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De cuando murió mi Walkman o Algo sobre la chica de los cabellos rosas

Laura Athié, Tejedora de historias
laathie@gmail.com /Twitter @lauraathie
www.tejedoradehistorias.com

Monstruo de papel, no se contra quien voy, ¿o es que acaso hay alguien más aquí? (Lucha de gigantes, Nacha Pop)

1985. Septiembre y polvo

Llegábamos de Tijuana para encontrar una ciudad devastada, en escombros, igual que mi familia.

El espectáculo que nuestros ojos vieron del aeropuerto rumbo casa, me hizo imaginar la guerra por la que mi abuelo abandonó el Líbano.

Hicimos un trayecto mudo observando edificios caídos, rostros tristes, hombres con cascos amarillos sobre de montañas de escombros. Pronto cumpliría los 15 años y no reconocía la ciudad que me vio nacer.

Mis hermanas y yo estábamos desconcertadas, de inmediato nos invadió la tristeza. Nuestro chofer, Sabino, que nos iba narrando lo sucedido, solía cantarnos cuando arreciaba el tráfico. Esa tarde entonó El último beso, su canción favorita, tratando de distraernos para que no volteáramos a las ventanas del auto que cruzaba un centro derruido rumbo a Ciudad Satélite.

No sabíamos qué hacer, aunque mi padre nos esperaba: estoy bien, los tanques de ácido sólo se movieron de sus bases, pero no se ha caído nada, dijo una noche antes por teléfono. En esa década él tenía una empresa de productos químicos, que transportaban ácidos de cualquier tipo desde Veracruz hasta Mexicali.

Le pedimos a Sabino que se detuviera y nos bajamos en contra de su voluntad, para repartir lo que traíamos en las bolsas: chocolates y paletas. Tomadas de las manos para no perdernos, mis hermanas y yo caminamos entre la gente, abrazando a quien se dejara, diciendo adiós, saludando, como si con eso aliviáramos el dolor de quienes lo había perdido todo.

No vivimos el temblor, sólo sus consecuencias que intentamos remediar volviendo de nuevo durante varios días para repartir dulces a los rescatistas y policías, sin el permiso de nuestros padres que por entonces parecían felices, gracias a la complicidad de Sabino, nuestro cantante chofer, que se comía la mitad de las provisiones que regalábamos a quien se cruzara por nuestro camino.

1985. Diciembre Punk

De ninguna manera iba a ponerme un vestido con crinolina, odiaba el vals, yo jamás quise una fiesta de 15 años, lo que ansiaba era salir huyendo. Mi hogar era una familia, pero extraña. Compartíamos una verdad que nadie se atrevía a decir. No había gritos pero tampoco amor entre mis padres. La nuestra era una unión tolerable en tiempos en donde la sociedad todavía sentía lástima por los hijos de parejas divorciadas.

Cuando el avión despegó y caí en cuenta de que pasaría 7 horas con él, sentí pavor: ¿de qué hablaríamos?, ¿cómo me iba a divertir a su lado?... Quería hacer ese viaje pero, ¿de verdad iba a pasarla bien con mi papá?... Pensaba en un plan para salir de ahí pero fue imposible, a mi derecha un hombre inmenso dormía como un niño y a mi izquierda, mi padre había empezado a roncar.

Encendí mi Walkman para escuchar Mecano, pero extrañamente, tras subir a ese vuelo, no funcionó más. Fue como si alguien lo hubiera asesinado.

Liza y el peluquero francés

Estaba muy enojada y a pocos kilómetros de conocer la visión de no futuro que los jóvenes en Europa profesaban sin saber exactamente cómo iba a terminar el mío. Si la filosofía Punk se resumía en "hazlo a tu manera", mi filosofía de vida era “aprende a rascarte con tus propias uñas y deja de llorar, porque nadie va a ayudarte”.

Me gustaron sus peinados de pico y las botas negras extravagantes que llevaban. Los miré detenidamente todo el viaje y poco a poco, fui comprando por aquí y por allá, un atuendo escandaloso que no era el mío, pero que usé con gran felicidad, por varios años.

Yo no sé por qué razón estudiaba para educadora cuando lo que menos me interesaban eran los niños. En realidad quería viajar y no detenerme hasta recorrer el mundo, pero estaba ahí, en el salón de clase, junto a 25 jóvenes como yo, recién entradas a la adolescencia, escuchando sobre cómo Freud hablaba del sexo, frente a las caras de espanto y curiosidad de mis compañeras y la aparente desenvoltura de la maestra de psicología.

