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Esta doble mirada sobre mis libros de texto

Tres razones para irse despidiendo
Razón 2. Esta doble mirada sobre mis libros de texto

Laura Athié, Tejedora de historias*

Trabajé en la SEP, en este mismo sitio al que ahora vuelvo, hace ya 11 años, cuando recién venía llegando de Baja California. Mi hija Abril, que hoy tiene esa edad, aprendió a caminar en el edificio de Cuauhtémoc.

Cuando una es invitada a presentar un libro se espera que hable mucho de éste y poco de su experiencia personal. Pero cuando ese libro hace recordar de ocho formas distintas los tiempos en la escuela, los maestros y aquellos textos con los que comenzó a aprender, cuando ese libro lleva a una a situarse justo en el medio del lector y el que aprende, cuando una revisa cada capítulo desde un doble papel, como el que desempeño: el de funcionaria y alumna que fui, el de hacedora de libros y mexicana que aprendió leyendo justo esos, los de texto gratuitos, es inevitable no mirar atrás para revisar qué es lo que una debe agradecer o cobrar a aquellos libros que la acompañaron desde el primero hasta el último grado de primaria.

No es común que un libro se vuelva entrañable. y menos éste, que podría parecer extenso, extremo, demasiado libro para poderse amar. Pero si una se va reconociendo mientras avanza la lectura y descubre, por ejemplo, quiénes hicieron los primeros libros de texto, quiénes pensaron las primeras bibliotecas, cómo se crearon los Talleres Gráficos de la Nación o la Conaliteg, esa lectura se vuelve apasionante, como lo fue en mi caso, que amo los de papel y creo que el libro de texto debe ser, además de útil al aprendizaje, un objeto hermoso para el alumno y no para el maestro.

Entre paradojas, edición de Rebeca Barriga Villanueva, me ha dejado saber, por fin, las razones por las cuales los de mi generación solemos vivir cuestionando todo, dudando de esto o de aquello, incómodos porque la situación no mejora, tratando de ser solidarios con el otro, entendiendo las causas comunes, diciendo que todo debería ser mejor. Es verdad, yo me reconocí de muchas formas en el libro de Rebeca, me ayudó a verme desde dos frentes, por eso es inevitable que hable también de mi experiencia personal: desde la tarea que hoy tengo el privilegio de realizar junto con un enorme equipo de trabajo: hacer esos libros de los cuales se habla aquí, pero también me obligó a mirarme como ciudadana y estudiante, como el resultado de un proyecto de país con el que fui educada y me permitió, por fin —pues mis libros eran “anónimos”, no llevaban el nombre de los autores—, saber un poco del origen del por qué yo, y muchos de quienes llevamos esta generación de libros, somos así.

Lo explico, por tanto, desde esa alumna del quinto de primaria que entre paradojas volvió a despertar: a mí no me tocaron los libros de La Patria, aunque los he comprado en las librerías de viejo desde hace tiempo, pues esa imagen siempre me conquistó. Hoy traje uno de los cuatro que tengo; lo encontré en el extinto bazar de antigüedades de la avenida Álvaro Obregón en la colonia Roma, que solía visitar con mi padre desde niña. Éste que traje: “Mi cuaderno de trabajo de cuarto año” es mi favorito; su título principal está en cursivas, como si alguien lo hubiera escrito a puño y letra, con una grafía perfecta que yo jamás pude lograr. Su papel es poroso y café, casi del color de la arena de mar, del mismo tono del azúcar mascabado. Debajo de la Patria puede leerse: “Aritmética y geometría. Estudio de la naturaleza”, y adentro una puede notar esa tipografía de máquina de escribir, como la que quedaba marcada tras los golpes de tecla en el papel durante los ejercicios de taquimecanografía de la secundaria.

Los espacios entre párrafos —que casi no existen, pues el juego de la tipografía frente a la imagen es tan justo y preciso que cualquier primer lector podría descansar— se convierten en espacios de libertad. Los interiores son a una tinta. Café y negro en las 158 páginas, que en conjunto deben pesar unos 200 gramos.

