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Abril encerrada en el baño o Las hijas del pollero

Bullying, del vocablo inglés “bully”, que significa valentón, matón; maltratar o amedrentar (1).

1971. Con toallas de tela en la cabeza a manera de chongo bajábamos erguidas caminando por las escaleras que daban al jardín. La nuestra era una infancia sin peligro, ausente de secuestradores, pedófilos o vendedores de drogas, pero infestada de vecinos para quienes no ser rubias, era como padecer sarna.

Cada una elegía su país, yo solía ser México. No había jueces, ni público, ni padres. En nuestro concurso de belleza nadie ganaba una corona, pero todas nos sentíamos bellísimas desfilando.

Yo solía colocarme otra toalla sobre los senos que apenas comenzaban a notarse y parada en el primer escalón que me hacía ver más alta, daba una respuesta larga y sin sentido a una pregunta que nadie había formulado: “Compraría una casa enorme para que vivieran los niños pobres, haría una escuela divertida a la que sólo entrarían los más chaparros, los mas feos, los panzones” y seguía desfilando, moviendo las caderas con música y aplausos imaginarios. Tras de mí, Paloma mi hermana hacía lo mismo, luego Saira, la menor y a veces Addy, la única vecina que nos hablaba.

No éramos populares en la cuadra de Retorno de Ancira en Ciudad Brisa. Nuestro hogar, llamado “La casa del pollero”, ocupaba la esquina. Addy, nuestra amiga, era una niña solitaria y tímida hija de una doctora homeópata con marido violento, en un matrimonio lleno de rumores.

Habíamos llegado hace menos de un año, yo recién cumplía once. Era una zona muy distinta a la de la casa de 5 de Febrero en Algarín, aquí todos eran rubios y hermosos como los niños de los comerciales. No había con quien jugar ni nos hacía falta, nuestro jardín nos parecía enorme.

Algunos niños se acercaban a la reja para vernos: gordas, chaparras, hijas del pollero, nos gritaban. Las madres acostumbraban decir en voz lo suficientemente alta: no se acerquen, no les hablen, son vulgares, vienen de La Lagunilla.

Mis padres volvían de trabajar hasta la noche, cuando nosotras ya habíamos comido y cenado, hecho la tarea, jugado al desfile de belleza, bailado con Parchís, peleado con los vecinos.

Hans, Ana, Dimitrius y Érica, eran los líderes adolescentes de un grupo de niños y niñas rubias o pelirrojos, de ojos claros, hijos de extranjeros en su mayoría que formaban una banda cuyo territorio no se tocaba.

Aún así mis hermanas y yo nos atrevíamos a salir a jugar con nuestros estómagos generosos, los cabellos largos casi siempre trenzados y las orejas en mi caso, enormes como papalotes y con un lunar visible debajo del labio inferior que parecía chispa de chocolate para mi madre y caca de mosca para los vecinos.

Yo medía un metro, apenas pesaría 35 kilos, tenía puños fuertes como hasta ahora. Paloma mi hermana, 5 años menor que yo, quien de estar viva cumpliría 36 años, mediría un metro diez y pesaría 50 kilos probablemente.

Gorda, pelota, marrano, solían decirle. No hacíamos más que jugar en el parque como todos. Enanas, hijas del pollero, feas, nacas, eran sus formas de saludarnos. Mi mamá dice que ustedes son prole, que no les hable porque son hijas del pollero.

Un día, mi padre que había trabajado décadas vendiendo pollos, muslos, rabadillas, pechugas aplanadas y menudencias para salir del Mercado de la Lagunilla y comprar esa, que según dijo, sería la casa de nuestros sueños, nos sentó en la sala y nos explicó que éramos distintas, que la vida sería dura, que teníamos que saberlo de una vez porque luego las caídas duelen y la gente es cruel.

Comprendan de una vez y mírense al espejo, dijo, ustedes no son bonitas, ni altas, jamás ganarán un concurso de belleza, será difícil que consigan novio, lo único que tienen para salir adelante es su inteligencia, estudien, no lo olviden. Se los digo porque soy su padre.

La primera vez que sentí el puño de Julián en mi rostro me acordé de eso y supe que además de inteligencia tenía fuerza, así que me dispuse a usarla. Fue después de que él y otros cuatro muchachos le gritaran a mi hermana Paloma, quien solía tener un rostro brillante, mejillas rosadas y bucles, “cerda”.

¡Me dijeron cerda Laura, me dijeron cerda!, Paloma solía venir a acusarlos llorando un mar de impotencia, con un dolor que le duraba varios días y un sentir que no se calmaba hasta que mi madre llegaba por las noches, le hacía cosquillas y la besaba antes de dormirnos. Entonces ella se recostaba en sus enormes pechos para decirle, mamá, ¿verdad que no soy una cerda?, y no dejaba de llorar hasta dormirse.

Yo podía ser enana a los ojos de los demás niños, enclenque, sin busto y fea, pero no cobarde. Nadie, absolutamente nadie, iba a molestar a mis hermanas.

- Cerda tu madre, le dije sin pensarlo. Julián era guapo, delgado y de cerca parecía enorme, entonces me asestó el primer golpe. Los vecinos no tardaron en rodearnos. Pégale, dale, duro, tú puedes, es mujer, es una enana.

Esa no fue la primera vez que me pelee con un hombre de la cuadra.

Todavía recuerdo que los golpes me ardían, pero no lloré hasta llegar al baño de mi casa. Las únicas que me defendían eran mis hermanas. Teníamos miedo, pero éramos tres.

