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Breve historia de Manchas o Al entrar se golpeará la cabeza

Laura Athié, Tejedora de historias
laathie@gmail.com /Twitter @lauraathie
www.tejedoradehistorias.com

Sus ojos son dos preguntas húmedas, dos llamas líquidas que interrogan (Oda al perro, Pablo Neruda)

Está es mi casa, tenga cuidado, al entrar se golpeará la cabeza. Y no es que busquemos pleito o seamos guerrilleras, nada más contrario que eso. Pero no tema, pase con confianza.

Claro que hay cierta dosis de egoísmo en este asunto de golpear a los otros, más trae buena suerte, créame. Sólo tome precauciones y tenga cuidado con el perro.

Sucede que focalizo mi energía en lo que me hace feliz o de lo contrario moriría en este mundo de desesperanzas. No niego que influye el verlo caminar con la parsimonia de un viejo, fijando su atención en el suelo para no caer, siendo que antes era temible, por eso sólo pienso en la cajita blanca.

Más no ponga cara de extrañeza, le cuento. Visitamos infinidad de colonias de buen talante y mala fama tocando puertas, timbres y rejas buscando encontrarle hasta que nos vencimos. Era inútil, él no estaba ahí, sin embargo vimos muchos de cabezas enormes, colas gachas, pardos como vacas locas o zombis ausentes de color. Algunos parecían hiperactivos y con la agitación constante que se vive en casa, no necesitábamos más.

Como ve, el nuestro es un espacio blanco inundado de verdor que está en venta igual que la camioneta roja porque cada ciclo cambiamos de rumbo, oxigenamos amigos, trabajo y color de las paredes para no perecer olvidadas con el tiempo. Después de tocar el timbre y al abrir la puerta notará un resplandor más allá del piso recién trapeado que no es del pinol abrillantador, le aseguro que no hay jerga que logre la sensación de paz que nos habita. Por eso pase, es bienvenido.

Son las plantas de diferentes formas y tamaños que se enredan entre libros, asoman tras las ventanas aferrándose a los techos, las que liberan hormigas por los suelos, que en casa se respetan, pues mi madre aseguraba que anuncian la pronta llegada del dinero.

Es tanto el afán por alejarse de la realidad que vive fuera de ese sitio envuelto en amuletos golpeadores, que Abril y yo solemos creer que los deseos son posibles. Ella va poniendo montañitas de azúcar debajo de los muebles o tras el librero para que las hormigas vivan y se multipliquen sin ningún método de anticoncepción, y yo escribo historias de amor como si algún día fuera a pasar por esa puerta de la que cuelga un corazón, algún hombre valiente capaz sobrevivir en nuestro espacio de locura en el que importa más una carta que una reforma impune.

Y no es falta de conciencia civil, le repito, es que si uno no ignora las inmundicias que se leen en los periódicos, se volvería loco. Por eso, al cerrar la puerta por donde él pasó en su cajita la primera vez que le conocimos, las luchas políticas y la sangre de los muertos de la estúpida guerra sexenal, se quedaron fuera, para permitir la vida que construimos aun cuando el olor a las plantas se mezcla con mojones de caca que solemos encontrar en el pasillo.

Llegamos a pensar que lo buscado durante días, desde la casa de Avenida 100 Metros que anunciaba una especial con pedigrí, hasta el extraño lugar de La Colonia Guerrero en el que todos, incluyendo las mascotas, parecían presos de un secuestro, no existía, cuando tocaron a la puerta en donde todo invitado se golpea la cabeza con el gallo de latón chileno, los corazones de vidrio soplado de Oaxaca o los tubos chinos que cuelgan del marco.

Jamás conocí a un peruano de acento francés como ese hombre que afirmaba ser judío, pero no pregunté porque inmediatamente después de saludarle dijo, traigo la caja, con un acento tétrico. Ha sido la única persona que pasa por la puerta sin golpearse.

