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Acoso Escolar, reflejo de lo que se vive en casa.

Prácticamente todos los días vemos en los medios de comunicación notas relacionadas con casos de acoso escolar. Eventos que se presentan en los estudiantes desde jardín de niños hasta preparatoria.

Escuchamos comentarios sobre especialistas en la materia dándole una explicación a dicho fenómeno social. Últimamente incluso, hay quienes han propuesto acciones de carácter penal para quienes realicen este tipo de actos conocido comúnmente como bullying.

El bullying se ha definido como un comportamiento negativo, repetitivo e intencional que llevan a cabo uno o más individuos contra una persona que tiene dificultad para defenderse. Situación que se presenta sin existir una provocación aparente por parte de la persona agredida.

Este comportamiento se manifiesta a través de apodos, burlas e imitaciones, segregaciones (causadas por la apariencia física, color, ropa, etc.), agresión física, agresión verbal, entre otros. Habitualmente el acoso físico se presenta en los hombres y en las mujeres son comunes las calumnias, rumores y manipulación de amistad.

Como en otros muchos casos, los padres de familia son los últimos en descubrir lo que los hijos viven en las escuelas, quienes cuando están siendo víctimas de acoso llegan a presentar los siguientes síntomas: cambios de comportamiento y humor, tristeza, depresión, pesadillas, en algunos casos insomnio, falta de apetito, dolores de cabeza, estómago o vómitos; empiezan a perder sus útiles escolares, aparecen golpes o rasguños, no desean ir a la escuela y baja su rendimiento académico.

Para que exista el bullying es necesaria una serie de condiciones que afecten a los participantes de estos hechos, tanto en la víctima como en el victimario.

En primer lugar tiene que haber alguien que desee agredir a otra persona, ya sea por diversión o para demostrar dominio sobre los demás (la ley del más fuerte).

Esta persona que por lo regular se caracteriza por esa necesidad de poder y de dominio, se ha desarrollado en un ambiente familiar de violencia y/o abandono.

En la sociedad actual podemos presenciar cómo los padres viven bajo un estrés desmedido y es bajo esas condiciones donde los niños se crían.

A veces por las necesidades económicas y otras por el nivel de vida que se quiere tener, provocan que tanto papá como mamá tengan que salir a trabajar, dejando a los hijos a merced de la televisión, la computadora o los juegos electrónicos, todos ellos plagados de violencia.

Y esa misma violencia puede ser llevada a la escuela, la cual, si no tiene los recursos necesarios para prevenir el acoso se vuelve terreno fértil para su desarrollo.

Desafortunadamente hay ocasiones en que las autoridades escolares no se percatan de la existencia de este tipo de hechos en su plantel.

Recuerdo cuando mi hija estudiaba el segundo grado de primaria, empezó a presentar algunos de los síntomas de una niña agredida, nos percatamos fácilmente de ello, porque siempre le ha gustado mucho la escuela y un día dijo que no quería ir, que se sentía mal.

Entonces platicamos con ella y nos comentó que no le gustaba cómo la trataba una compañera de su salón. En ese momento mi esposa y yo nos volteamos a ver como queriéndonos tranquilizar mutuamente.

Fue entonces que le dijimos que era probable que esa niña quería ser su amiga y que quizás no sabía cómo entablar una amistad con ella, o que tal vez era un persona necesitada de afecto y que reaccionaba de esa manera porque no sabía otra forma.

Invitamos a nuestra hija a que platicara con su compañera y le dijera que no era necesario hacer eso, que si ella quería podían ser amigas. Después de ese día mi hija ya no presentó ningún síntoma de bullying.

De cualquier manera mi esposa decidió platicar con la mamá de la niña por si existía alguna necesidad de su hija que pudiera ser atendida. Ocasión que se le presentó muy pronto; cuando estaban en la explanada de la escuela recogiendo a nuestros hijos, mi esposa le comentó a la señora lo que había sucedido.

Ella entró como en un trance de ira y empezó a llamar a gritos a su hija justo en medio de donde estaban. Los gritos y los insultos a la niña no se hicieron esperar, reclamos acompañados de palabras altisonantes y ademanes de golpes eran un verdadero espectáculo a plena mitad de la escuela.

A pesar de que mi esposa le explicaba que no la tratara así, ella no entendió razones y continuó por unos minutos más con su regaño acalorado. Lo anterior nos pudo evidenciar la realidad que una niña de segundo grado de primaria sufría en su casa.

Ella vivía violencia y violencia era lo que ella daba.

Pero también para que permanezca el bullying se requiere de la persona agredida, que puede ser alguien que crezca bajo las mismas condiciones que el agresor, esto es, que viva bajo estrés, violencia, en soledad y sin una figura paterna o materna que sea capaz de percibir lo que le acontece al hijo.

Puede suceder también que por las mismas cuestiones económicas, no estén ninguno de los dos y el niño se vea imposibilitado de compartir lo que le está sucediendo en la escuela. O bien puede que sea víctima de maltrato infantil en la casa y no se atreva a decir nada por miedo a que lo puedan a castigar.

Porque también, en este caso, los factores de la personalidad, la autoestima, el tipo de crianza, el tipo de relaciones entre los padres, etc., influyen en la forma como la persona agredida comunica su situación.

Lo anterior puede provocar que los padres sean los últimos en darse cuenta de lo que el hijo está padeciendo, y cuando finalmente se percatan resulta que en ocasiones es demasiado tarde.

No solo es necesario revisar las condiciones escolares: la desigualdad, la actitud de los profesores, su capacitación para atender los problemas de disciplina en el aula, etcétera, sino también las condiciones en las que viven los agresores y los agredidos.

En ambos casos pareciera ser que no existe una idea clara de los que es la dignidad de la persona humana. Recordemos que es un tema que surge desde el seno familiar.

Son los padres quienes están obligados a inculcar en los hijos los valores del respeto al prójimo, pero también el orden y la disciplina, que en conjunto permiten que la sociedad crezca en armonía y plenitud.

Si queremos una mejor comunidad, necesitamos empezar desde casa; recuerden que la sociedad se compone por cada uno de nosotros, tanto en el plano individual como en el que participamos integrados a nuestras familias.