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Instrucciones para escribir sin ojos

Mi abuelo llevaba un aparato en la oreja. Yo llevo dos lentes frente a los ojos que ocultan bajo 9 dioptrías lo que soy. Él escuchaba la mitad del mundo. Yo adivino la mitad del otro y camino sólo porque confío en la mano que me dan cuando voy a caer.

Domingo 12 de junio. Tres de la tarde. Centro histórico de la Ciudad de México.

Al bajar las escaleras en un edificio blanco de la calle Bolívar, decidí probar. Había pasado la tarde viendo fantasmas borrosos de colores, banquetas convexas y luces intermitentes en cada paso que di, hasta que cerré los ojos para sentirme una paloma mientras descendía por unas escaleras brillantes como los tubos de las probetas que usaba en la clase de Química en secundaria. El hombre que amo, varios piso arriba, me dijo que bajara otro piso.

—Baja —decía mientras me tomaba una foto—, camina varios escalones más, y yo lo hacía.

Mirándolo cada vez más borroso estiraba mi pie temeroso para bajar los escalones pensando en el miedo que deben sentir los ancianos cuando la fragilidad de su vista los tumba al suelo. Bajaba como una vieja aferrándome al barandal, preguntándome qué pasaría cuando resbalara.

Daba un paso, tres, cinco acercándome a los escalones sin ver con certeza nada más que ese blanco que tal vez uno ve cuando entra al túnel del fin de la vida para morir. Entonces recordé a mi abuelo a quien conocí tan poco, con sus aparatos para la sordera en las orejas.

Uno le decía: “Abuelo, mira esto”, y él asentía como yo hoy, sin ver, sin escuchar, en la sordera absoluta, confiando en el otro, en quien te dice, “ven”, yendo nada más por amor, sabiendo que, en este punto de la vida, cuando la vista se comienza a ir, no queda más que la intuición.

Voy perdiendo un sentido, me queda el sexto.

Ahí, parada sobre esas escaleras blancas como velo de novia, pensé: “No me quiero caer”, pero no me detuve, seguía. Con estos anteojos torpes que me engañan la vista, seguí.

Cuando me detuve en el piso dos y giré el rostro hacia arriba para que mi sonrisa saliera en la imagen de la Laura miope que se retrataría en la foto, me pregunte: “¿Qué sucederá cuando ya no vea más, ni siquiera el teclado de la computadora, ni siquiera el papel de la libreta sobre el cual trazo las letras con las que voy narrando lo que vivo y lo que soy? ¿Cómo voy a escribir cuando mis ojos se llenen de nubes y me quede ciega?”.

Desde hace meses tengo una nueva mala costumbre: si algo me interesa, hago una pausa, cierro los ojos, escucho el aleteo de alguna mosca, el sonido de un auto, el ladrido de un perro, una conversación ajena que se atraviesa frente a mí y escribo.

No tomo papel, me olvido de la pluma y comienzo a narrarme alguna historia como cuando mi madre me contaba cuentos. Me hablo en silencio, pongo la coma aquí, el punto allá. Escribo moviendo los labios como si fuera una loca que conversa sola. Con los ojos cerrados escribo, porque algún día dejaré de ver y entonces, no me quedará más que confiar en voz de quien me ama y en el sonido de sus palabras que me dicen: “ven”.

*Laura Athié. Mexicana, escritora y comunicóloga, orgullosa madre de Abril. Tiene dos perros y un proyecto para rescatar historias de vida y memorias familiares a través de la escritura. Ha vivido en México y en otros países. Padece Lupus desde 1992. Hoy continúa buscando la historia de su abuelo libanes y edita una revista que viaja a todo el mundo. Su ojo derecho tiene 9.8 dioptrías y el izquierdo 8.6, aún así, es una fenomenal bailadora de salsa.

Tejedora de historias
Twitter: @Lauraathie
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