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Guadalajara explota o de cómo conocí a Julio Scherer

“Me gustan los escritores a los que no les da miedo parecer estúpidos”. (Alfredo Salcedo Ramos, nuestro maestro de crónica por unos días)

(1992) Hacía calor. Esperé ocho horas afuera de las oficinas del semanario Proceso en la calle de Fresas de la Colonia del Valle, tratando de cumplir con una misión periodística que me daría un diez en la clase crónica.

Pedro Terán, nuestro maestro de periodismo, dijo que nunca nadie había podido entrevistar a Julio Scherer, el director del semanario de mayor prestigio del país, y que quien lo lograra, exentaría el cuatrimestre completo.

Yo, estudiante becaria de la biblioteca en la escuela de periodismo de la calle Antonio Caso que fundó Guillermo Pérez Verduzco, no conocía la revista Proceso. Pasaba el día leyendo lo que me diera en gana mientras esperaba a que algún incauto asomara la nariz preguntando por un libro o que Héctor y Toño, los compañeros que me enseñaron a bailar salsa, vinieran buscando las botellas de ron que solían esconder en mi escritorio.

Tampoco sabía quién era Don Julio, pero había dos palabras que siempre retaban mi curiosidad: nunca y nadie, así que ese diez de calificación sería mío.

Con la revista en mano llegamos a la calle de Fresas y pedimos hablar con Julio. Nos recibió recargado en la puerta principal, un señor delgado entrado en años, con las mejillas colgadas, que casi muere de la risa al conocer nuestras intenciones.

Era Vicente Leñero, el autor del mismo manual de periodismo que nos hicieron comprar días atrás con la instrucción de aprender si pretendíamos hacer buena prensa. Después de carcajearse de nosotros, nos dijo esperen y volvió minutos más tarde con otro hombre regordete y moreno, de anteojos y cabello cano, que parecía odiar el peine, para mirarnos de reojo y señalarnos. Que quieren ver a Julio, dijeron y comenzaron a reír descaradamente.

Nos habíamos convertido en el chiste del día. Siguieron mofándose y luego uno le dijo al otro. Ya, vamos, anda.

El regordete moreno de nombre Carlos dio media vuelta mientras el otro nos dijo que pasáramos al primer piso.

Durante un buen rato el novio que se convertiría en mi esposo y luego en padre de mi hija Abril, su sobrino Iván de catorce años con cámara fotográfica en mano y yo, armada con grabadora Sony prestada y el folder de pruebas irrefutables sobre la verdadera causa de la explosión subterránea que acababa de ocurrir en Guadalajara que me dio mi padre, esperamos en una sala hasta que volvió Vicente.

Entonces dices que te llamas Laura y que tienes pruebas de la explosión, ¿verdad?, dijo.

- Sí, acá las tengo, pero sólo se las voy a mostrar a Julio Scherer.

Así pasamos de las 10 de la mañana a las 12 del día. Vicente entraba y salía a una sala de juntas. A veces él, a veces el señor gordo de lentes que no se peinaba y otras un joven. Finalmente acordamos que yo le escribiría un recado al señor Julio preguntándole algo y que si él me respondía por escrito, entonces, y sólo entonces, les daría las pruebas de la explosión.

En aquellas fechas mi padre tenía un próspero negocio de transportes llamado Químicos y Ácidos. Que anunciaba con: “Si productos químicos necesita, cuente con nosotros”.

Él inventó su slogan, compró dos y más tarde, quince camiones tándem de cuatro rodadas y un tráiler Kenwort al que bautizaron como “El Diabólico”, que recorrían el país cargados de ácido sulfúrico, nítrico, fosfórico y sosa casuística desde Mexicali hasta Guerrero, pasando Guadalajara, la ciudad que recientemente había sufrido doce explosiones en cadena que destruyeron ocho kilómetros de calles en segundos.

Por ese accidente 150 personas murieron en abril de ese año, en menos tiempo del que empleo en apretar el play de la grabadora.

Tras la explosión, mi padre dijo saber exactamente los motivos y conocer a los culpables y como yo estudiaba periodismo y tenía la tarea de entrevistar a Julio Scherer, a quien él admiraba desde su salida de Excélsior, me juntó una serie de pruebas guardadas celosamente en un folder azul de cartulina, con las que seguramente podría abrirme puertas. Ándale, ¡carajo!, que el tiempo corre. Conocerás a Don Julio, me aseguró mi padre. Ojalá y no choques.

Agotados por el hambre y el intercambio de papelitos que iban y venían sin respuesta de la sala de juntas en donde discutía el equipo de redacción de la revista, a nuestra salita de espera, decidimos contarle una buena parte de la historia al joven jefe de prensa que nos hizo infinidad de preguntas y luego pidió hablar con mi padre.