¿Qué tendrían que ver el sexo y el complejo de Edipo con los niños de preescolar a los que nos enfrentaríamos pronto? ¿Porqué cantar “arriba Juan, arriba Juan, hay que ir a la escuela” cuando lo que yo soñaba era en tener un novio, y los cabellos parados como Ana Torroja?

La maestra, de nombre Hanna, me pedía que bajara los pies de la banca y me pusiera los zapatos. No, le dije, no quiero, yo soy rebelde.

Era una rebelde con un profundo enojo, en un salón de mujeres estudiantes para educadoras.

- Ponte los zapatos, dijo.

Yo había entrado al bachillerato técnico con el cabello a la cintura, recién salida de una escuela de monjas. Temerosa de ver a los chicos a la cara, no podía creer que la puerta de la entrada a la escuela estuviera abierta. Podíamos salir, faltar a una clase o a todas si queríamos, no había más monjas guaruras resguardando nuestros movimientos.

Volvía de un viaje de mes y medio, para descubrir que ese tiempo sobra y basta cuando se quiere disolver un matrimonio. Mucho tiempo lloré tras enfrentar a mi padre, que con su ternura habitual me dijo, a plena calle: carajo, ¿qué te hiciste?, ¿por qué te cortaste el pelo?, ¡te desgraciaron!

Decidí acompañar a una mujer que conocimos en París a una estética, que según decía ella, era muy renombrada. Además me aseguró que sabía hablar francés, nada más falso. Sin pensarlo me encontré sentada frente a un espejo con un hombre que me mostraba la foto de Liza Minelli, para salir rapada, con las patillas curvas hasta la oreja y un corte horrendo que no pedí.

Hanna estaba entrada en los cuarenta, rubia, de tez blanca, mirada triste pero firme. Inteligente, de hablar pausado y buena argumentación. Nerviosa. Parecía que controlaba cada movimiento cuando se enfrentaba al grupo. Quieta, ponía en el pizarrón el tema y comenzaba, siempre con una pegunta.

El nuestro era un salón iluminado con bancas tipo paleta de madera y tubo. Mis compañeras eran en su mayoría hijas de buenas familias, matrimonios cimentados, católicas, egresadas de escuelas de paga o públicas con beca. Todas bien peinadas, con gel, coleta, moños. Pocas usaban maquillaje y si era esa el caso, sólo con algo de rubor o labial.

En cambio yo, vivía el divorcio de mis padres con el cabello corto de un lado más que del otro, llevaba cuatro aretes en cada oreja, de diversos tamaños y formas. Solía ponerme una laca llamada Súper Punk en la cabeza, para que el peinado quedara fijo.

Usaba un rímel azul fosforescente que combinaba muy poco con las cadenas gruesas de metal que me colocaba en el cuello, pero hacía una mancuerna fantástica con mis calcetines: naranjas, azules eléctrico o rosas.

Mi atuendo escandalizaba a las maestras, pero fascinaba a mi padre y a mis pequeños alumnos.

Ninguna otra maestra practicante de preescolar tenía como yo, tantos artilugios llamativos en el cuerpo o el rostro, sensacionales a la vista de los niños.

- No los bajo, dije.
- Pero molestas a la compañera de enfrente, decía Hanna, la maestra de psicología. Sus manos temblaban, el Parkinson comenzaba a hacer estragos en su ya malograda salud. Sin embargo, no cedía:

- Baja los pies, ponte los zapatos. Tu compañera está molesta.

Mi compañera, una de las niñas más aplicadas del salón de nombre Paloma, no decía nada, me miraba cómplice, reía discreta. El resto del grupo cuchicheaba, apostando quién ganaría la afrenta. ¿Me saldría del salón otra vez? ¿Sería expulsada de nuevo?

Ese año mis padres decidieron divorciarse. Mi madre se había quedado en la casa familiar con mis hermanas. Yo vivía con mi papá en un taller mecánico. Entonces comencé a pensar que no valía la pena cifrar esperanzas en nadie, porque tarde o temprano te iban a traicionar.

- ¿Laura, qué te pasa? ¿Por qué estás molesta?, dijo Hanna.
- No estoy molesta, dije, soy punk, y los punks somos rebeldes, vamos a cambiar al mundo.