Yo no llevé ese libro, pero me encanta. Me gusta su olor a papel viejo, ese pequeño recuadro pegado sobre la página 65 que dice: “Examen de matemáticas”, el cual jamás fue completado. Esas respuestas a lápiz de un niño que no conozco muestran claramente como era su realidad, vigente en muchos lugares del país, a pesar de que este libro fue impreso en 1960, nueve años antes de que yo naciera. Ésta es una:

Respiración. Ejercicio I, pregunta 5. Cuatro sustancias combustibles son: Leña, carbón y popote, dice la respuesta.

En la página 85 de este libro viene una tabla dividida en semestres y asignaturas que indica: “Haz la gráfica de tus calificaciones y procura esforzarte por mejorarlas cada día”. Algunas de las asignaturas que señala son: Protección de la salud y mejoramiento del vigor físico, Comprensión y mejoramiento de la vida social, Actividades creadoras, Lengua nacional.

En un ejercicio de matemáticas —que habla de César y el recibimiento de una nueva compañera de cuarto que viene de algún pueblo distante— se sostiene una conversación sobre los precios de las frutas: el kilo de mango vale 2 pesos; el de plátano, 45 centavos, y el del chicozapote, 25 centavos. La parte gráfica muestra a los niños perfectamente peinados, con pantaloncillos cortos y vestidos de moño, en su mayoría conversando con los brazos cruzados hacia atrás.

Pero miren ustedes lo que dice el libro, escrito por la profesora Hermelinda Virgen Sánchez, en la segunda de forros: “Este libro es propiedad de la República Mexicana, para que lo use y lo conserve se entrega en forma absolutamente gratuita, pero con la condición de que lo cuide”, y entonces supongo que el niño ponía muy cuidadosamente su nombre y sentía que ese libro —que yo no llevé y que aprecio, como si hubiera estado guardado en mi mochila— era un tesoro.

“Adolfo López Mateos, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos” puede leerse en las páginas 2 y 3 de este libro, donde está el decreto por el cual fue creada el 12 de febrero de 1959 la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos. El Considerando quinto dice así: “Que al recibir gratuitamente los educandos sus textos, y esto no como una gracia, sino por mandato de la Ley, se acentuará en ellos el sentimiento de sus deberes hacia la Patria, de la que algún día serán ciudadanos”.

Al final se leen los doce “Principios de conducta formulados por la Secretaría de Salubridad y Asistencia para que se les inserte en los Libros de Texto Gratuito” que inician: “Mi patria es México. Debo servirla siempre con mi pensamiento, mis palabras y mis actos” e incluyen: “Lucharé contra el vicio, el alcoholismo, la mentira, la deslealtad, el fraude, la violencia y el crimen. Debo ser agradecido con mis padres y mis maestros, reconocer los sacrificios que realizan para mi educación”.

Entre los datos que lleva ese libro en el colofón están: “Cubierta: Jorge González Camarena, Presidente de la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos: Martín Luis Guzmán”. José Gorostiza está entre sus vocales, y Julio Scherer García, entre los representantes de la opinión pública.

El libro no tiene nombre, pero no importa, es contundente que su dueño, ese alumno de cuarto grado de primaria anónimo, seguramente tenía muy clara su identidad y obligaciones como ciudadano de aquel México en el que yo todavía no nacía.

En mi labor actual, asumida apenas hace seis meses, me he empeñado en revisar las diferentes generaciones de libros de texto que han existido. Esa revisión ha incluido preguntarle a los protagonistas cuáles fueron los retos que enfrentaron y cómo ven los libros hoy. También me ha permitido saber qué recuerdan quienes estudiaron con esos libros en la escuela. Hace poco escuché que una mujer que limpia la oficina dijo: “Recibir mis libros nuevos era como abrir los zapatos nuevos, brillantes, lustrosos. Uno quería tocarlos, pero no se atrevía a hacerlo porque eran para cuidarse y respetarse. No los quería ensuciar. Lo que más me gustaba de mi libro era su olor a papel nuevo”.

