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El Desorden, un espacio acogedor

Imagine que llega a su casa después de un arduo día de trabajo, con un trayecto donde el tráfico vehicular estuvo prácticamente insoportable y para colmo al abrir la puerta de la casa se da cuenta que todos los juguetes de su hijo menor, están tirados por toda la sala.

En ese momento piensa llamarle la atención al “pequeñin” y exigirle que guarde todo en su lugar. Pero se contiene, respira, cuenta hasta diez y le pide al niño que ordene todo ese tiradero.

Su hijito obediente que es, empieza a acomodarlos en su lugar, pero más tardo usted en darse la vuelta que el niño de olvidarse de la tarea encomendada, reiniciando su lúdica actividad infantil con un juguete que hacía ya unos minutos había dejado abandonado.

La mamá al darse cuenta de ello puede pensar que todo está perdido, que el hijo no tiene más remedio, que la causa ha fracasado y que muy probablemente sea así para toda la vida.

En realidad el asunto puede no ser tan grave como pudiera parecer, y vamos a explicar por qué.

Primero es importante saber que para un niño de tres años la palabra orden no tiene ningún sentido.

El pequeño no comprende claramente qué se le está queriendo pedir cuando se le dice que ordene sus juguetes, por ello es importante que al momento de indicarle que ponga en orden sus cosas, papá o mamá le den el ejemplo de cómo hacerlo para que él pueda imitarlo.

Cuando el niño tiene unos seis años es posible que ordene su cuarto con el único fin de darle gusto a mamá, el asunto está que si a la mitad de la operación se encuentra con su juguete preferido, empezará a jugar con él dejando en el olvido su noble intención.

No sucede lo mismo con los niños de ocho años, ya que ellos no entienden porque los papás se ponen como locos cuando el cuarto está todo desordenado, pero en aras de llevar la fiesta en paz, hacen un esfuerzo por ordenar su espacio.

Los papás no comprendemos por qué los niños no ven necesario el orden en su vida, la razón es muy sencilla, ellos simplemente ven el mundo con otros ojos. Y esto tiene relación con el tamaño de su cuerpo y el espacio que necesitan a su alrededor.

La psicoterapeuta Laura Rincón Gallardo, reconocida mundialmente por su trabajo en terapias de contención, comenta que a un niño pequeño muy poco espacio lo hace sentir apretado y mucho espacio lo hace sentir vulnerable, incómodo, perdido.

Esto quiere decir que sí el niño siente que está en una habitación demasiado grande para él, empezará a regar cosas por todos lados, buscando de esa manera llenar el vacío que siente y hacerse un espacio más acogedor.

No olvidemos que los niños estuvieron en un espacio reducido y apretado durante 40 semanas, además cuando eran bebés les daba mucha seguridad ser envueltos para dormir y tranquilizarse, y no sentir así el espacio inmenso y vacío.

Es muy común ver cómo nuestros hijos llenan su cama con muñecos de peluches y juguetes cuando van a dormir, y llenan las áreas vacías para sentirse seguros y acogidos.

Cuando son un poco más grandes alrededor de los 10 años se sienten mejor en un cuarto lleno de cosas que le gustan o coleccionan, así como dibujos o posters pegados en la pared.

A los 11 años es probable que el orden llegue, pero en la adolescencia se vuelve a perder, dice Rincón Gallardo que esto se debe a que en esa edad el joven tiene una necesidad de seguridad muy grande, por lo cual su cuarto llega a parecer un muladar.

“Puede pedírsele que ordene una vez a la semana, pero no hay que esperar que se vuelva un valor personal, por lo que los padres deberán preguntarse: ¿Vale la pena pelear continuamente con mi hijo porque tiene su cuarto desordenado?”.

La situación puede cambiar cuando el chico o la chica se enamoran, ya que su autoestima crece y con ello la condición de su cuarto. Sin embargo algunos adultos son desordenados toda su vida, porque siguen teniendo necesidad de reducir el espacio a su alrededor para sentirse seguros.

Sin embargo, cuando los padres son ordenados en su vida y en sus cosas, la misión no ha fracasado por completo, ya que hay una gran probabilidad de que sus hijos los imiten. Aunque esto no llegue a suceder durante la infancia, es muy probable que lo hagan cuando lleguen a adultos.

Pero para que ello ocurra es necesario perseverancia por parte de los papás, acompañamiento, ejemplo diario, una buena comunicación, relaciones armónicas, de tal forma que los hijos quieran ser como papá y mamá.

No es una tarea sencilla, se requiere de trabajo diario pero vale la pena el esfuerzo.