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Mi cyber-enamorado: Historia de un apasionamiento virtual

Ignoro la fecha exacta de cuándo tomé conciencia de que el conocimiento es un derecho, pero la imagen sigue viva en mi memoria: Sentada en la mesa circular de la biblioteca de una universidad después de hacer mi examen de admisión, la pantalla negra y yo, mirándonos fijamente. El resto del mundo no importaba.

Estuve llenando durante más de una hora en un auditorio de básquetbol rodeada de adolescentes con espinillas, todo un cuadernillo de bolitas a lápiz a manera de respuesta a los reactivos que preguntaban cuánto me quedaría si llevo tanto dinero y lo gasto en tales o cuales accesorios, o si me siento perseguida cuando camino sola o si suelo tener malos pensamientos y esos asuntos inverosímiles de las pruebas psicológicas. Más en lugar de sentir cansancio estaba fascinada, el negro me cautivó.

A los 16 años, frente a una computadora de la biblioteca, por primera vez en mi vida me di cuenta de que las historias que venía escribiendo desde los 13 en mi diario personal, y que más tarde fotocopiaría para distribuirlas entre mis compañeros de estudios, podían viajar a una velocidad parecida a la de la luz con un solo click.

Fue ahí, sentada con una pantalla negra frente a mis ojos, que conocí al “cursor”, fosforescente, parpadeando, esperando a que yo usara las teclas y escribiera algo.

La pantalla de la IBM me parecía modernísima. Hice click al botón inferior y mientras observaba a los otros estudiantes con sus Walkmans y sus casetes escuchando a Pink Floyd o a Silvio Rodríguez e insertando sus discos floppy de 3 ½ o ¼ en el CPU, esperé un promedio de ocho minutos a que prendiera el computador.

De pronto, me pareció escuchar un sonido de por fin encendí parecido al de los refrigeradores cuando se están sobre calentando y me cubrió la gloria. Observé la pequeña base plástica plana con teclas, números y signos ubicada a la altura de mis antebrazos y la toqué cuidadosamente como quien no quiere romper algo muy preciado.

¿Y qué escribo?, pensé, ¿a quién le escribo?, ¿quién estará al otro lado?, pensé.

Apreté h-o- l-a... Tecleé por primera vez en mi vida. Entonces pasaron más de dos minutos que hoy serían eternos frente a cualquier chat y algo mágico sucedió.

Sobre la pantalla absolutamente negra, profunda e infinita, apareció una línea brillante, una pequeñita e insignificante barra blanca que parecía fosforecer. Aparecía y desaparecía en un movimiento intermitente como diciendo: “ven, ven”. Sin duda me hipnotizó y nos vimos mutuamente sin pudor por unos minutos. Ella no sabía quién la miraba, yo desconocía su nombre. Tan absorta estaba que no noté cuando la línea se transformó en una letra como las que yo había escrito.

Mi primer amor cibernético apareció antes de que el custodio del laboratorio de cómputo se acercara a instruirme: “Se llama cursor”.

No le escuché, estaba pérdida, él seguía dándome indicaciones sobre dónde apretar, pero yo sólo tuve ojos para ese blanco que parpadeaba frente a mis ojos: “M”-“e”… ¡Increíble!, seguían las letras: “Llamo” (Juan, Pedro, Pepe, no recuerdo el nombre, sólo me interesaba la rayita)..”

Ese del otro lado, a quien jamás conocí porque en aquella época las pantallas negras, eran sin colores, ni fotos, ni nadie ponía su estatus, ni las imágenes de sus amigos como en el Facebook o el Twitter, escribía mucho más rápido que yo, así que a su saludo, agregó: “y vivo en Torreón, Laguna”.

Me sobresalté, mi corazón palpitó, hasta las manos me sudaron.

Luego me acordé que no tenía que estar nerviosa porque el que escribía del otro lado no me estaba viendo. Pero, ¿cómo era posible que ese chico me escribiera desde no sé dónde?, me saludara, me tuviera confianza si jamás habíamos cruzado palabra en persona. No conocía su rostro, pero seguí.

La verdad que no sabía dónde estaba Laguna hasta que él me escribió que se localizaba en Torreón, que estaba en Coahuila y después, me fue contando su vida estudiantil a través de los días, en ese mismo espacio de la biblioteca hasta que, deberé confesar, sin conocer si era guapo o feo, alto, panzón o delgado, cachetón o con acné, invariablemente nos enamoramos.

Alguien, en algún otro lado, me había contado quién era, qué hacía, dónde vivía sin hablar. No conocí su rostro jamás, pero me encantó imaginar.

No dormí esa noche. Cerraba los ojos y me fosforescía el cursor una y otra vez.

Ese fue mi primer amor cibernético, a los 16 recién cumplidos, un chico de Torreón, Laguna a quien ni siquiera le pedí el teléfono o la dirección.