Al revisar el libro de Rebeca encuentro entonces el proyecto de país que cada generación de libros representa. Entiendo las diferencias de actuar y pensar de mis padres, tíos y abuelos derivadas de la escuela. Su patria es distinta a la mía, a la de mi hija. Nuestro concepto de ciudadanía no es común. Entonces pienso también en los libros que me tocará hacer y en aquellos que estamos ahora corrigiendo: ¿A qué proyecto de país responden?, ¿en qué ciudadano estaban pensando quienes los escribieron, quienes los editaron? ¿Qué idea de México se están llevando los millones de alumnos de primaria que hoy estudian con la más reciente generación?

Jamás había reparado en que mis libros de primaria eran integrados, nunca noté que las fotografías de sus páginas retrataban, definitivamente, a las personas de mi país en ese entonces. En apariencia porque este país que habito lo forman también migrantes e hijos de extranjeros, porque en este país habitan, desde que yo era pequeña, gente de todas las razas y colores que ha aprendido a sobrevivir, igual que siguen intentando hacerlo los indígenas. Tal vez porque en mi casa siempre se habló de migración no me hizo falta escuchar ese tema en la escuela. Yo sabía que mi bisabuelo había viajado desde el Medio Oriente para llegar en barco a una tierra cuyo idioma no hablaba ni aprendió a pronunciar bien jamás. Tal vez porque mis padres me contaron del Tlatelolco que ellos vivieron aquella noche —ella escondida en el Edificio Chihuahua y él tratando de entrar a como diera lugar, corriendo desesperado por entre los autos desde su puesto de pollo en el Mercado de la Lagunilla hasta la Plaza de las Tres Culturas, a la que nunca le fue posible llegar— no me hizo falta leer esa historia en mis libros de texto.

Tal vez porque tuve muchas otras forma de acercarme a ese México trazado en mis libros no consideré, mientras estudiaba la primaria, ausencias en ellos. Por el contrario, yo los amaba. A mí me gustaban mis libros de texto, y muy especialmente el de Español, aunque mi predilecto fue sin duda el de Lecturas, que a la fecha no he podido encontrar.

No me interesó entonces ni por mucho tiempo descubrir quiénes fueron los autores de esos libros. Sólo me gustaba leerlos una y otra vez, y sobre todo, ver sus magníficas ilustraciones, que si mal no recuerdo tenían una jerarquía importante. Mis libros eran de poco texto y espacios libres, que servían para imaginar. Su tipografía era grande y sin patines, ahora lo sé porque los he visto. Sus fotografías e ilustraciones podían causarte pesadillas, o perderte soñando despierta aunque estuvieras en clase, de tan buenas que eran. A mí nadie me dijo que tenía que leer en voz alta o que leyera 20 minutos al día, es más, ni recuerdo exactamente en qué grado ni cómo fue que aprendí a leer y a escribir. A mí me gustaban mis libros y punto, me gustaban porque eran buenos y estoy segura de que a mis compañeros también.

He tenido oportunidad de volver a verlos casi todos, y hoy traje dos, el de Español Ejercicios de Quinto Grado y Mi libro de primero. Parte 1, elaborado en oficina en la cual trabajo hoy. Leerlos fue como sufrir un déjà vu; saber quiénes fueron los autores, una gran sorpresa.

Cuando cursaba mi educación básica viví las presidencias de Luis Echeverría y José López Portillo, cuyas labores no me interesaban, salvo lo que veía en el televisor de pantalla redonda, al cual costaba cambiarle de canal porque la perilla era dura y hacía un ruido como de tuerca atorada al girar. Sólo había cuatro canales en esos tiempos: el 2, el 13, el 4 —que jamás tuvo una clara definición— y el 5, que transmitía series norteamericanas y caricaturas.

Nunca relacioné mis libros con esos dos señores que presidían nuestra nación, pero resulta que por lo menos los primeros, al igual que los libros de la Patria, según puede leerse en el libro de Rebeca, tenían un ciudadano lector en mente cuando se comenzaron a escribir.

Yo pertenezco a la que, según Douglas Coupland, es la Generación X, descrita por él como sobre educada y siempre insatisfecha, con problemas para ubicarse en la sociedad y encontrar trabajo, no porque no tenga capacidad para acceder a uno, sino porque ninguno cubre, desde su mirada, las expectativas para las cuales se preparó. Una generación que, a diferencia de la actual y mal llamada nini, sí solía terminar su educación básica obligatoria y seguir, si la situación lo permitía, a la universidad. En el México de mi infancia había trabajo, podía abrirse un negocio próspero, los niños podíamos salir a la calle —en donde el tráfico no existía— solos, desde las dos de la tarde hasta las 6, hasta que escucháramos un grito materno desde alguna ventana que nos obligaba de inmediato a regresar.

