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Clases de periodismo en la cantina o De aquel profesor que parecía Pedro Infante

Laura Athié, Tejedora de historias
laathie@gmail.com /Twitter @lauraathie
www.tejedoradehistorias.com

“Los discípulos son la biografía del maestro”. Domingo Faustino Sarmiento.

Ahí estaba yo a media noche esperando a que la gente me regalara unas monedas. Había que juntar siete de preferencia de algún desconocido con pinta de egoísta incapaz de sentir piedad por nadie y mucho menos por una mujer que buscaba novio, para luego rezar hincada siete veces siete Aves Marías a un San Antonio de Padua que no tenía en casa y al que debía --en caso de querer que la manda se cumpliera-- poner de cabeza siete veces y todo porque mi profesor de Historia del Arte que parecía Pedro Infante, decidió sacarnos del salón para mostrarnos la vida.

Esa noche olía a buñuelos con piloncillo y guayaba, a mole negro, a pambazos con chile, cebolla y chorizo, a incienso y a veladoras a media luz. Estábamos en la plaza central que se rodea del Museo Franz Mayer, del Museo de la Estampa y la iglesia de San Antonio de Padua, aparentemente santo para una cantidad infinita de asuntos que iban desde el éxito en las bienes raíces y el trabajo nocturno en los cabarets, hasta los noviazgos malogrados e imposibles, detrás de Bellas Artes, en la Ciudad de México, rodeados de cientos de fieles devotos del santo, escuchando la cátedra de cultura popular de nuestro maestro que como siempre, llevaba su tradicional playera a rayas.

“Desde la primaria nos enseñan cosas inservibles” dijo. Con él no hice raíces cuadradas, pero sí aprendí a bailar salsa en un sitio arrabalero al que no hubiera entrado nunca con alguna otra maestra.

Justo en la esquina de Insurgentes Sur y Antonio Caso, cuando el Monumento a la Revolución no había sido remodelado y todavía funcionaba el Jai alai, había una señora ya entrada en años con un estómago alegre cultivado sólo cuando se es buen comedor de tortas guajolotas, que vendía tamales durante las mañanas.

Yo solía comprar tortas con tamal de chile verde y un champurrado de pinole para sostener la energía y los pantalones a lo largo del día. En aquellos tiempos era talla 13, me gustaba mucho usar shorts y jamás había entrado a una cantina.

Llegábamos a la escuela a las 7 de la mañana para desayunar con calma, más tarde era difícil encontrar buen alimento a precios razonables. Hasta me sobraba para un caldo de gallina y molleja con memela sólo por 15 pesos, mientras tomábamos el descanso entre la clase de Crónica y de Radio en una escuela de periodismo que existe aún en la Colonia San Rafael, pero dudo que con el mismo grupo de maestros legendarios.

El profesor de Filosofía que parecía un débil niño desvalido nos sacaba de clase para ir a la Cineteca a ver filmes que nuestros padres jamás nos habrían permitido presenciar. “Toda elección implica una renuncia”, aseguraba. Renunciar a las bancas tipo paleta para ir al cine no fue difícil para nosotros que estábamos ávidos de aprender.

Después de ver la película, oír al director o a los actores, tomábamos asiento en las gradas del cine o en la calle para discutir. Sus clases terminaban en algún café o pizzería. Él no era maestro de cantinas sino de meditación y paz.

Otro profesor de nombre Pedro saludaba a veces, si es que venía de buenas y luego repartía misiones imposibles: “Tienes 20 minutos para entrar a la rueda de prensa que ofrece Fidel Velázquez y sacarle una entrevista”. Esa fue la primera misión que recibí, para aprender a ser periodista.

Esa tarde, cuando recién iniciaban nuestras clases, me fue sencillo entrar al edificio de la Confederación de Trabajadores Mexicanos que se ubicaba calles atrás de nuestra escuela, tampoco acercar la grabadora a la silla de Don Fidel fue complicado, lo verdaderamente tortuoso fue tratar de entender media hora más tarde qué es lo que el dirigente sindical más emblemático de México intentaba decir.

Por más que regresaba el casete y subía el volumen de mi grabadora Sony, no lograba comprender nada. Yo vi algo parecido a un muñeco de ventrílocuo al que le empujaban la silla hacía el frente y le movían un brazo y luego el otro para que pareciera que estaba vivo, y lo estaba, hablando frente al micrófono con una voz incomprensible y centenaria de palabras arrastradas sin casi abrir la boca que no entendí. Escribí así la primer crónica de mi vida.

“Pero si hablas de todo menos de Don Fidel”, me dijo el profesor. El color de las cortinas, los gritos de los sindicalistas, el comportamiento de los periodistas según su diario. Reseñé absolutamente todo menos lo que dijo aquel hombre senil que parecía de cartón y que no movía la boca pero emitía sonidos.

“Tú vas a la esquina y escribes una reseña del choque del trolebús y tú el de atrás que parece no rompe un plato, corres a la cantina y entrevistas al señor del bar que sirve las cervezas y tú Laura te me vas al PRI y me traes alguna declaración”. Había que volver antes de la 5 de la tarde a escribir la nota a mano mientras le ponías a la grabadora pausa y play.

