso de ser fogosos no dolería mucho.

Jassib fue el padre de Farid, mi abuelo el niño que venía en el barco sin saber qué país enfrentaría y sin hablar español.

Mi padre me cuenta que en uno de esos barcos, llegó Jassib, mi bisabuelo, queriendo cambiar su destino, dejando atrás Bkasim, su pueblo Libanés, entonces en guerra, dejando a su esposa Marmar y a su hijo Farid en el barco, quienes no pudieron pisar suelo mexicano a causa de una epidemia de Sarampión.

Nueve años después, Farid, vuelve al mismo puerto, busca, pregunta y nada. Duerme en el mercado, empieza a platicar con los marchantes, durante un tiempo vende pedazos de tela y de jabón que le regalan los otros libaneses ya establecidos, para que se ayude.

Veracruz se convirtió en la tierra de mi abuelo Farid por un buen tiempo, a quien los oficiales de migración, como a muchos otros que llegaban de otras tierras, le cambiaron el nombre una vez que pisó suelo mexicano, llamándole “Alfredo”.

El puerto fue su tierra, ahí estudió la primaria, conservó siempre a sus amigos mexicanos de la niñez.

Mi padre me cuenta que Farid era muy guapo, entrón, inteligente, que nada ni nadie lo echaban para atrás. Una de mis anécdotas preferidas sobre él, es la de 5 de febrero No. 1523, colonia Algarín, en la casa del zaguán inmenso y rojo por el cual corrieron mi padre y sus hermanos y generaciones más adelante, mis hermanas y yo.

A esa casa llevé a Abril, hace unos días. Mira Abril, ahí mi abuelo recibía cada mes la visita de su mejor amigo:

Se abre el zaguán rojo, las puertas blancas de par en par dejando entrar un carro negro y brillante escoltado por dos motociclistas al frente y atrás, del que baja un hombre misterioso.

Señores de negro con sombreros de Al Capone lo observan de reojo, resguardan algo en sus bolsillos.

Como cada mes, el hombre mayor y Farid, mi abuelo, tomaban asiento en el zaguán y brindaban por la amistad de tantos años, mientras las banderitas del auto imponente ondeaban al viento y resplandecían al caer el sol.

Entrados en copas llamaban a los hijos: Ángel, Alfredo, Fernando, ¡vengan para acá!; formados los tres como militares aguardaban, detrás las sillas escoltadas por los hombres de negro, las plantas, la calle, las pelotas y el carro ese que adoraba mi papá.

Entonces comenzaban las preguntas de siempre, y tú, ¿qué quieres ser de grande?... Yo ingeniero, decía Ángel el mayor con sus ojos azules, el cabello quebrado, los cachetes rebosantes de carne y lleno de salud. Yo artista y cantante, decía Alfredo, rubio, bello y árabe.
¿Y tú Fernandito?, inquirían a mi padre el menor de todos, el único que no tenía los ojos de color, el más delgado, el menos cachetón, que con sus cabellos crespos y rebeldes, sus pantaloncillos de tirante y las rodillas raspadas aguardaba ansioso la pregunta con la mirada chispeante y juguetona, preguntándose qué tendrían los hombres de negro en sus bolsillos:

- ¡Yo presidente, señor presidente!, decía el más pequeño que debió haber tenido unos 5 años, firme como coronel, directo como los hombres valientes, seguro de que sus sueños eran posibles, mientras mi abuelo y su mejor amigo, el presidente Miguel Alemán, reían a carcajadas.

La historia de mi familia es tan larga que tengo el pendiente de escribirla, pero más pendiente tengo no olvidar lo que soy ni de dónde vengo, por eso es que se la voy contando a Abril, porque me ayuda a encontrar el rumbo aún cuando creo dormir y despertar en medio de un caos.

Por eso la recuerdo nuevamente ahora, en tiempo de elecciones, porque creo que todos, niños y adultos, nacidos en esta tierra o residentes podemos hacer mucho más allá de opinar. ¿Pero mami, vas a votar?, me insiste Abril. Claro que sí y seguimos discutiendo.

¿Y es lo único que vas a hacer?, pregunta, e inevitablemente recuerdo a esa madre revolucionaria que tuvo las agallas de empezar una vida lejos de su esposo y con su hija amarrada a la espalda que era mi bisabuela, y que efectivamente jamás volvió a casarse pero se convirtió en introductora de pollos y surtía a todos los mercados de la zona aún antes de que existieran los rastros,

Es entonces cuando le respondo y recuerdo lo que en mi familia y en muchas otras se viene diciendo desde hace tiempo: si quieres cambiar las cosas empieza poco a poquito, modificando tu pequeña realidad, como lo hizo Consuelo, mi bisabuela revolucionaria y como intenta Abril, cada que recoge una basura de la calle o levanta la mano para decir sus opiniones.

Y es entonces, que me acuerdo de esa otra mujer en un país alejado del suyo, separada de su hija de 5 años para cumplir un sueño prometiéndose que saldría bien como se le había enseñado en su familia, para cambiar esa pequeña realidad que no le satisface y que Abril también se acuerda.

¿Recuerdas mami cuando te fuiste a estudiar y entonces vivimos separadas casi un año?... claro cariño, jamás lo olvido, eras muy pequeña. Yo creo que también lo haré algún día, me dice, y también voy a votar cuando sea grande y verás que entonces mami, las cosas van a mejorar.