Nuestros libros, los primeros libros que yo llevé, no mencionaban al autor, sólo indicaban: “Esta obra fue posible gracias a las aportaciones y sugerencias de los maestros, alumnos, padres de familia y autoridades educativas. Supervisión Técnica y Pedagógica: Dirección de Contenidos y Métodos Educativos de la Dirección General de Evaluación y de Incorporación y de Revalidación”, así puede leerse, textual. Su colofón indica que en ese año, 1972, esa vigésima reimpresión, se tiraban un millón, 807 mil, 922 ejemplares, ni siquiera el tiraje de un solo título de asignatura y grado de cualquier edición de los Libros de Texto de hoy.

El papel de mis libros también era café, como las ardillas que se tomaban los cachetes para darse un beso en la página 7 de este libro de Español de quinto grado que he traído. Hablaban de paz y contenían textos sobre cómo rescatar al caído, flores y campos, canciones de marineros, nos enseñaban a construir palabras, a contar nuestros recuerdos, y decían que nosotros, los niños de quinto, también éramos capaces de escribir poemas.

No venía ninguna presentación del Presidente del país, ni tampoco los acuerdos legales que dieran creación a algo, ni decálogos para que nos portáramos bien. Sólo se leía en el texto inicial de Oralia Rodríguez, titulado “Los Libros”: “De la escuela nos llevaron a una imprenta grande, impresionante. Al llegar nos recibió el ruido acompasado de las máquinas; tuve la impresión de que la imprenta era un gigante y que nosotros oíamos el ruido de su corazón, de sus pulmones, de su sangre agolpada en las arterias…”, así se iba describiendo la elaboración de un libro gracias a una visita ficticia a la Conaliteg.

En este libro, los niños llevan su uniforme escolar, y vestidos con suéteres verdes se van saludando de lejos. Las familias que aparecen en sus casas y sus cocinas parecen una familia de verdad, al igual que en la siguiente generación de libros que también alcancé, de 1981, coordinada por Raúl Ávila, cuyo ejemplar, que traigo hoy, tiene una portada grandiosa de Carlos Palleiro. Esos siguen siendo libros que invitan a leer, que permiten aprender, que se ven con gusto.

Esos libros que yo llevaba en la primaria, a diferencia de los de hoy, estaban escritos a manera de narración. Si uno jamás había tenido la oportunidad de leer uno, el que fuera, ese, el primero que se recibía en la escuela, podía convertirse de inmediato en el mejor, en el propio, podía leerse en soledad, dentro o fuera de la clase.

Al parecer la impresión no era perfecta, y hoy puede verse, sin necesidad de lupa, el grano reventado de las fotografías o algún desfase de imagen, que sin embargo en aquellos tiempos jamás distrajo mi lectura. Imposible, porque en cualquiera de sus páginas había algo que recordaba al hogar, a la madre, a la infancia que estábamos viviendo. Por ejemplo, en la página 37, bajo el título de “Este era un rey que tenía…”, puede verse un castillo por detrás de la barda, con cúpulas árabes que brillan mientras un rebaño de elefantes va entrando muy despacio por una puerta central, en una sencilla imagen que ilustra el poema de Rubén Darío que mi madre me leía algunas noches. Y no encuentro una, sino muchas páginas buenas que podría comentar, pero no hace falta porque como bien lo dice Lorenza Villalever en Entre paradojas: “Los Libros de Texto son la expresión concreta de los planes y programas de estudio, en ellos se plasma el concepto de educación y orientaciones pedagógicas del momento histórico en el que se conciben.” Así, el concepto de educación de los libros que me tocaron anulaba drásticamente al México rural y presentaba un México industrial y muy moderno.