Marcamos. El jefe y Fernando mi papá, charlaron telefónicamente por casi media hora, mientras mi novio me odiaba más porque quería ir al baño y yo no le permitía moverse.

Minutos después mi padre, pisoteando mi amor propio, me pidió por el auricular en el que pegábamos la oreja el jefe de redacción y yo al mismo tiempo, que entregara las pruebas: Dales el folder, no seas necia, ellos son periodistas de a deveras --dijo a traición, rematando en voz alta y dolorosamente para pisotearme como hormiga--. Y seguro que ya madreaste el carro, ¿verdad?... Carajo, a ver si no te agarra un mordelón Sabelina.

Ignoro las conclusiones a las que llegaron, pero acto seguido y por respuesta recibimos un: “si quieren esperar afuera a que acabe la junta, pero Don Julio no acepta preguntas de nadie… Sabelina”.

Sin folder y con mucha rabia subimos al cofre de la camioneta Estaquitas en la que repartíamos porrones de jabón y sosa para ganar algo de dinero en las mañanas, que mi padre nos había prestado y que yo manejé, desde Río San Joaquín hasta la colonia del Valle sin licencia, para tomar imágenes de Vicente que continuaba fumando en la puerta de la entrada.

Riéndose de nosotros preguntó si no teníamos hambre, si de verdad íbamos a seguir esperando y si no quería yo unas Canelitas de mientras: cómete aunque sea una Sabelina.

Comenzaba a bajar el sol cuando Vicente, que después me cayó de maravilla, me dijo: Niña, ahí viene el chofer de Julio, ponte abusada. Les grité al sobrino de la cámara y a mi novio que hacía pipí en un árbol, que corrieran. Escuché que alguien bajaba las escaleras lentamente. Jamás lo había visto, no conocía su trayectoria, nunca había leído su revista y encima, me comenzaron a temblar las piernas.

Don Julio bajó, susurró algo, el chofer se acercó, el sobrino de la cámara caminó tras de mí y yo corrí hacia el hombre entrado en años con el rostro arrugado como un buñuelo y le dije: Hola Julio, digo, señor Julio, digo Don Julio, mientras la cabeza me daba vueltas, se me tropezaba la lengua y la idea de la fantástica pregunta que le iba a hacer se iba como el humo del cigarro de Vicente, que había parado de reírse y nos miraba en silencio con el otro señor canoso de apellido Monsiváis que no se peinaba.

- ¿Qué quieres niña?, dijo el señor Julio, su cabello blanco brillaba como la luna.

- Quiero preguntarle una pregunta, dije tontamente, saber qué opina.

- ¿Preguntarme una pregunta? ¿A mí?, ¿tú quién eres?, primero aprenda a hablar señorita.

- Una estudiante de periodismo.

- Todo lo que yo opino está en mis libros. ¿Los conoce?, ¿qué no lo sabe?, seguía caminando lento rumbo al auto, su voz anciana tenía más energía que sus piernas.

- Pero, Julio, digo, Don Julio, no se vaya, dígame, ¿qué le recomienda a los jóvenes que algún día quieren ser como usted?, mi novio y el sobrino estaban tras de mí petrificados.

- Tú eres la de la explosión, ¿verdad?, qué necia. ¿Qué les voy a recomendar? Que estudien, que trabajen, ¡que no sean como yo!, que sean mejores, y hazte un lado por favor que quiero irme. Acto seguido aventó el saco al asiento trasero y subió a su coche.

Vicente me guiñó el ojo recargado desde la entrada y dijo: ¿Contenta? Ya tienes algo, escribe.

El carro negro con el hombre que no entrevisté, se alejaba. Lamenté perder el tiempo en lugar de estudiar para el examen. Subí a la camioneta pensando en lo estúpida que fui por no haber conseguido la entrevista, en que debería hacer preguntas inteligentes si quería ser periodista y en lo avergonzado que se pondría mi padre cuando lo supiera. Metí el cluth, puse primera. Menos mal que hasta el momento no había chocado.

23/04/1992: Al menos 150 muertos tras 12 explosiones de gas en la ciudad mexicana de Guadalajara. Estimaciones oficiales cifraban en más de 150 el número de muertos y más de 300 el de heridos como consecuencia de las explosiones de gas. Las explosiones en cadena que en cuestión de segundos reventaron ocho kilómetros de calles, afectando a un total de 20 manzanas, se sucedieron en medio del pánico general que afectó a los miles de vecinos. http://www.elpais.com/articulo/internacional/MEXICO/150/muertos/explosio...

Laura Athié: Mexicana curiosa, madre de Abril y especialista en difusión de políticas públicas. Maestra en Política Educativa por el IIPE UNESCO París, comunicóloga por la Universidad Autónoma de Baja California, ciclista convencida y palabrera. Antes de irse a Baja California estudió periodismo en el CEU-PART. Está es la historia de la segunda crónica que escribió en su vida. / www.tejedoradehistorias.com