Las risas del salón cesaron. Hasta el momento no existía ninguna punk en la escuela ni mucho menos, una que hubiese sido expulsada varias veces o que tuviera 10 limpio en las materias y a la vez, resultase reprobada y con extraordinario por faltas, como yo.

Solían colocar las calificaciones en una de las paredes del muro de la entrada, así todos podían mofarse o congratular a quien resultara el mejor posicionado. Athié estaba siempre en primer sitio, por la “A”, por la estatura, por el color rojo que resaltaba en la lista: Laura Athié, Matemáticas: Calificación, 10. Extraordinario: Por ausencias.

La verdad no me importaba mucho, la escuela no me gustaba desde la secundaria.

Yo no quería entrar a clases, odiaba el cigarro pero fumaba, no me gustaban las cervezas pero quería olvidarme del mundo. Todo me aburría menos leer. No tenía novios, ni amigos. Muchos de la escuela y del salón temían acercarse a mí. No así los niños del jardín, no así Paloma Pereda, la alumna más educada, mi mejor amiga hasta la fecha.

Solía convertirme en el punto de atracción tanto para la agresividad del grupo, como para el entretenimiento. Sin embargo, aunque la clase de Hanna jamás me emocionó, fue una maestra que definitivamente tocó mi corazón.

Sin decirme nada respetó mi duelo, me enseñó que ser de pequeña estatura y distinta a los otros no tiene nada de malo y que así puede enfrentarse la vida, aunque uno sufra una terrible condición. Sin jamás levantarme la voz ni tampoco regalarme caricias, me dio una seguridad impresionante que aún conservo cuando alguien, por increíble que parezca, busca la manera de molestarme.

1992. Vuelo a Mexicali

Jamás supe qué sucedió con ella hasta que muchos años después me di cuenta que fue entonces cuando comencé a escribir. Usaba mi diario o la máquina Olivetti que cargaba los miércoles emocionada para llegar a clase de taquimecanografía en secundaria.

Fue ahí, sacando el enojo y escuchando a Hanna, que puse en la página blanca lo que verdaderamente soñaba con contar a todos, pero no decía.

Ella me ayudó, con su sola mirada y actitud, a encontrar fuerza dentro de mí, aún con el dolor que la separación de mis padres estaba significando en la chica más punk y pequeña del salón.

La encontré muchos años después, en 1992, por casualidad antes de irme a vivir a Mexicali. Deteniendo su paso me dijo que me miraba hermosa y que había escuchado por ahí de mis andanzas, ya ves Laura, lo sabía, la tuya será una buena vida, ¿sigues enojada?

Habían pasado varios años de mi rebeldía, ya no tenía más colores rosas en el cabello ni en las pestañas. Mi padre, el señor extraño del avión que en 1985 me llevara a ser punk, con quien no sabía qué platicar, se volvió mi mejor amigo.

Bajé los pies, como me lo pedía la maestra, pero a la tierra.

Esa vez, cuando tomé el avión rumbo a Baja California, me fui pensando en la tarde de los calcetines: “Laura, me dijo Hanna, entiendo que seas rebelde y Punk, pero nadie tiene la culpa de lo que estás viviendo. La rebeldía no se te va a quitar nunca, aprende a vivir así, no es necesario que te pelees con el mundo. Encuentra otra manera de gritar, calla a esa niña enojada que llevas dentro”.

Fue a partir de entonces, tras la muerte de mi Walkman y después de varias horas de escuchar el coro de ronquidos de mi padre en el avión, que tomé una pluma y empecé a escribir en una revista. Escribí y escribí en los espacios blancos y cuando no había espacio, encima de las fotos, en el pase de abordar y la bolsa de mareo.

Escribí hasta que se me fue quitando la desesperación, hasta que los gritos de auxilio se volvieron letras y hasta que la rebeldía se me escondió por ahí, en algún sitio secreto que desconozco.

Laura Athié: Mexicana, madre de Abril y especialista en difusión de políticas públicas. Maestra en Política Educativa por el IIPE UNESCO París, comunicóloga por la Universidad Autónoma de Baja California, ciclista convencida, amiga y palabrera. Confiesa aquí que sigue escribiendo con desesperación para no gritar, aunque a veces la rebeldía asoma y se le sube a la cabeza y se dice, tiene por ahí, algunos pares de calcetines de colores.