Escritos por intelectuales chilenos y cubanos exiliados en México, según se explica en el libro que hoy presentamos, “respondían a una reforma educativa de 1972, pensada como vehículo privilegiado para presentar el cambio. En el nuevo Plan quedaban atrás los tres ejes anteriores: el mexicano, la familia y la nación, para dar paso a otros que formaran a las nuevas generaciones para asumir su propio aprendizaje, que les permitieran adquirir una conciencia histórica y desarrollaran en ellos una actitud crítica y científica ante el mundo”.

Y miren qué coincidencia con el tiempo actual, se señala en el libro: “Cuando salen a la luz pública, se desata una discusión, pero ahora está dirigida contra la forma específica de materializar los libros en manos del estado. El punto central de la oposición se orienta hacia los contenidos y no hacia la producción.”

Don Pablo Latapí escribió, según se reproduce en esta libro que hoy comentamos, que los Libros de Texto de este periodo cumplían con cuatro condiciones que deben esperarse de la orientación social de un texto de uso nacional: no son dogmáticos, afirman los derechos humanos, las autoridades consultaron su orientación y contenido con los principales grupos de opinión, y están bien hechos pedagógicamente.

Después de enterarme de lo que se esperaba que yo fuera tras haber estudiado con esos libros, no estoy segura de que se haya cumplido el cometido.

Y no fue sino hasta que mi hija entró a la primaria cuando volví a reparar en los Libros de Texto, con una mirada ya no de nostalgia, sino de enojo y desconcierto. Solíamos revisarlos por las tardes, leerlos o hacer la tarea juntas para luego terminar discutiendo porque lo que decía ahí no era verdad, porque esta palabra no era la adecuada, porque aquella imagen era bastante mala, porque los párrafos no se podían leer uno tras otro.

Una vez me sorprendió encontrar en el libro de Historia temas que jamás había visto para la escuela en un libro oficial: tres páginas dedicadas al Movimiento Zapatista, sólo una al movimiento del 68, varias a los presidentes vivos y muertos hasta llegar al que entonces encabezaba la administración. Más motivos para discutir con mi hija: “Eso no fue así, fue de esta forma”, comenzaba diciendo. Aparecían por fin páginas de la historia que sí podía contarle porque las había vivido.

Fue entonces, mientras trabajaba en la UNICEF, cuando comencé mi labor de correctora externa para la SEP, sin paga. Solía regresarle a la maestra los libros con alguna corrección por aquí o por allá, hasta que me devolvió la cortesía meses después de igual de forma, escribió: “Señora, le agradecería que no corrija más. Por favor, sólo concrétese en leer y no cuestionar, deje que su hija haga la tarea indicada.” Punto.

Por eso concuerdo plenamente con lo que dice Lorenza Villalever: “Como toda obra humana, los Libros de Texto Gratuitos son perfectibles, y de hecho, al paso del tiempo y con el trabajo y la experiencia adquiridos, los anteriores fueron mejorando mucho hasta el punto de competir con los mejores. El problema es que en los libros actuales hay un retroceso de calidad y eso es inaceptable.”

Esto refiere María Cecilia Fierro en el capítulo “Cívica y Ética: ¿Asignatura elusiva o eludida?” al afirmar que los libros parecen interpelar de la misma manera y sobre el mismo asunto a los niños tan pequeños de primero como a los adolescentes cercanos a concluir el sexto grado. Hay numerosos ejemplos que ilustran estas inconsistencias, dice, rayando en lo ridículo o lo patético. Ella toma solamente uno para ilustrar: se interroga al niño de primer grado esta manera: ¿Qué es reflexionar?, ¿qué debo considerar antes de actuar?, ¿es bueno?, ¿es justo?, ¿es útil?, ¿es necesario?...

Señala que se aborda a los alumnos de sexto de forma más elemental: ¿Es correcto que los más grandes molesten a los pequeños? ¿Qué se debe hacer?

Mi hija, cuya primaria comprendió del 2008 al 2013, me preguntó hace pocos meses si los libros que íbamos a hacer le tocarían. “Desafortunadamente no”, le dije, “porque este año terminas tu primaria”. “Espero entonces”, me respondió, “que las madres no te los vayan a corregir como tú te la pasaste corrigiendo los míos”.

