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De cuándo mi madre se escondió en el cubo del baño

Laura Athié*, Tejedora de historias
laathie@gmail.com /Twitter @lauraathie
www.tejedoradehistorias.com

“No importa la escuela, ¡todos somos uno!”,
pancarta en la marcha de los estudiantes el 23 de mayo del 2012.

Nunca nadie me habló de eso y sin embargo me asustaba. Todavía siento que me palpita el corazón. Era una curiosidad insoportable, asesina. Varias noches soñé con balas, incluso llegué a imaginar que una me atravesaría, que me iban persiguiendo, que de agarrarme me iban a matar.

Tuve que esperar a que mis padres se ausentaran para atreverme a abrir el cajón. En una de esas salidas nocturnas, aproveché que mis hermanas dormían para hacerlo. Yo sabía que a mi madre le molestaba que yo tocara sus cosas, pero su habitación era como una invitación a entrometerme a un mundo mágico y prohibido, así que entré.

Pero esta vez no pensaba ponerme sus zapatos altos, ni sus perfumes, aretes o vestidos. Esta ocasión sería peor, pero no me importó. Todavía siento la respiración entrecortada cuando comencé a hojearlo.

Y parece mentira pero así fue, en ninguna clase, en ninguna escuela, ni siquiera en la universidad, nadie me lo contó. Tal vez sería el cuarto semestre cuando vi en una pared de la facultad que solíamos llamar el Muro de los Lamentos, algunas fotografías y consignas, ya muy tardías para mí, estábamos en 1994. No fue sino hasta hace unos meses, cuando mi madre vino de visita, que me contó su versión.

Pero esa noche, en que mis padres no estaban, definitivamente me cambió la vida.

Lo primero que encontré fue un libro en tono cian, de un autor que desconocía, era una portada bicolor con un gran can negro al centro, que miraba a la luna, Ojos de perro azul, de Gabriel García Márquez. No me interesó mucho y pasé al siguiente, eso no era lo que estaba buscando.

Entre la revista Interview con la mujer más desnuda que jamás había yo visto en la portada y una especie de cinto rojo con la palabra "Exclusiva" escrita sobre sus senos y un diminuto libro verde con garabatos extraños y caricaturas que parecían dibujadas por niños que decía “Rius, La Panza es primero”, lo encontré.

¡Ese era el libro que buscaba!, para mí, sin nadie que interrumpiera mi lectura, sin las preguntas insistentes de mis hermanas, sin la amenazante nana Elitania diciendo: te va regañar tu mamá y sin mi mamá que seguramente estaría bailando salsa en alguna boda con mi padre.

Lo tomé, no sabía con exactitud de qué se trataba, estuve a punto de soltarlo cuando debajo encontré otro, de portada felina y extraña, con un par de ojos al centro y un lunar en el entrecejo de la mujer que retrataba el libro que decía: “A calzón amarrado”, de Irma Serrano.

Había abierto el cajón con llave, la Caja de Pandora y no la cerré sino muchas noches después, cuidando de acomodar todo lo que estaba ahí dentro, de la misma forma en que lo había encontrado.

Yo no sabía quién era Elena, ni dónde estaba Tlatelolco, ni por qué esos jóvenes retratados en blanco y negro con sangre en la cabeza, tirados en el suelo, empujados por policías que se hacían llamar granaderos, llevaban las manos sobre la nuca y estaban siendo apuntados en fila por bayonetas.

No sabía lo que pasó esa noche pero seguí leyendo hasta que un día, de la desesperación que me causaba no encontrar respuesta a la serie de preguntas que me dieron insomnio, me llevé el libro a mi cuarto para leerlo cuando los demás hubieran apagado las luces.

Estaba yo ahí, con la cabeza gacha y los ojos pegados al libro, con mi lámpara de mano debajo de las sábanas. Tendría entonces la edad de mi hija Abril, que recién acaba de cumplir 10 años.

Durante varias noches miré una y otra vez la foto de los zapatos y la sangre en el piso, la imagen de la puerta de la iglesia que jamás abrió y los rostros lejanos que apenas se alcanzaban a ver, de la gente que asomaba por los edificios.

Jamás pisé Tlatelolco hasta esa edad, era 1980 cuando nos llevaron al edificio de Relaciones Exteriores que ahí se ubicaba para sacar un pasaporte familiar. Entonces la reconocí, era la plaza dónde los asesinaron.

No pregunté nada porque se suponía que una niña de mi edad no sabía eso. Guardé silencio para que mis padres no se dieran cuenta de que --según yo-- lo sabía todo, pero una noche, mi padre me encontró leyendo La Noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska y me explicó lo que había sucedido. En lugar de molestarse conmigo, pasamos conversando más de una hora.

Mis padres no fueron a la universidad, pero antes de que yo naciera vivían en el Edificio Chihuahua, en Tlatelolco. Laura, mi madre, con apenas 18, años fue fácilmente confundida con estudiante. Ella y mi papá trabajaban desde hace mucho tiempo en el Mercado de la Lagunilla.