Después de Julián que tenía 17 años, fue Dimitrius, hermano de Érika de 15, luego Toño el mayor de las hermanas gemelas que vivían en los condominios del fondo, de 19. A veces venían niños desconocidos a molestar a Paloma sólo para provocarme y que hubiera bronca.

Pasamos meses de peleas constantes. Luego cambiamos de estrategias porque cada vez eran más niños y nosotras seguíamos siendo tres: sacamos las tijeras con las que mis padres cortaban el pollo para corretearlos y cortarles los cabellos, ellos nos disparaban con sus rifles de diábolos si cruzábamos por sus banquetas, nosotras les lanzamos cubetas de agua y lodo desde las ventanas, ellos no echaban a sus perros, nosotras les tronábamos cuetes cuando pasaban cerca de la casa pero nunca logramos, sino hasta 1984, cuando mi padre comenzó a ser más próspero, que dejaran de llamarnos las hijas del pollero, las que huelen mal, a mercado, a tripa, las enanas, las gordas, las que nunca lloraban.

Mi padre no lo supo hasta que Julián me provocó un derrame en el ojo que fue imposible ocultar, entonces nos tomó de la mano, nos paró en medio del parque y les gritó a todos los que ahí se encontraban: a ver, estas son mis hijas, ¿les quieren pegar?, ¡vengan a pegarme a mi que soy un hombre!, a ver tú Julián, le dijo dándole empujones en el pecho, pégame como a ella, pégame a mí, yo soy el que huele a pollo.

2012, jueves. Espere, me grita la maestra, no se vaya, debe firmar un reporte. Abril mi hija pellizcó a un niño. Mamá, yo estaba sola en el salón durante el recreo copiando una tarea y él entró con 3 niñas de sexto y dijo, miren es ella, no le salen las divisiones y todos comenzaron a burlarse.

Martes. Señora, no se vaya, me avisa la maestra nuevamente, Abril va a recoger basura del patio toda la semana y las otras niñas también, me explica, todas deben entender que hay cosas que no se hacen. Firmo de nuevo, el reporte indica que mi hija fue encerrada en el baño y que también encerró a sus compañeras.

- Pero eran 4 cariño, ¿porqué las encerraste?
- Ellas me encerraron primero a mí mamá, me explica, tuve que salirme por debajo de la puerta. No me voy a dejar, tengo que defenderme.

La maestra me dice que Abril es nueva, que las niñas no están acostumbradas a su forma de ser, que tras una larga charla confesaron porqué no querían dejarla salir del baño: “Es que es muy rara, es diferente, nos abraza, nos dice cariño, opina cuando no le preguntamos y habla como si lo supiera todo”, dijeron.

Lunes. Abril le pegó a un compañero.
- Mamá, tenía que defenderme, me dijo que tengo bigotes.

Miércoles. Abril dijo a su compañero que es un imbécil.
- Mamá, lo es, dijo que si mi padre no estaba aquí es porque seguramente no me quiere.

Viernes, ella sale feliz. Y hoy, ¿no hay reporte?, nada, vaya tranquila me dice la maestra.
¿Cómo te fue cariño, te peleaste?, no mamá, no peleo diario.

Entonces la tomo del brazo, le invito un helado. Sentadas me platica que se siente triste, a veces mamá, las compañeras piensan que soy diferente, yo quisiera tener hermanas. Entonces me pregunta si de verdad es fea, si se le notan mucho los bigotes.

La acerco junto a mi, la abrazo fuerte y le digo que no, que es hermosa, que es afortunada, que debe sentirse feliz porque existe mucha gente que la ama, que ya vendrán las amigas, que algún día decidirá si quiere casarse, tener un novio, viajar por el mundo o hacer una carrera.

Que para salir adelante tiene su fortaleza, su fe, su inteligencia, que su familia estará cerca siempre. Que no es fea, que Frida Kahlo también tenía bigote, que los padres nos aman aunque vivan lejos y que vamos a encontrar mucha gente imbécil y maravillosa a lo largo del tiempo, que no podemos seguir peleando para defendernos, que también existen las palabras.

Te lo digo porque soy tu madre, le aseguro, reímos.

Entonces me besa y me pide, ándale mamá, cuéntame si de niña te peleabas. Volvemos a la casa caminando mientras le explico la forma adecuada de golpear a un hombre, recibir un golpe y no llorar para que nadie piense que eres cobarde, para que no se den cuenta de que tienes miedo y no crean que pueden pisarte porque eres enana.

Paloma, mi hermana, cumpliría años el 27 de octubre. Murió en 1994 tras una operación para bajar de peso. Tenía 19 años y jamás olvidó lo que le decían los niños.

Abril mi hija tiene 10, sabe usar puños y argumentos, es más alta que yo a su edad, sin hermanas mayores que la defiendan. No es la primera vez que otras niñas la molestan por ser “diferente”.

(1) Bullying. La violencia entre iguales. Problemática real en adolescentes. Acta Pediatra Mex 2008; 29(4):210-4. Dr. Arturo Loredo-Abdalá, Dr. Arturo Perea-Martínez, Dra. Gloria Elena López-Navarrete / http://www.nietoeditores.com.mx/download/actapediatrica/jul-ago2008/29(4)-210-14.pdf

Laura Athié: Mexicana, madre de Abril, especialista en difusión de políticas públicas, buena para dar y recibir golpes. Maestra en Política Educativa por el IIPE UNESCO París, comunicóloga por la Universidad Autónoma de Baja California, ciclista convencida y palabrera. Cuando era niña, el término Bullying no estaba de moda pero las experiencias de abuso físico y psicológico dentro o fuera de la escuela eran bastante comunes y toleradas. / www.tejedoradehistorias.com