Abril corrió emocionada desde la sala para ver cómo era la caja blanca, en realidad un envase mediano de tuperware de gelatinas que guardaba dos colas bicolores diminutas.

El espectáculo del hombre con la caja plástica en los brazos y Abril gritando emocionada, es una escena inolvidable.

La destapé, los ojillos negros y pequeños como canicas brillantes del cachorro, me miraron. Era tan curioso como la niña que le recibía. Su tamaño equivalía a mi antebrazo, lo tomé con una mano para medirlo. Mira Abi, dije, es un pequeño bebé como tú.

No venía sólo, comenzó a lamer. En la esquina del tuper se había quedado su hermana. Más delgada y dormitando, reclamaba gruñendo su derecho a dormir.

Sentimos que pertenecía a este hogar de historias. Supimos su nombre cuando corrió a meterse entre los libros buscando cobijo como si las letras calentaran. “Manchas ven”, le dijo Abi. Así fue parte de la familia que formaban dos y ahora siete. Mire usted, le presento a la perra Paz, a la tortuga Mandarina, esa de la esquina es la pájara Pipi, viuda reciente por tercera ocasión, acá encontrará al ratón Canela, esta es mi habitación y silencio, está usted entrando sin permiso a los terrenos de Abi.

Olía a Navidad cuando llegó, más no hacía frío. Nuestra casa es cálida todo el año, aunque tiemble con el paso de un camión o los gritos de la vecina. A veces la puerta de los amuletos resguarda el calor que logramos producir aún sabiendo que afuera la vida va muy mal.

Ahora la cintura de Manchas, can detector de malas vibras, mide lo mismo que su tamaño de cachorro. Ya no ríe. Camina como si arrastrara un pesar y defiende el baño del pasillo, al que no puede entrar nadie más que Abril, su verdadero amor, sin recibir ladridos.

Imposible entrar a la habitación de mi hija sin recibir una mordida de variante intensidad, dependiendo de la furia que haya desatado en él o de las malas energías que le perciba si lo huele. Queda claro que nadie más que Manchas y yo, la defenderíamos con nuestras vidas.

Lo mejor fue cuando comenzamos a entrenarlo. El método autodidacta a sus seis meses de edad incluyó una vuelta en bicicleta. Amarrado al manubrio en la ruta ciclista dominical corría como desesperado en competencia canina a una velocidad mayor que la de mis piernas. Frente a nuestro azoro paró de pronto para tirarse de panza con las cuatro patas al suelo jadeando, justo en la glorieta de la Diana.

Parecía que eligió el lugar más transitado a la hora más visible para armar un show descomunal. Él respiraba inflando el pecho como un globo, preocupadas por su vida creímos que explotaría. Sacaba la lengua con tristeza, mirándome como si fuera una tirana que le obligó a correr siendo un bebé. Todos los que nos rodearon me declararon culpable.

Las señoras sin oficio que suelen salir los domingos a mostrar orgullosas sus gorduras acumuladas en la semana viendo telenovelas, giraban sus cabezas cuchicheando maldiciones que les servirían para sacar raja en la conversación de la semana, mientras sus esposos les son infieles con alguna dama menos quejosa y de talla menor.

Una de ellas se atrevió a subir la voz y reclamar el inmundo trato para con los animales que le di a nuestro perro, cuando notó que los ojos se me ponían rojo infernal. Otra, que empezó a decirme que era una maltratadora, dejaba ver sobre el cierre del pantalón tres kilos de grasa abdominal que se movían gelatinosos a la par de su cabeza coronada con cabello reseco y rubio a fuerza de tintes, cada vez que hablaba para decir sandeces.

Manchas seguía tirado sin beber el agua que Abril le acercaba. Cualquiera hubiese pensado que el animal iba a morir hasta que llegó un policía argumentando el barullo y las mujeres movieron sus conciencias y sus carnes grasosas enfundadas en licras, para retirarse musitando cosas como, mira esta que no tiene sentimientos, qué mujer más egoísta y mala. Pude ver sus nalgas celulíticas alejarse mientras el oficial nos pedía que nos moviéramos de ahí.