Creo en el valor de la imagen frente a la formación de los niños como lectores y escritores. Por eso valoro los libros con los que estudiaba antes y que he tenido la oportunidad de volver a encontrar. Hace poco tuve el privilegio de ver, aunque no de tocar, algunas de esas que fueron pintadas a mano por grandes artistas mexicanos para ilustrar los Libros de Texto Gratuitos. Una me maravilló porque la recuerdo en mis libros de primaria: se trata de una escena de la batalla en el Castillo de Chapultepec —celebrada justamente un día como hoy, 13 de septiembre— en la que puede verse con toda claridad cómo los enemigos ascienden por el cerro y los Niños Héroes asoman por algunas orillas del enorme balcón central del castillo, que está a unos pasos de mi casa.

“La investigación de los libros de texto es un tema apasionante, dice Luz Elena Galván en su escrito: Una lectura de imágenes de Héroes de la independencia en libros de textos de ayer y hoy. Desde hace varios años inicié su búsqueda y estudio. En mis primeros acercamientos analicé su contenido, sin embargo las imágenes poco a poco me empezaron a atraer.”

Luz Elena cuenta su revisión de libros de historia desde 1912 hasta 1994, en cuyo curso ha analizado gestos, cuerpos, vestido y lenguaje que acompaña a las imágenes, además los caminos posibles para convertir a sacerdotes en soldados y a soldados en héroes, por ejemplo. Sin duda, como bien dice ella, la imagen en el libro de texto es una narración que reconstruye el discurso ideológico que subyace detrás de una nación.

Ese día que miré la pintura real de los Niños Héroes me estremecí porque estaba en la Conaliteg, institución de la que han salido millones de libros durante muchos años, para educarnos y educar a los niños de México. Me estremecí porque parte de esa tarea de formar ciudadanos con la palabra escrita e impresa, transformar el currículo para que un aprendizaje esperado sea realidad hoy es responsabilidad mía y del equipo que me acompaña. Rebeca, tu libro es como una biblia para quienes nos encontramos aquí ahora: leer para saber hacer, aprender de lo bien hecho y mirar el libro actual para mejorar, porque no existe otro camino.

Habría que pensar en seguir discutiéndolo, difundiéndolo, ya sea mediante ocho libros pequeños, cada uno dedicado a tus ocho capítulos, ya sea por medio de instrumentos de divulgación o publicaciones electrónicas, que sirvan para leer y revisar lo que cada uno de los 32 autores que dan forma a Entre paradojas va planteando en torno al libro de texto, en una revisión que no debe terminarse.

Paradoja, según el Diccionario de la Real Academia Española, es una aserción inverosímil o absurda, que se presenta con apariencias de verdadera. Figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven en contradicción. Así tu libro y nuestra tarea Rebeca: dejar de ser lectora para trabajar por los que van a leer, situarse no enfrente, sino atrás del mesa banco como si fuéramos también quienes leeremos esos libros que hoy tendremos la oportunidad de hacer.

Rebeca, gracias por esta invitación a conocerte y a leer el libro cuya elaboración y proceso puedo imaginarme. No es tarea menor reunir 32 plumas para escribir sobre el libro mexicano que se ha constituido como la columna vertebral de la enseñanza en las aulas de educación básica de México. Antes de tu libro, mi personaje histórico favorito educativo, aun con sus luces y sombras, era José Vasconcelos, ahora, gracias a los textos de Engracia Loyo, Aurora Loyo Brambila y Alfonso Rangel Guerra, sin duda ha quedado desbancado por Jaime Torres Bodet, a quien me hubiera encantado conocer.

Me ha tocado sufrir, y sé que no por única ocasión, desencuentros populares y rechiflas, molestias y discusiones a causa de este o aquel error en los libros que yo no hice, pero que recibí y asumo, con el mismo privilegio que representa emprender hoy esta hermosa tarea. Por eso me ha aliviado leer, en el texto de Valentina Torres Septién, sobre aquellos padres de familia manifestándose en las calles, publicando desplegados en los diarios y quejándose por ese libro de texto único que hace más de cinco décadas el gobierno imponía como único a todos los niños mexicanos que estuvieran en la escuela. Pero también tomo en cuenta lo que Eduardo Backhoff y Luis Ángel Contreras comentan en este libro cuando se refieren a la evaluación: “En mi opinión y en la de muchos autores”, dicen, “el contenido de los textos escolares debe ser visto entre algunos otros aspectos como:

La expresión concreta de los planes y programas de estudio.
La legitimación de un tipo de conocimiento en detrimento de otro.
El resultado de batallas académicas y de compromisos políticos, económicos y culturales.”