Así conocí lo que hoy llamamos internet. Ni siquiera existía el mail. Así aprendí a comunicarme a través de la web, fue así que despintado una tras otra las letras de muchos teclados de mis computadoras mientras escribo lo que me pasa, las historias que contaba mi padre, lo que vi que le sucedió al vecino, el viaje reciente que hice a tal o cual sitio, lo difícil que fue vivir y estudiar lejos de mi familia. De esa forma supe que con un solo click, las historias que escribo se leen, convocan y lo mejor, provocan a otros a contar las suyas.

¿Quién no ha tomado la decisión de renunciar e irse?, ¿de comenzar de nuevo?, ¿de abandonarlo todo para ir a construir una vida en otro sitio, en otro país, con otra gente?... Yo lo he hecho, quizá porque esa sangre aventurera y nómada que trajo a mi abuelo Farid en el barco desde Medio Oriente corre por mis venas y las de mi hija Abril. Pero lo he hecho, he recomenzado una y otra vez y lo seguiría haciendo, he abandonado lo que fui para empezar de nuevo, y podré cambiar de auto, de casa, de trabajo, de amigos, pero hay algo que llevo que no se guarda en maleta, que le cuento a mi hija, que jamás olvido: la historia de lo que soy, siempre recuerdo la historia de mis padres, mis abuelos y la propia vivida que me constituye.

Ese es mi mayor tesoro.

Sin temor al qué dirán comencé a contarla y la verdad, me sale mucho mejor escrita que hablada y eso permite que otros cuando lean, tomen notas, se animen a hacer lo propio y escriban.
Por eso, una día hace más de 10 años, antes de que todo el mundo tuviera una arroba antes de su nombre, inicié un blog. En septiembre de 2009, Lucy Ortega, queridísima amiga editora de mi alma mater puso todo lo que habría escrito en orden y así comenzó a nacer este libro.

Caí en cuenta que llevaba hasta el momento más de 300 escritos compartidos en esa web, me puse a revisar entonces los comentarios que mucha gente había escrito, descubrí que no sólo eran sobre lo que yo contaba sino que muchos me estaban confiando sus historias propias, entonces me decidí: enviaría poco a poco la historia de mi vida en una convocatoria, invitado a los otros a que escribieran la suya y así nació Tejedora de Historias.

Un año después, Fernando Fernández y Efrén Calleja, amigos queridos, me ayudaron a editar mi primer libro con sello propio y gracias a su talento y mirada, el sueño se hizo real en: De cómo cocinaban las abuelas.

No ofrecimos premios, no habría ni primeros ni últimos lugares, no pediríamos trabajos para concursos literarios, la invitación era sencilla:

Esta historia que lees –que en el primer caso, fue la de Mambo no. 8 sobre mi abuela Carmen, es una como la que tú has vivido. ¡Cuenta tu vida!, escribe sobre la historia de tu abuela o abuelo, manda tu texto y confíanos además una receta.

La imagen de una madre o de la abuela cocinera dejó huella en mi personalidad y en la de muchos otros y otras que se animaron a escribir como se les convocaba. Recibimos entonces 54 textos de México, Argentina, Chile y Estados Unidos. Seleccionamos 28 para editar un libro.

Quedé sorprendida, sabía de la inquietud de contar pero no estaba consciente de lo valientes que serían muchos al atreverse a hacerlo por escrito.

Hoy me siento feliz porque sé que escribir es un acto de confianza que libera e incluso, puede curar y el libro De cómo cocinaban las abuelas, es la prueba de que pese a todo, hay mucha gente buena que confía, que sabe dejar ir, pero además, expresa ese valor para con los otros poniendo su vida en palabras y las comparte con generosidad, las regala, hace que ellas formen parte de la historia escrita, rescatándolas del olvido y del silencio.

Carmelita González viuda de Guevara, mi abuela mambolera, quien da forma al primer libro del proyecto Tejedora de Historias, murió el 12 de febrero de 2005.

Laura Athié: Orgullosa madre de Abril. Mexicana especialista en difusión de políticas educativas. Comunicóloga por la UABC y Maestra en Política Educativa por el IIPE-UNESCO-París. Ha sido articulista, periodista, fotógrafa, editora conductora, productora y guionista de televisión cultural, universitaria y comercial. Escribe gracias a las fantasías de su padre libanés. Tras 14 años como funcionaria estatal y federal en temas educativos y culturales, deja de escribir su historia para tejer la de los otros. Cree que toda vida merece ser contada y mantiene una lucha constante en favor de la memoria, por eso es la Tejedora. En 2007 publicó: Robótica: los jóvenes que se atreven a hacerla en México (Ríos de Tinta) y en 2011 su primer libro como promotora de la cultura escrita, resultado del proyecto Tejedora de Historias: De cómo cocinaban las abuelas que este año, anuncia su segunda edición.