Entonces Abril dijo, vámonos a casa Manchas mi amor, mi chiquito, mi consentido, como suele hacerlo y el perro actor se paró como si nada estuviera sucediendo, para mover la cola, ladrar, lamer y ponerse en dos patas hacia los brazos de su amada.

Hoy que me mira con los ojos tristes negándose a probar bocado cuando antes comía su ración, la de la perra Paz y las moronas del pan que caían al suelo durante la cena, pienso que la causante de su dolor es la soledad que se presente durante los veranos en que mi hija viaja a Mexicali.

¿Cómo sobreviviste Manchas?, le digo cuando se acerca. Imagine usted el miedo que sentí esa tarde mientras le operaban la mordida en el cuello a la altura de la yugular de una perra Alaska Malamut a quien insistió en preñar a pesar de la diferencia de altura. Lo vi sobre el quirófano y creí que lo perdíamos. ¿Cómo es posible que ahora, pleno de salud, te estés dejando ir de la tristeza?

La veterinaria nos dijo que habría que operarle, que el tumor era grande, que el dolor es lo que le hacía ser huraño y gruñir incluso a la pared, que si lo hacíamos dejaría de comerse la cal de los pasillos y que si no se lo extirpábamos, moriría pronto.

Con la llegada de Paz hace diez meses, una Chihuahua blanca diminuta como él cuando lo conocimos, pareció reír y volvió a dejar mojones por aquí y por allá demostrando que era él el dueño de los terrenos.

Aunque la cicatriz de la mordida se le cubrió de cabellos blancos y negros, el espacio de piel debajo de la ingle tras la operación deja notar que le falta un testículo.

Quizá sabe que ya no será padre o la experiencia sexual con la atractiva perra Alaska fue tan tortuosa que piensa que amar es morir un poco. Acaso crea que Paz es muy pequeña o le gusten más las que le muerdan el cuello.

¿Será que no logra, aunque salte, golpearse con el amuleto del amor que cuelga al medio de los otros siete en el marco de la puerta de la entrada? Tal vez ha intentado alcanzar los corazones de vidrio oaxaqueño como yo, para ver si así, aun con sus cicatrices, alguien le ama.

Aunque tienen tres años se ha vuelto anciano y no quiere caminar desde que le operaron. Ya no muerde ni ladra, todo le da igual, hasta el olor de las latas de atún cuando preparo la ensalada. Su indiferencia sorprende a quien le conoció fiero como león a pesar de su mínima corpulencia.

Manchas se está dejando ir y pasa por ahí con una apatía imposible. ¿Habrá notado que yo, que solía golpearme a diario confiada en su eficiencia, no lo hago más porque he dejado de engañarme? Le diré una verdad, el amor que espero es sordo al ruido del vidrio soplado de los corazones colgantes cuando chocan.

Tiene usted razón, nos van a salir chichones. Pero así vivimos, creyendo en ilusiones. Nuestro perro se llama Manchas, es un Jack Russel Terrier fornido de carácter regio que una tarde, con la ayuda de un amigo poeta, se dio valor para advertirnos que no le llamáramos más “Manchitas” frente a los demás. Ha madurado, sabe que el mundo es atroz y está molesto conmigo porque confío en la suerte y no quito los amuletos de la puerta.

Laura Athié: Mexicana, madre de Abril y especialista en difusión de políticas públicas. Maestra en Política Educativa por el IIPE UNESCO París, comunicóloga por la Universidad Autónoma de Baja California, ciclista convencida y palabrera. Suele pedir a los amigos cuando salen de viaje, que le traigan amuletos para el amor que va colgando en la puerta de la entrada. Le gustan los perros grandes mientras que su hija ama los chicos como Manchas, que persigue a las perras enormes aunque lo manden al quirófano.