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Periodismo: del romanticismo a la realidad

El clic, clic, clic de cada tecla presionada con esmero. La suave caricia de un tabaco a medio terminar; el aroma suspendido en el ambiente, desplazándose lento, impregnando cada rincón.

El bullicio alrededor y la concentración exacta reflejada en cada dedo que excitado baila con la maquina, trazando con ella las tintas de una historia trascendente: el escándalo político, el análisis financiero, el reportaje comunitario, la investigación a fondo inmortalizada en un trozo de papel.

Llegar al margen de la hoja desestabiliza el ritmo, pero la danza continúa. Se van hilando oraciones que transitarán por mentes ajenas, traspasando fronteras y realidades. Entre los desvelos, las tazas de café son el sustento del héroe silencioso que se esconde tras la pluma.

El romanticismo del periodismo. Ese que se quedó en el ayer.

Aunque, quizás jamás existió… fue el sueño guajiro de las novelas, el cine, la televisión y la mercadotecnia. Víctima de su propio idealismo (o el mío).

En México la realidad es muy diferente. El periodismo ha cargado cruces desde sus inicios, limitado por opresiones, tiranías, ignorancia, pobreza… etcétera, etcétera. Se ha levantado, a duras penas, aquí y allá. A veces con elementos estrella,
pero muchas más con individuos que sólo permanecen para llenar un espacio.

Aquí, el oficio se encuentra demeritado. Empezando precisamente por eso: se le considera meramente un oficio y no una vocación. Una acción a merced de cualquiera.

Aunque si bien, el carácter democrático del periodismo y su propósito de informar objetivamente debe dar cabida a distintas voces, también es necesario proteger la responsabilidad que en su sentido más idílico supone. Suena como una tarea casi imposible.

El verdadero periodista debe contar con una información íntegra, que le permita acariciar la objetividad (imposible alcanzarla del todo), abriendo la puerta a la pluralidad y tolerancia (abriendo mentes). O al menos, revelando abiertamente las tendencias, permitiendo al lector decidir qué toma y qué deja.

Se necesita una mezcla casi perfecta de conciencia, ética, empatía, experiencia y pasión. Todo esto sin dejar de lado la faceta de escritor (o bien cuenta cuentos), ese que se basa en el diario, en lo fantástico/absurdo/trágico de la cotidianeidad… con la capacidad de mantener los valores intrínsecos de la profesión al tiempo que explora nuevas formas de contar historias que atrapen. Que tarea.

Y además, dejando de caer en lo común. Pecamos al pensar que lo habitual significa lo ideal. Se necesita una reestructuración en la forma de contar historias, en los temas mismos, en los espacios. Romper con paradigmas. ¿Por qué no?

El doctor, el arquitecto, el ingeniero…el periodista. Un profesionista reconocido con preparación y criterio que validen su posición.

Aún así, para que esta profesión exista realmente consolidada lo más cercana posible a la definición (romántica) del periodismo de calidad, habrá que además considerar otros factores: se requiere una sociedad con sed de saber, un gobierno con ánimo de escuchar y responder, y circunstancias que permitan reivindicar el rol del periodista en México.

Romper con la violencia, uno. Dar su lugar a quien lo merece, dos. Aunque también tenemos a nuestros valientes (sí, ahí están, detrás de las oscuras estadísticas), ¿qué le podemos pedir a una prensa amordazada, sin apoyo, sin prestaciones, sin salarios de acorde a su esfuerzo? ¿Con ausencia de canales donde se escuche su voz, y con un público que no se interesa por observar y analizar lo que le aqueja? Y por el contrario, ¿cómo exigir que se enaltezca el rol del periodista si la calidad está por los suelos?

Círculos viciosos…que siempre pueden romperse. La cadenita del bienestar social.

La realidad es que el periodismo evoluciona en todo el mundo. Habrá que ver hacia dónde nos toca a nosotros: si el barco se hunde, sigue flotando sin rumbo o si encuentra un nuevo camino, quizás un nuevo horizonte que no imaginamos. La pregunta es, ¿quién controla el timón?