He ahí buena parte del reto que bien describe Raúl Ávila, casi al final de Entre paradojas: “Cuando en octubre de 1978, el secretario de Educación Pública, me invitó a encargarme como editor responsable o coordinador general de los textos de español de la tercera generación, pensé, ingenuamente, que mi experiencia sería suficiente para aceptar la responsabilidad. Así que le dije: ‘Yo sé lo que se siente cuando una errata se repite por millones de ejemplares. He sobrevivido a ese estigma y, si usted puede tolerar mis errores, acepto.’ Y así empezó todo.”

Rebeca, no conocía a la “fabulosa y santa Hermana Salvadora de los Santos, india otomí, donada del Beaterio de Carmelitas de la Ciudad de Querétaro, alta de cuerpo, fornida para el trabajo, de notoria virtud, que aunque sencilla no era tonta y que se afervorizaba hablando de tal suerte que confundía con sus razones a quien la provocaba. Con conocimiento de medicina, teatro, danza, buena para domar caballos salvajes, encontrar objetos perdidos y leer los pensamientos de las mujeres”, cuya vida ejemplar, narrada por Antonio Paredes en 1762, se convirtió en un clásico de la enseñanza escolar para los alumnos mexicanos durante tres décadas antes de la Independencia.

Hoy quisiera recuperar ese texto, que cuenta Dorothy Tank en tu libro, sobre la india a la que primero se veía con escarnio y luego se veneró hasta convertirla en ejemplo social y objeto de comparación para las mujeres españolas, quienes, según su autor: “preciadas de nobles y entendidas, con más auxilios, luces y alcances, no quisieron seguir el camino del Cielo, eran engreídas con los placeres del mundo”.

Tuve que dejar pendiente, en el buró, Purga de Sofí Oksanen, que de verdad me estaba gustando, para cumplir con tu invitación que nos hace coincidir aquí Rebeca. Si no me equivoco, fue hace casi seis meses, justo cuando acababa de incorporarme a esta nueva encomienda en la SEP, cuando me llamaste para pedirme que asistiera hoy. Hasta este viernes te conozco, es por ello que te agradezco y cierro con tres últimas confesiones:

Primera: Trabajé en la SEP, en este mismo sitio al que ahora vuelvo, hace ya 11 años, cuando recién venía llegando de Baja California. Mi hija Abril, que hoy tiene esa edad, aprendió a caminar en el edificio de Cuauhtémoc que albergaba entonces a la Subsecretaría de Educación Básica. Sus primeros pasos fueron desde una pared hasta la rueda de la fortuna de madera que todavía existe en la oficina del Programa Nacional de Lectura, a donde entré a trabajar. Yo estaba en una junta, como sigo estando casi todos los días, cuando una amiga entrañable, Carola Diez, gritó: “Laura, sal, corre que tu hija ya sabe caminar”. Fue ahí que conocí a Elisa Bonilla, a quien vi trabajar cinco años con una pasión y talento poco comunes, desde mi perspectiva, responsable de la mejor generación de Libros de Texto Gratuitos de la época reciente, por eso es un honor compartir con ella, contigo y con Joaquín, esta mesa.