Después de que mi padre me contara todo, me llevó de nuevo ahí y terminó de platicarme sobre la matanza cerca de la plaza. Pasamos por las calles en dónde él, junto con muchos otros, corrió por dónde pudo para huir de las balas: la gente pasaba por encina de los cofres de los carros, se amontonaban unos sobre otros, me dijo, y los siguieron amontonando varios días después, en esta calle o aquella, pero ya muertos.

Nada salió en los medios o por lo menos, nada como nosotros lo vivimos.

Mucho tiempo conservé esa imagen de él corriendo despavorido sin saber lo que pasaba y la de mi madre y mi abuela escondidas en el cubo del baño, para que no las encontraran los granaderos.

Luego, como a mis 12 años, mi mamá encontró un pedazo de la primera plana de El Sol de México de aquellos días, lo guardé para que supieras lo que pasó cuando naciste, me dijo: una mujer de piernas largas y gran sonrisa que corría por una pista con pantaloncillos cortos llamada Queta, cargaba la llama olímpica; otra foto del hombre que llegó a la luna y una más, que me intrigó mucho, dos atletas de color sobre el podio, levantaban el puño con un guante negro en alto y se hacían llamar Panteras Negras.

Pero nada de los estudiantes ni del baño se vio en ese periódico que me regaló mi madre, nada de las balas y la lluvia, nada de lo que mis padres me habían contado, ni mucho menos de lo que leí una y otra vez en ese libro del cajón prohibido. Tuve entonces que emprender mi camino para encontrar verdades que nadie me diría con certeza jamás.

Hace poco visitamos el Memorial del 68. Mi madre me fue contando, frente a cada imagen y video, lo que desde su mirada sucedió. No estaba en el cubo del baño, sino a unas calles con mi abuela en el puesto de la Lagunilla. Hasta allá se escucho todo, dijo, ráfagas, gritos, pólvora, humo. Como ella, muchas otras personas me han platicado cómo lo vivieron.

¿Cuál es la versión real entre tantas verdades?... ¿cómo se habrán sentido aquella noche, en aquel terrible encuentro con la muerte los estudiantes y quienes estaban en medio de la plaza?... ¿cómo se escucharon las ráfagas de las balas, a qué olía?, ¿de qué color se habrá pintado el cielo?... ¿Qué sintieron los soldados?, ¿qué tendría en la cabeza quién ordenó ese ataque?...

Tranquilízate mamá, me dijo Abril este sábado cuando al entrar a esa misma plaza vi nubes de pólvora en el cielo. Son cuetes, de los que se truenan en las posadas, no está pasado nada, y me tomó de la mano hasta llegar frente a la iglesia en donde los estudiantes del movimiento #YoSoy132 se congregaban.

Vivimos en una de las zonas más activas de esta gran ciudad, cientos de marchas han pasado cerca de nuestra casa, por aquí desfilan maestros, agricultores desnudos, enfermeras, choferes de microbús, trabajadores de Luz y Fuerza del Centro, todos, desde la Marcha del Orgullo Gay hasta la Feria de las Culturas Amigas, pero nunca habíamos escuchado un llamado en voz alta, formado de tantas voces, que nos erizaran la piel.

Yo seguí caminando con el sonido de los truenos mientras me preguntaba hasta que punto se nos metió el miedo, ¿hasta que parte de los huesos logró entrar?, ¿en qué esquina de nuestros recuerdos se esconde?...

- Mamá, no temas.

No cariño, le dije y fuimos avanzando, era sólo que de pronto se me agolparon en la mente cientos de imágenes monstruosas que para mí, de niña, fueron terroríficas, inexplicables, que quedaron grabadas para siempre, aunque jamás las viví.

No tengo miedo, le dije, fue sólo que así, como de la nada, me llegó la serie de gritos y llantos y miedos y pies descalzos que huían de la masacre que no me tocó, que no fue mía y que sin embargo me impactó.

No era precisamente miedo, era algo que me apretaba desde el esternón hasta el vientre y no me dejaba respirar, cuando fui poniendo atención y escuché, justo al medio de esa misma plaza, ahí en el sitio en donde vivían mis padres, la voz femenina de una estudiante que rodeada de sus compañeros de universidades publicas y privadas, cámaras, curiosos y policías perdidos por esta o aquella esquina, con megáfono en mano y entre pancartas gritaba:

“Alcemos la voz, denunciemos la impunidad, perdamos el miedo. Todos somos Tlatelolco, todos somos el Halconazo, todos somos Acteal, todos somos Atenco, todos somos 60 mil muertos, todos somos los actos impunes del país. ¡Ya no tenemos miedo!”

*La columnista es mexicana, madre de Abril. Especialista en difusión de políticas públicas, Maestra en Política Educativa por el IIPE UNESCO, comunicóloga por la Universidad Autónoma de Baja California, ciclista convencida, miedosa de los espíritus, aparecidos y ladrones, universitaria hasta 1996, estudiante desde que salió de la universidad y hasta que cierre los ojos finalmente.