Esas fueron las mejores clases de periodismo que he tenido en mi vida.

En una ocasión un hombre sin cabello, de cuerpo enjuto y pantalones tipo Tin Tan se rascó en la clase la entrepierna frente al espanto de una compañera de Veracruz. “¿Qué le pasa?, ¿se asusta? ¿Jamás ha visto un hombre?, ¿no sabe lo que hay debajo?, ¿nunca la ha dado comezón señorita?, dijo mientras se bajaba los pantalones. Se llaman calzones y se llama pene señorita y se llama comezón y es natural.

Deje de asustarse, comience a vivir, dígale a sus padres que la liberen. Estamos en los Noventa por si no lo ha notado”. Era el maestro de Teoría de Comunicación de nuestra extraña escuela, que nos daba clases en el metro y nos contaba asuntos de la guerra entre parejas por mala comunicación, porque esas sí eran batallas de verdad, aseguraba.

Pero mi clase favorita era la del maestro cuyo nombre, a diferencia de su playera, jamás recuerdo. Era una playera blanca con rayas delgadas rojas, que guardaba un cuerpo fornido y sudoroso de pescador. Los pechos musculosos del hombre que nos daba clases se movían a veces para arriba, otras a la derecha y a la izquierda para dar fe del ejercicio muscular constante de ese maestro que además de ir al gimnasio, conocía todos los museos del Centro Histórico y leía.

Hoy conoceremos una verdadera cantina. Mañana traen tacones porque nos veremos en un salón de baile. Ahora iremos a un ex convento, decía. Una tarde nos llevó a un museo. En medio del jardín principal comenzó a explicarnos qué eran las artes aplicadas y cómo se defiende uno de los espíritus de las monjas que habitaban ese recinto. Luego nos citó a las 11 de la noche en esa misma plaza para participar en el festejo de San Antonio de Padua.

Antes de que el maestro de filosofía que nos llevaba al cine se fuera al Tíbet para seguir buscando su paz interior, escribimos una y otra vez a puño y letra: sobre los patrulleros, las cantinas, el danzón, los mercados. Redactamos notas, crónicas, reportajes. Éramos, según nos indicaban, un grupo de estudiantes imbéciles: “¿Me escucha señor?, imbéciles porque no ven más allá, ¿me escucha?, no piensa más allá de su pene, ¿me oye? Crezca señor, señorita, observe más allá de sus ojos, sea mejor”, nos gritaba en el oído como soldados del ejército Sosa, el maestro que se bajó los pantalones.

Había uno que era colombiano y erudito de un hablar perfecto que parecía saberse el Quijote de memoria y otra maestra que fue danzonera de Pérez Prado y nos enseñó a mover los pies aunque fuera con un poco de ritmo para no causar vergüenzas.

Yo recibía una beca con un dinero ínfimo que me hacía feliz porque me permitía leer buena parte del día, mientras hiciera el trabajo de bibliotecaria en la escuela. Ese espacio de libros se convirtió en mi guarida de felicidad no tan secreta porque solía recibir muy de vez en cuando algún visitante que buscaba un libro o quería guardar en los cajones del escritorio alguna botella prohibida para tomársela más noche.

Los exámenes eran orales y con público real en cabinas de radio o salas de redacción. Había que aprender a ignorarlo todo y concentrase para escribir y contar los hechos. Se trataba de poner el mejor empeño para contar una historia. Había que mirar, “con cuidado y bien, ¿me entiende señor?, ¿señorita? Ponga atención a la vida que se le va, no sea un idiota. Escuche, observe, el taxista, la señora de las tortas, el policía, a su madre señor. Su madre le puede contar una buena historia. No menosprecie, aprenda a escuchar”.

Esa mala costumbre de atender con sumo cuidado hasta la conversación de quien me pide la hora, me quedó para siempre. Mirar más allá de los vidrios en el auto o de los ojos en los rostros de las personas. Escuchar a través de las palabras, escribir como si fuera a ser el último texto de mi vida.

Observar a la gente que camina en las calles o viaja en los vagones del metro para encontrar una historia, como si en la esquina izquierda estuviera sentado con su playera de rayas estilo marinero y los pechos firmes por las pesas, el maestro de arte que parecía Pedro Infante que nos dijo: “Saldremos a la calle a aprender de verdad, porque en las escuelas enseñan cosas inservibles”.

Laura Athié: Mexicana, madre de Abril y especialista en difusión de políticas públicas. Maestra en Política Educativa por el IIPE UNESCO París, comunicóloga por la Universidad Autónoma de Baja California, ciclista convencida, viajera y palabrera sin más remedio. Antes de viajar a Baja California estudió periodismo en el CEU-PART con el grupo de maestros que aquí se mencionan y con varios colegas que hoy trabajan en medios nacionales. Es la única de su generación que no ejerce el periodismo pero sabe lo que esa labor vale, por eso y por la gran admiración y cariño que tiene a sus compañeros de clase, omite mencionar el nombre de quienes solían pedirle, en lugar de libros, que de vez en cuando les guardara la botella de ron en el escritorio de la biblioteca.