Segunda: Esta tarea de volver a la SEP ha obligado a revisar nuestra producción actual frente a los tiempos y los niños que hoy asisten a la escuela. No sé en qué momento la imagen perdió su valor en el libro de texto, en qué momento el libro perdió su valor, ni cuándo las palabras comenzaron a amontonarse tanto y sin sentido hasta extraviar al lector que está en la escuela. Pero sé que estamos revisando de la mano de muchos esta labor de hacer libros de texto, que es de enorme importancia. ¿Si el libro debe seguir siendo único?, ¿qué tanto de sus contenidos pueden ser digitales o audiovisuales y qué tanto debe seguir estando en el papel? ¿Debe volver el cuaderno de trabajo? ¿Cuál es la mejor forma de trabajar la lectura y la escritura de manera transversal?, ¿hasta dónde la participación de la industria editorial?, ¿cuántos libros deberías hacer la SEP y cómo ir caminando hacia la autonomía de la escuela en la producción de materiales? Y lo más importante: ¿qué tipo de mexicano estamos imaginando a través de nuestros libros? Éstas son algunas de las preguntas que nos estamos haciendo para pensar una nueva generación de materiales educativos que incluso pueda surgir de las escuelas, y tu libro Rebeca, abona muchísimo a esta reflexión.

Yo lo sabía, por eso, unas semanas antes de que me llamaras, cuando llegué a la SEP pregunté por ese libro negro de los 50 años de los libros de texto que hoy nos has invitado a presentar. De todo lo que en él he podido leer, muy particularmente citaré una de las partes que más me gusta, justamente contenida en tu texto “Avatares de la enseñanza en Español”, que incluye el mensaje imaginario para la SEP de los niños, quienes señalan sobre sus libros de Lecturas y Español:

- Yo digo que le pongan un poco más de poesía y menos de lectura.
- Que le pongan más fantasía y bonitos dibujos.
- Sí, que tienen que poner mejor información.
- Les digo a los de la SEP que es muy simple, y la portada no es bonita.
- Que sea más grande y más interesante, y que le pongan menos autoevaluaciones.
- Gracias por inventar este libro de Español.

Tercera: Hemos tenido la fortuna de coincidir en esta labor con un excelente equipo de la Conaliteg, con el cual se puede dialogar, construir, encontrar soluciones, pues la nuestra es una tarea compartida. Por tanto, gracias estimado Joaquín, esa gran capacidad de comunicación siempre ayuda a que las cosas funcionen, y aprovecho para pedirte una disculpa, esperando que no te moleste. En esta tarea de repensar el libro de texto, estos que traigo para la presentación nos han servido para preguntarle a mucha gente de este estado y de algunos otros: ¿qué significó para ti el libro de texto?, y entonces, los entrevistados, de diferentes edades, al tener en sus manos los libros que llevaban a la escuela, lloran, se ponen nostálgicos, recuerdan sus años más felices, vuelven al pasado y descubren el gran valor que estos textos dejaron en sus vidas.

El de La Patria, es mío, comprado, como dije, en el bazar de la Roma. Pero los otros dos, estimado Joaquín, esos que sí llevé durante mi primaria, no me pertenecen, nos los ha prestado la Conaliteg, tu equipo. También por ello muchas gracias, pero no desconfíes, ten la certeza de que los cuidaré como lo que son, mis favoritos, serán devueltos sanos y salvos, como si yo tuviera diez años y me los hubieran dado en la primaria, como si todo el año hubieran estado en mi mochila, como si pudiera tomar un lápiz y escribir en su lomo: “Este libro pertenece a Laura Athié, estudiante, Quinto grado de Primaria”.

Publicado en el Boletín editorial del Colegio de México. Núm. 166, noviembre-diciembre de 2013. Presentado en el XII Congreso Latinoamericano para el Desarrollo de la Lectura y la Escritura / IV Foro Iberoamericano de Literacidad y Aprendizaje. Puebla, 13 de septiembre del 2013. / Versión Adobe Digital en: http://libros.colmex.mx/index.php/boletin-editorial/be1166

* Mexicana de origen libanés, orgullosa madre de Abril y cachanilla por convicción. Decide dejar su cargo como Directora General Adjunta de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública, que ocupó hasta el primer semestre del 2014, en el que tuvo la oportunidad de participar en la concepción y producción de la Nueva Generación de Materiales Educativos para educación básica que llegará a todas las escuelas del país en el Ciclo Escolar 2014-205, para dedicar más tiempo su hija que entrará a la secundaria, escribir todo lo que desde hace tiempo quedó en el tintero mientras era funcionaria y estudiar panadería orgánica. Hoy colabora con el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, como parte del equipo de la Dirección de Evaluación de Políticas y Programas Educativos.